LA DONACION DE CONSTANTINO

Con el Edicto de Milán (313), el emperador Constantino había reconocido a los cristianos la libertad de culto. Este gesto no había sido dictado por la fe, sino por razón de Estado. Era el primer paso hacia el "cesarpapismo", esto es, los esponsales, en la persona del emperador, de los poderes temporal y espiritual. Al morir, Constantino renunció a la religión pagana en la que había vivido, pero no abjuró las ideas que habían guiado su acción política y que sus sucesores, los "basileis" bizantinos, adoptaron y reforzaron. Había sido el primer "Emperador-Papa". La única autoridad que consideraba superior a la suya era la de Dios, y sólo porque, no creyendo en él, no temía su competencia. Había designado personalmente a los obispos, a los que también libremente deponía y excomulgaba. Fijaba el dogma y la liturgia. Convocó el gran concilio de Nicea y lo presidió. La Iglesia, mientras vivió Constantino, fue un instrumento de su voluntad.

A esto, que es la Historia, se superpuso la leyenda que ha llegado a nosotros con el título de "Donación de Constantino", una fábula infantil de cinco mil palabras, compilada, si no personalmente por el Papa Esteban, sí por sugerencia suya, y adornada con milagros, anacronismos y mentiras.

¿Por qué se inventó el Papa Esteban II toda la mentira que os relato más adelante? El Papa dio por extinguida la dinastía merovingia con el nombramiento de Pipino el Breve como rey de los francos. De este modo el papa se arrogaba la capacidad de traspasar la dignidad real de una dinastía a otra y a la vez, como contrapartida, concedía al rey de los francos la capacidad de intervenir en los asuntos italianos. De hecho Pipino cruzó los Alpes en dos ocasiones para reconquistar vastas regiones de la península italiana de manos de los longobardos y las donó a san Pedro, el Príncipe de los Apóstoles; de este modo se constituyeron en pleno siglo VIII los estados de la Iglesia y el papa quedó convertido en un monarca temporal. Cuando se hizo necesario justificar semejante innovación jurídica (de facto los pontífices ejercían ya una no bien determinada jurisdicción gubernativa desde las invasiones bárbaras) se recurrió al viejo método medieval de "inventar" un documento que retrotrajese en el tiempo la situación que se daba en el presente. Este fue el nacimiento del documento cuya traducción damos a continuación y que ha pasado a la historia como la "Donatio Constantini".

Según la leyenda inventada por el Papa, en el año 314 un sacerdote llamado Silvestre fue consagrado Papa, (por entonces el Papa no era más que "obispo de Roma", sin ningún primado sobre los demás obispos). La urbe estaba aquellos días aterrorizada por un dragón maloliente, que, con el hedor de su aliento, exterminaba a los habitantes. Vivía el monstruo en una caverna a los pies de la roca Tarpeya, a la que se llegaba a través de una escalera de trescientos sesenta y cinco peldaños. La ciudad era presa del pánico. Nadie se atrevía a enfrentarse con el dragón, pero un día el Papa se adentró desarmado en la guarida del monstruo y lo capturó.

Al cabo de unos días, según la leyenda, la urbe sufrió de una calamidad mucho más grave: el emperador Constantino había decretado la persecución contra los cristianos. El mismo Silvestre se vio obligado a huir y refugiarse en una gruta cerca del monte Soratte. Allí le llegó la noticia de que el emperador había sido fulminado por la lepra. Los médicos de la Corte estaban desesperados. Ningún cuidado era suficiente. Nada conseguía aplacar los sufrimientos de Constantino, a cuya cabecera fueron convocados los más grandes magos del Imperio, que le ordenaron sumergirse en una tinaja llena de sangre exprimida de vientres de niños recién nacidos. La receta era atroz y Constantino la rechazó.

Aquella misma noche se le presentaron en sueños los santos Pedro y Pablo, que le hablaron de Silvestre. El emperador, creyendo que se trataba de un médico, hizo buscarlo. El pontífice acudió a su cabecera y le suministró los primeros rudimentos de la Fe. Constantino, sintiéndose mejor, pidió otras enseñanzas. Después de una breve penitencia con un cilicio fue bautizado. La ceremonia se realizó en el palacio lateranense. El emperador vistió la túnica blanca de los catecúmenos y después entró en una pila de agua, de la que salió completamente curado. Las llagas que le destrozaban el cuerpo desaparecieron; las úlceras habían cicatrizado. Inmediatamente fue revocado el decreto de persecución y el cristianismo se convirtió en la religión oficial del Imperio. Comenzaron a construirse iglesias a expensas del Estado y el mismo emperador puso personalmente la primera piedra de alguna.

Un día, Constantino, todavía según la leyenda, recibió desde Bitinia una carta de su mujer Elena. En ella escribía la emperatriz que la verdadera religión no era la cristiana, sino la hebrea, y lo invitaba a adoptarla. Constantino convocó al Papa y al rabino. Los tres conversaron mucho tiempo, pero, no logrando ponerse de acuerdo, decidieron recurrir al juicio de Dios. El emperador ordenó entonces que llevaran ante ellos un toro. El primero en acercarse al animal fue el rabino, que le susurró al oído un versículo de la Biblia. El toro cayó a tierra como fulminado y todos se alegraron del milagro. Cuando le tocó el turno, Silvestre se acercó a la víctima y pronunció el nombre de Cristo. Inmediatamente el toro muerto irguió la cola y escapó. El emperador, trastornado por el prodigio, abandonó la urbe y salió para Oriente, donde fundó la ciudad a la que dio su nombre. Cuando lo supo Elena, se refugió en Jerusalén.

Antes de embarcar, en prueba de gratitud, Constantino donó a Silvestre Italia y el Occidente. Fue el primer plazo de los honorarios más abundantes que nunca haya pagado enfermo alguno a su médico. La cuenta fue sucesivamente saldada con el imperial reconocimiento de la supremacía del obispo de Roma sobre los patriarcas de Alejandría, Antioquía, Jerusalén y Constantinopla. El pontífice obtuvo también las insignias de "basileus", el manto de púrpura, el cetro y la escolta a caballo. Esto le confería automáticamente la potestad temporal sobre el Imperio de Occidente y lo independizaba del oriental. El clero fue equiparado al Senado y autorizado a cubrir sus cabalgaduras con gualdrapas blancas. El acto de donación fue depuesto personalmente por el mismo emperador sobre la tumba de san Pedro.

Esta colosal mixtificación de las relaciones entre Silvestre y Constantino, sostenida durante siglos por los historiadores de la Iglesia, tuvo que esperar al Renacimiento, es decir, a un mínimo de libertad de pensamiento y de imprenta, para ser desenmascara da. En efecto, sólo en el año 1440 el humanista Lorenzo Valla demostró de una manera clamorosa la falsedad del documento que en el año 757 había divulgado Esteban para sustraer la Iglesia al "cesarpapismo" bizantino para salvaguardarla del carolingio y para legalizar un poder temporal usurpado en nombre de Cristo.

Pero en la Europa de los siglos oscuros, la fábula gozaba de amplio crédito, nadie se atrevía a ponerla en tela de juicio y tal vez el mismo Pipino creía en ella.

Sobre esta gran mentira se ha edificado la actual Iglesia Católica.