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Diccionario de blasfemias, irreverencias y reniegos.

El responsable de este Diccionario de blasfemias, irreverencias y reniegos, sostiene que nació sin antecedentes penales, sin más filiación conocida. No figura ni en el libro de bautismos parroquiales ni enel registro civil, por lo cual su existencia en este valle de lágrimas es dudosa. Parece ser que anduvo por esos mundos de Dios como alma en pena, buscando una palabra que le encarnara. Que un día, en el Camino de Santiago, para empatar el jubileo jacobeo, lo encontraron indocumentado, abrazado a su burro, exánimes los dos. Que la trepanación forense hizo constar: "Curioso. Tipo raro. Caso clínico. ¡Ojo!". En sus vísceras, con lupa, se lee: “no, sí, con viceversa”. Por lo que se deduce, anda por este mundo de turista. La Editorial Alderabán nos ofrece ahora lo que ha podido salvar de sus notas de expresiones liberadoras de la condición humana. Se dice que es un infiltrado de las potencias chamuscadas del Purgatorio, no se sabe con qué fines. ¿Un espía del más allá? Pudiera ser. En todo caso, Dios dir á.

Prohibido blasfemar bajo multa de cinco pesestas, excepto en caso de necesidad.

Ángel López asegura que nació encorchetado entre dos generales: el Primo de Rivera, cuando lo alumbraron en Lalín, Galicia, donde invernó su niñez y adultez, y el Generalísimo. Lo doctoraron en Románicas en la Universidad Complutense de la Villa y Corte; lo desbastaron en Francia y Alemania; luego, docentó de catedrático de literatura comparada en universidades canadienses. Publicó numerosas páginas de teoría y crítica literarias; creó y dirigió cuatro revistas de orientación literaria. Fue director de teatro y actor; agregado cultural de su Matria 20 años; fundador y director de escuelas para hijos de emigrantes; organizó congresos internacionales. Amén de numerosos cuentos, narraciones breves y poemas, entre sus obras de creación, cabe destacar su novela Excrementos de historia y una pieza de teatro, Los de siempre, que no merecieron la atención de la crítica. Ya, con la democracia, lo hicieron Comendador de Isabel la Católica, algo que no acaba de digerir por prejuicios dinásticos. Tiene una máxima: "eres digno por lo que das, no por lo que recibes". Profesa que un curriculum vital es lo que digan, no lo que uno diga, por respeto a los fueros del lector, con salvedades de botafumeiros publicitarios. Actualmente, es optimista y escéptico. Las palabras, si no comunican sentimientos, son losas.

En el prólogo, Florentino N. Moliner escribe: “No; no está tan clara la distancia entre la blasfemia y la jaculatoria y no me refiero a la pía muletilla respondona habitual de cuando estornudas por parte del que recibe tu asperges: ¡aaaachiiiis! ¡Jesús, María, José! En Cartagena, en Semana Santa, pasaban al Cristo por un callejón angosto. Los costaleros hacían filigranas de equilibrios para que la imagen pudiera pasar ilesa. Hubo un momento en el que la talla del Crucificado estaba a punto de crismarse contra el suelo debido al plano de inclinación de 80 grados. Atento al peligro, exclamó el capataz: «¡Me cago en Dios, que se cae el Cristo!» ¿Fue una blasfemia o una jaculatoria? A la postre, el exabrupto del capataz salvó al Salvador de una decapitación imaginaria (de imagen, claro)".

Referencia completa: “Diccionario de blasfemias, irreverencias y reniegos”.
Autor: Ángel López. Aldebarán Ediciones, S.L. 1998. 256 págs.
ISBN: 84-88676-55-7