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GUÍA DE PECADORES

En www.cagondios.com estamos orgullosos de nuestra biblioteca. Nos apasionan los libros y uno de nuestros vicios es hurgar en los mercados "de viejo". A veces encontramos "perlas" como la que hoy referenciamos. Se trata de "Guía de pecadores", de Fray Luis de Granada, que hemos adquirido tras un hábil regateo. Es un ejemplar publicado en Barcelona en 1876, que perteneció a un cura llamado José Llinás, que lo adquirió en 1886.

Fray Luis de Granada, cuyo nombre era Luis de Sarriá, nació en Granada en 1504, y falleció en Lisboa en 1588. Ingresó en la Orden de los Dominicos, alcanzando una renombrada fama como predicador por las extraordinarias facultades de su oratoria. Huérfano de padre desde que era un niño, entró a trabajar como paje al servicio de Iñigo López de Mendoza, conde de Tendilla. Su educación discurrió en un monasterio y luego se trasladó a Valladolid al colegio de San Gregorio. Allí, entró en contacto con Melchor Cano. A comienzos de los años cuarenta, entabla una estrecha amistad con Juan de Ávila, de quien sería su biógrafo. En estos años fue nombrado vicario del convento de Santo Domingo de Scala Dei de Ávila. Fue un destacado predicador. Hacia 1547 fundó el monasterio de Badajoz. En este lugar escribió su "Guía de pecadores", de contenido didáctico, cuyo fin era la difusión de las ideas cristianas.

Azorín, que lo estudió a fondo, dijo de él: En Fray Luis de Granada se inicia la lengua castellana moderna: Granada la escribe y da, en la Retórica, su estética". "La prosa de este hombre es casi nueva, moderna, actual.

Es significativo que sus obras Libro de la oración (1554) y Guía de pecadores (1556) fueron incluidas en el Index por la Inquisición de Valladolid. A pesar de que pudo mantener una entrevista con el Inquisidor general Fernando de Valdés gracias a la mediación de la princesa doña Juana, de momento no le fue posible levantar la prohibición, incluso después de haber corregido o revisado algunos pasajes de la primera redacción. Retirado entonces a Lisboa, Fray Luis, en vez de emperrarse en la defensa de la ortodoxia de sus libros, se puso a corregirlos o a rehacerlos.

De acuerdo con estas premisas, Guía de Pecadores, es una obra de gran estilo, pero de una meapilez que en muchas ocasiones mueve al regodeo. Como ejemplo de su estilo entrañable y de su meapilez embriagadora, sirva de muestra este ejemplo tomado al azar. Se trata del relato de lo que ocurrió con un tal Fray Arnulfo, un lego analfabeto de Flandes:

Padescía este sancto varon muchas veces una enfermedad de cólica, la cual lo causaba tan grandes dolores, que le llegaban á punto de muerte. Y estando una vez así, cuasi sin sentido, perdida la habla, y tambien la esperanza de la vida, diéronle la Extrema-Uncion, y él de ahí a poco volviendo sobre sí, comenzó súbitamente á alabar á Dios, y decir á grandes voces: Verdaderas son todas las cosas que dijiste, ó buen Iesu. Y como él repitiese muchas veces esta palabra, espantándose los monges desto, y preguntándole cómo estaba y por qué decía aquello, ninguna cosa respondia, sino replicando la mesma sentencia: Verdaderas son todas las cosas que dijiste, ó buen Iesu. Algunos de los que allí estaban, decían que la grandeza de los dolores le había privado de su juicio, y que por esto decía aquellas palabras. Él entónces respondió: No es así, hermanos míos, no es así, sino que con todo mi juicio y entendimiento digo que son verdaderas todas las cosas que habló nuestro Salvador Iesu. Ellos respondieron: Nosotros tambien confesamos eso; mas ¿á qué propósito lo dices tú? Respondió él: Porque el Señor dice en su Evangelio que quien quiera que renunciare por su amor todas las aficiones de sus parientes, recebirá ciento tanto mas en este siglo, y despues la vida eterna en el otro. Pues yo experimento agora en mi, y confieso que de presente recibo este ciento tanto mas en esta vida; porque os hago saber que la grandeza inmensa deste dolor que padezco, me es tan sabrosa por la firmeza de la esperanza que por ella me han agora dado de mi salvacion, que no la trocaria por ciento tanto mas de lo que en este mundo dejé. Y si yo siendo tan grande pecador, tal consolacion recibo con mis angustias, ¿cuál será la que los sanctos y perfectos varones recibirán en sus alegrías? Porque verdaderamente el gozo espiritual que me causa esta esperanza, cien mil veces sobrepuja el gozo mundano que de presente en el inundo recibia. Diciendo él esto, maravilláronse todos de ver que un religioso lego y sin letras tales palabras dijese: sino manifiestamente se conoscia que el Espíritu Sancto, que en su ánima moraba, las decía.