EL CARDENAL GOMÁ

La primera y principal figura a estudiar en este libro es la del doctor Isidro Gomá. Esta es la figura de un hombre que puede tomarse como representativo del clero español, con sus innegables cualidades y sus graves defectos que le impulsaron a resultados y consecuencias tan graves como previsibles.

Este hombre simboliza, además, todos los que han tenido un papel decisivo en el desarrollo de los acontecimientos que causaron el cambio de régimen político en España. En este sentido, el doctor Gomá es una figura de primer plan. Merece, por lo tanto, un estudio minucioso.

Hemos tenido ocasión de conocer y tratar al doctor Gomá de muy cerca y durante muchos años. Esto nos permite establecer un juicio muy objetivo de un hombre que se diría nacido ya marcado para representar un gran papel, un papel, nefasto en la historia de la Iglesia española.

El contacto que tuvimos con el doctor Gomá no produjo en nosotros una simpatía, sino más pronto un respeto, osaríamos decir una especie de temor de autoridad durante nuestra infancia.

El doctor Gomá nació en el pueblo de La Riba a unos treinta kilómetros de Tarragona , hijo de un modesto fabricante de papel, hombre sencillo que conocimos vestido a la manera típica del "payés" catalán. La familia Gomá era de las que, en aquellos tiempos, podía considerarse casi como rica. Por lo menos de posición desahogada. El físico del doctor Gomá (1) era de una innegable distinción e incluso de una elegancia que contrastaba con la sencillez, casi de vulgar presentación, de la mayoría del clero salida, en general, de familias humildes. El doctor Gomá iba siempre muy cuidado en el vestir y en su porte. Hombre que se estudiaba y vigilaba hasta sus movimientos más insignificantes, como veremos dentro de un momento. Aunque hombre, podríamos decir, de dotes intelectuales más pronto mediocres que brillantes, el doctor Gomá se esforzaba para sacar de ellas el máximo rendimiento. Esto hacía que, con su físico imponente debía medir 1,85 de alto , corpulento, el doctor Gomá representase más de lo que en realidad era. En Tarragona era, para todo el mundo, uno de los más altos prestigios clericales. Se hacían de él los más brillantes augurios. Se le hacia un candidato casi seguro a obispo.

Hay que advertir que todo esto era más en virtud del escaso valor, físico e intelectual, del clero tarraconense, que del valor positivo de Gomá.

Buen profesor, sus clases eran algo que no tenía nada que ver con la monotonía y falta de interés de las clases de los demás profesores. Gomá tenía una palabra fácil. Explicaba las lecciones de manera interesante y atractiva. Esto, junto con la elegancia de sus movimientos estudiados, como diremos en seguida hacía de su clase un placer, un verdadero oasis en medio de las otras. Después de su clase, las de los otros eran de una vulgaridad, de un aburrimiento insoportable. Gomá era el campeón indiscutible e indiscutido. Su superioridad era reconocida unánimemente, tanto por sus alumnos como por sus coprofesores.

¿Talento superior a los de sus coprofesores?

Respecto de algunos, la mayoría, sí. Pero no todos, pues los había de inteligencia superior a la de Gomá, pero carecían del arte de éste en servirse de sus dotes. El secreto de la excelencia de Gomá era que él preparaba minuciosamente sus lecciones, como preparaba cuidadosamente todo lo que tenía que hacer. Gomá era un hombre a quien no se cogía nunca desprevenido o no preparado para sus actos. Hasta el extremo que, en los principios de su brillante carrera de orador sagrado, su fámulo, un seminarista, le había sorprendido más de una vez ensayando, delante de un gran espejo, los gestos que correspondían a cada frase de sus sermones. Se hizo de Gomá el predicador de moda, el orador de las grandes solemnidades religiosas de la diócesis tarraconense. Cuando él subía al púlpito llevaba bien preparadas, no sólo las palabras, sino también las actitudes que cada frase exigía.

No intentamos, con todo esto, hacer el elogio del doctor Gomá. Estamos seguros de que es la intención, el fin que el hombre se propone con sus actos, lo que cuenta ante Dios. La vanidad, el pundonor, la vanagloria, cuentan quizá ante los hombres. Y aún no todos. Pero no cuentan ante Dios.

Y Gomá era uno de esos oradores de los que se dice que "se escuchan", es decir, sienten vanidad por sus discursos.

Gomá leía mucho. Podríamos decir que se quemaba los ojos leyendo. Gastaba mucho dinero en la adquisición de libros, especialmente los que contenían o daban cuenta de las novedades en materia de ideas. Leía sin descanso. La lectura era para él una verdadera pasión. Tenía, además, una vista privilegiada, ya que, a pesar de los excesos a que la sometió, no le vimos usar gafas sino a una edad ya algo avanzada. Su vista lo escrutaba todo. Nada le escapaba y se jactaba de la extensión enorme de su "campo visual". Esta avidez de leer proporcionó a Gomá una cultura que hizo de él, hombre mediocre, una inteligencia bastante brillante en comparación con otros que leían menos o no leían.

Dos razones se daban de parecer unánime a esta pasión por la lectura y el estudio: un motivo secundario, que era saber y aparecer como hombre de vasta cultura; un motivo principal, "subir", prosperar en la carrera eclesiástica y en sus ambiciones, llegar a los cargos que ambicionaba y a los cuales, por desgracia suya y de España, llegó.

Gomá vivía encastillado, es decir, alejado de todo y de todos. No era hombre de tertulias, de camarillas, ni de amigos. Gomá trabajaba sin descanso. Se había señalado un fin, una meta, y quería llegar a ella con seguridad y lo más pronto posible. Su suprema aspiración, su obsesión, fue ser obispo. Ésta era la razón capital de su vida de esfuerzo titánico, constante, absorbente, exclusivo. Todo cuanto podía ser un obstáculo a esta aspiración, Gomá lo evitaba o apartaba con el mayor ahínco. En cambio, todo lo que podía favorecerla o activarla, Gomá lo adoptaba, costase lo que costase.

Por esta razón Gomá fue antirregionalista a fondo.

Hemos de explicar este punto, sobre el cual tendremos que hablar más adelante, en momentos angustiosos para España.

En los años 1900 a 1915 -ponemos como límites- había en Cataluña una fuerte corriente regionalista, llamada también catalanismo, al que participaban gente que no habían hecho nunca política ni pensaban hacer. Y es que este regionalismo era simplemente una corriente patriótica de defensa de los fueros regionales, contra la acción absorbente y opresora del poder central de Madrid, en tiempos de la monarquía.

Esta corriente -semejante o idéntica a la del pueblo vasco- era mirada con una fuerte antipatía y oposición por una gran parte del clero, especialmente el alto clero, el de las catedrales. Y, ni qué decir tiene, del episcopado español. El arzobispo de Tarragona de aquellos tiempos, doctor Costa y Forneguera, era uno de los enemigos más acérrimos y fanáticos.

El sacerdote o seminarista sospechoso de este "pecado" podía temerlo todo de aquel arzobispo, que era una imagen perfecta de aquel episcopado tranquilo y confiado, buen hombre, sin iniciativa, como era habitual en aquellos tiempos de euforia monárquica (2).

El doctor Gomá comprendió pronto que le era preciso evitar aquel "delito". Y fue un antirregionalista recalcitrante, intolerante, hasta el fin de su vida, como lo prueba su carta al presidente del Gobierno de Euzkadi, señor Aguirre, de que hablaremos en otro capitulo. En este sentimiento antirregionalista quizá había una parte de convicción suya personal. Pero había, sobre todo, el cálculo que Gomá ponía en todos sus actos, incluso en los más insignificantes.

Este antirregionalismo sufrió un momento de duda cuando Cambó, jefe de los regionalistas, fue nombrado ministro de Fomento con ciertas perspectivas de hacerse el dueño de la situación política por conveniencias de Alfonso XIII, que veía vacilar su trono y buscaba halagar las tendencias nuevas y los hombres que podían representar para él un peligro más o menos lejano o próximo.

Gomá dudó entonces de su antirregionalismo. Y es por esto, por ejemplo, que nos manifestaba su satisfacción por el hecho de que su retrato, con el traje de canónigo, fuese publicado, por pura casualidad, frente a frente con el del señor Puig y Cadalfalch, presidente de la Mancomunidad de Cataluña, en la revista barcelonesa D'ací d'allá. Si no se puede decir que Gomá se "convirtió" por unos días al menos, es indudable que por algún tiempo frenó su vehemente impulso de oposición a esta tendencia ya muy generalizada en Cataluña entre el "bajo clero". Quizá nuestro hombre vio, en este movimiento ascensional del regionalismo hacia las esferas ministeriales una ocasión que le permitiera realizar más fácil y rápidamente el sueño de su promoción personal.

Cuando Gomá se dio cuenta de que se había equivocado y que, por este camino, no llegaría nunca al término que se había propuesto, dejó de ver el regionalismo con una cierta tolerancia y volvió a su fobia original, osaríamos decir connatural. Esta posición suya fue, desde aquel momento, definitiva. Su mirada, ahora ya invariable, la dirigió decididamente del lado de la "España grande". Gomá, hijo del catalanísimo Campo de Tarragona, fue, hasta su muerte, un anticatalán.

Gomá buscó la solución de "su caso", la satisfacción de sus ambiciones, del lado del centro, hostil a Cataluña. La buscó y la encontró. Por desgracia para él y para España, como probarán los capítulos que le son dedicados.

Desde que el doctor Gomá vio satisfechas sus aspiraciones episcopales, perdimos completamente contacto con él. Queremos decir con esto que poca cosa sabemos de Gomá, obispo de Tarazona, diócesis española insignificante que tenía como anexa la administración de Tudela.

Encontrándose unos días de vacaciones en su casa solariega de La Riba, el doctor Gomá nos hizo decir, por un amigo común, que nos esperaba para pasar un día con él. No aceptamos la invitación y éste fue el último contacto si puede llamarse talque con él tuvimos. Estábamos seguros que su nueva dignidad no había podido hacer más que aumentar su posición política, que tantas discusiones nos había ocasionado.

He aquí lo poco que sabemos de Gomá obispo de Tarazona.

Por su parte, el Padre Superior de los Jesuitas de X fue a pasar unos días a Veruela, noviciado famoso de los Jesuitas, enclavado en la diócesis de Tarazona. Dicho Padre había sido compañero nuestro de estudios antes de entrar en la Compañía. Era francamente antimonárquico. En Veruela encontró al obispo Gomá, que él conocía.

En aquelllos momentos se hallaba vacante una diócesis catalana y se hablaba de si el obispo Gomá la ocuparía. Dicho obispo Gomá le respondió sencillamente: "No hay nada de esto. Con este cambio yo perdería 14.000 pesetas anuales". Ésta era, parece, la cantidad que el obispo de Tarazona cobraba por la administración de Tudela. Nos parecería de mal gusto hacer el más leve comentario sobre esta respuesta. Lo que sí diremos es que el Superior nos lo refirió escandalizado.

Más tarde conocimos una carta que el obispo Gomá escribió al conde de San Pedro, presidente de la Acción Católica Española, residente en Roma, en la que dejaba entrever su actitud, muy suya, con respecto a la República. Esta carta llevaba la fecha de 14 de febrero de 1932. En ella decía que esperaba que la Divina Providencia intervendría contra el régimen español; de una parte esperaba que su presidente, señor Alcalá Zamora excelente católico por cierto perdería la razón y, por otra, decía textualmente: "Los juicios de Dios son inescrutables y, si no se interrumpe la historia de sus misericordias con nuestra querida patria, deberemos ver pronto la divina intervención en forma de especialísima Providencia".

La última frase del obispo Gomá no era la de un hombre que hace el papel de profeta, sino de quien presiente, si no más, la futura tragedia de España. Pronto el lector comprenderá que Gomá, al decir esto al conde de San Pedro, hablaba, no de lo que suponía o barruntaba, sino de lo que sabía.

Nos hemos preguntado, muchas veces, en virtud de qué "mecanismo", por qué razones Gomá fue nombrado arzobispo de Toledo. Porque, en efecto, de Tarazona a Toledo, hay, jerárquicamente, un salto muy considerable.

Un salto que ya dio otro obispillo, el señor Segura, que era también obispo de una diócesis insignificante, de la que saltó, por una especie de milagro político, a la sede toledana. Pero, en el caso "Segura" se explica el ascenso por tener, éste, el mejor "padrino" para dar este salto: Alfonso XIII.

Un viaje del último Borbón a las Hurdes rincón de infrahombres, de cretinos, de hombres degenerados por una miseria secular y otras circunstancias diversas- permitió al Rey conocer al obispo de aquella diócesis, señor Segura.

No ha sido nunca del dominio público lo que pudo tratarse entre el monarca y el obispo. Lo que sí es público y notorio y fue objeto de diversos comentarios en aquella época es que, a la primera vacante de la Sede Primada de España, el señor Segura fue nombrado para ocuparla. Ya veremos, más adelante, que Segura supo ser agradecido a su protector.

Ignoramos quién patrocinó, quién "empujó" al obispo Gomá hacia la cumbre de la Jerarquía eclesiástica española. Este ascenso es más difícil de explicar: 1º por su condición de catalán, condición que, en tiempos de la monarquía, hubiese sido un obstáculo casi invencible. Pero Gomá escaló la Sede de Toledo en plena República. Y ésta no se inmiscuía en los nombramientos de obispos, como hacía la monarquía; 2º este lugar eminente de Toledo tendría, seguramente, como siempre en estos casos, otros "pretendientes", otros candidatos dispuestos a "sacrificarse" por el bien de la Iglesia. Y es muy posible que, entre esos candidatos, hubiera alguno o algunos con tantos o más méritos, títulos y cualidades que Gomá.

¿Por qué fue Gomá el preferido?

Dejando aparte nuestro parecer personal sobre este punto, diremos que tenemos la convicción de que el cardenal Pacelli, secretario de Pío XI, contó por algo en este ascenso de Gomá, que hacía a dicho cardenal confidencias de carácter político referentes a las cosas y a, la situación de España bajo la República.

Pero... aceptemos el hecho y dejemos de lado las causas o razones de este encumbramiento de Gomá. Gomá es ya, no sólo obispo, sino el primer obispo español, Primado de España. Gomá se encuentra en el pináculo del episcopado español. No puede ya subir ni un solo peldaño más. Su ambición de jerarquía se ha visto totalmente colmada. Este cargo supremo de Gomá nos recuerda dos hechos que podríamos llamar uno cómico, y otro dramático.

El primero es que, para tomar posesión de la Sede Primada de Toledo, Gomá se vio obligado a prometer y hasta jurar- que defendería esta sede como la verdadera primada de España.

Pues es sabido que existen dos sedes que se disputan esta primacía: la de Toledo y la de Tarragona.

Hay la primacía histórica, es decir, la verdadera, la auténtica, que la tiene Tarragona, en virtud de la tradición bien fundada de que San Pablo predicó allí el Evangelio, en uno de sus viajes. En recuerdo de esta tradición, en el claustro del Seminario tarraconense hay una capilla románica, deliciosa de estilo, edificada sobre una grande roca, visible, del lado derecho de dicha capilla, que se llama "Capilla de San Pablo". La tradición dice que es sobre esta roca que predicó el santo apóstol. Todos los años, desde tiempo inmemorial, se celebra en esta capilla una solemne fiesta el día 25 de enero, festividad de la Conversión de San Pablo.

Gomá había sido profesor y más tarde superior de este Seminario. Su ambición de profesor se hallaba a pocos metros de esta capilla. Tanto en Tarragona como en Toledo no se da posesión del cargo de prebendado beneficiado, canónigo, arzobispo si no jura defender que la verdadera Primada es aquella en la que se le da posesión de su prebenda. Ahora bien: Gomá fue consecutivamente beneficiado y después canónigo de Tarragona. Tuvo, pues, que jurar dos veces que defendería que la verdadera Primacía correspondía a la sede tarraconense.

Años más tarde, para tomar posesión de la sede toledana, Gomá se vio obligado a rectificar su juramento anterior y jurar, ahora, que la verdadera catedral primada era, no la de Tarragona, como había jurado dos veces, sino la de Toledo.

Caso embarazoso para un espíritu recto,

Pero Gomá no era hombre para pararse ante pequeños detalles como éste. Gomá era hombre que iba a su objeto, sobre todo cuando se trataba, como en este caso, de escalar el puesto más elevado de la Jerarquía española.

Gomá no era un sentimental para sentir escrúpulos en negar aquella primacía que él había jurado dos veces en favor de su sede nativa tarraconense. Para Coma esto era un detalle sin importancia.

Gomá juró que la verdadera primada era la de Toledo. Esta es una prueba reveladora de la mentalidad ambiciosa y calculadora de Gomá, una mentalidad que confirmada más tarde en circunstancias gravísimas (3).

El otro caso, que hemos llamado dramático, es la enemistad que existía entre Gomá y el que fue arzobispo de Tarragona cardenal Vidal y Barraquer.

Creemos que vale la pena de contar en detalle la historia de esta enemistad que, como veremos en capítulo posterior, dio resultados lamentables.

Vidal y Barraquer fue un caso de vocación sacertotal tardía. Se hizo sacerdote cuando ya tenía la carrera de abogado. Hizo sus estudios en el seminario de Tarragona por razón de tener allí un tío, el canónigo Benet, que vivía delante mismo de la puerta central de dicho Seminario. Vidal fue coseminarista nuestro durante los tres años de carrera sacerdotal abreviada que hizo.

Después Vidal fue sacerdote, muy pronto canónigo de Tarragona, vicario general y, a la muerte del arzobispo doctor Costa y Fornaguera, vicario capitular.

Fuese por una mutua o unilateral antipatía entre Vidal y Gomá, lo cierto es que no fueron nunca amigos, a pesar de que se hablasen en los primeros tiempos de su sacerdocio. Luego fue la ruptura, no sabemos por qué motivo.

¿Envidia de Gomá, ambicioso, ante los ascensos rápidos de Vidal y Barraquer? Lo creemos muy posible, dada la manera de ser de Gomá.

Más tarde Vidal fue nombrado obispo de Solsona. Pasaba unos días de vacaciones en Tarragona, donde se hospedaba en casa de su sucesor en la Vicaría general, el señor Serra.

Vidal rogó un día a Serra que rogase a Gomá de ir a verle en casa de Serra, cuando tuviese un momento libre, ya que deseaba hablarle de un serio asunto.

Gomá fue a ver a Vidal. Éste le hizo comprender el mal ejemplo que daban ambos con su enemistad, situación que Vidal creía debía resolverse en un sentido cristiano y sacerdotal. Cuando Vidal hubo terminado sus justas y ponderadas reflexiones, Gomá le respondió fríamente: "Entre usted y yo todo está terminado desde hace mucho tiempo". Y se retiró altivo.

Esta historia, nada edificante por parte de Gomá, tuvo una continuación entre grotesca y dramática.

Gomá esperaba siempre su nombramiento de obispo. Estaba seguro de ello y debía saber en virtud de qué. Tan seguro estaba que, cuando un día llegó a Tarragona la noticia de que Vidal y Barraquer pasaba de obispo de Solsona a arzobispo de Tarragona, Gomá manifestó, seguro de lo que decía: "Cuando Vidal entrará (en Tarragona) por una puerta, yo saldré por la otra". Desgraciadamente para Gomá, Vidal entró por una puerta, pero Gomá no salió por la otra, sino que quedó allí. Para el orgullo de Gomá esto fue una humillación terrible.

A la ceremonia de la toma de posesión de Vidal y Barraquer asistió una gran muchedumbre, sea por las muchas amistades y simpatías que tenía en Tarragona, sea, algunos, por motivo religioso y, otros, por pura curiosidad, por lo que vamos a contar.

Todos los asistentes a esta ceremonia sabían la enemistad que existía entre Vidal y Gomá. Todos sabían asimismo que en esa ceremonia figuraba el acto de promesa de obediencia que hacen todos los canónigos, uno por uno, separadamente, a su nuevo arzobispo. Cada canónigo, uno tras otro, va a ponerse de rodillas ante el arzobispo, que le toma en sus brazos, quedando ambos en esta posición unos instantes más o menos largos.

Gomá estaba allí, no hay que decir, formando fila. Gomá esperaba su turno de encontrarse en brazos de su enemigo. Lo esperaba, aparentemente con su serenidad habitual, pero en realidad con una nerviosidad muy comprensible. La multitud, consciente de este momento de emoción, esperaba el turno de Gomá.

Este turno por fin llegó.

Ninguno de los que asistimos a este momento olvidaremos nunca el silencio profundo que rodeó estos graves instantes. Gomá avanzó hacia el arzobispo lentamente, solemnemente, con su habitual elegancia, con aquel aplomo de artista que era uno de sus secretos. Todos sus movimientos habían sido calculados minuciosamente. Y se arrodilló ante su arzobispo y enemigo, que le tomó afectuosamente en sus brazos. Gomá hundió la cabeza en el seno del arzobispo. Y así quedaron abrazados un largo momento, en medio de un silencio impresionante de la asistencia. Una idea idéntica ocupaba el pensamiento de todos los que presenciábamos esta escena, que deseábamos fuese cordial, entre estos dos sacerdotes, que no tenían derecho a reducir esta ceremonia simbólica a una pura fórmula, a una comedia más o menos bien representada.

Todos nos preguntábamos: ¿Qué deben decirse estos dos hombres? Fue un secreto que quedó entero entre ellos dos.

Fuimos muchos los que creíamos que Vidal y Barraquer aprovechó aquel momento para renovar a Gomá lo que le había expresado, años antes, en casa Serra, en un deseo sincero de rectificación y reconciliación cristiana.

¿Aceptó, entonces, Gomá, la invitación de su arzobispo? ¿Se negó una vez más?

Nadie supo nunca nada del resultado de este abrazo.

Lo que sí es público es que los dos hombres continuaron en su alejamiento, acercándose únicamente cuando los actos oficiales lo hacían inevitable.

Más tarde Gomá fue, por fin, obispo; consagrado en la catedral de Tarragona.

E, ironías del destino, fue de las manos de su enemigo Vidal Y Barraquer que recibió esta consagración...

Y en momentos trágicos, años más tarde, estos dos hombres irreconciliables fueron los dos rivales primados de España. Esta rivalidad explica muchas cosas gravísimas, sobre todo porque esta rivalidad se intensificó cuando Vidal denegó a Gomá ya obispo de Tarazona el permiso para presentarse como diputado autonomista independiente para el Parlamento republicano español.

Gomá, arzobispo de Toledo, primado oficial, tenía, oficialmente, una categoría superior a la de Vidal y Barraquer. Este, durante la vacante de la sede toledana por dimisión o deposición del señor Segura actuó como primado de España, siendo él quien recibía el correo diplomático del Vaticano.

En su calidad de primado interino, Vidal publicó las Cartas pastorales colectivas de los años 1931 y 1933, por cierto muy bien orientadas en el sentido de adhesión al nuevo régimen español, con lo que uno tiene derecho a preguntarse si Vidal y Barraquer habría hecho lo que Gomá no hizo, en su calidad de Primado, a fin de evitar la horrible tragedia española.

Conocimos de cerca a Vidal. Conocimos sus sentimientos profundamente democráticos. Y conocemos su actitud ante la guerra española, actitud de protesta contra la posición de Gomá y toda la Jerarquía española. Esto nos permite creer que Vidal y Barraquer no habría obrado como Gomá, sino de manera totalmente opuesta.

Estamos seguros que si Vidal y Barraquer hubiese ocupado el puesto de Gomá, hubiese cambiado el curso de la historia de España. Lo dice bien claro el hecho de que Vidal se negó a firmar la Pastoral Colectiva redactada por Gomá, a petición de Franco, como Gomá mismo ha confesado-, una pastoral que venía a contradecir el sentido profundamente cristiano dé las dos pastorales publicadas en 1931 y 1933 bajo la inspiración de Vidal y Barraquer.

Este marchó al destierro sabiendo que, a pesar de su alta jerarquía, no sería respetado por un régimen que no respeta en el sacerdote o religioso su representación espiritual, si ésta no va acompañada de una adhesión entusiasta, incondicional; a dicho régimen. Vidal y Barraquer marchó al destierro porque no podía, en conciencia, mostrarse adicto a un régimen nacido del ¿rimen más odioso y horrible corno fue reducir a un pueblo a la esclavitud. Vidal y Barraquer marchó al destierro y allí murió con una modestia que le nimba de dignidad y de gloria. Con este destierro Gomá se libraba del único hombre que podía ser, para él, un testigo enojoso, que, de palabra o con el ejemplo, le hubiese, reprochado su identificación con una situación desleal para todo aquel que pusiera su responsabilidad espiritual por encima de su ambición.


NOTAS

(1) Cuando decimos "el doctor Gomá" nos referimos al sacerdote que fue nuestro profesor en el Seminario Universidad Pontificia de Tarragona(1897-1905), superior de dicho seminario (1905-1909) y beneficiado, y luego canónigo de aquella catedral.

(2) El Dr. Costa y Forneguera tenía la costumbre de salir a paseo casi todas las tardes. Salía en un coche magnífico tirado por dos caballos preciosos, con cochero y lacayo en librea y sombrero de copa. Le acompañaba siempre un secretario, sobrino suyo. Cuando salía de viaje todas las campanas de la catedral eran echadas a vuelo y repicaban, como en las grandes solemnidades, durante una hora...

(3) Además del primado histórico, hay en España el primado que podríamos llamar oficial, establecido por la monarquía en Toledo. Este primado es el que recibe todos los documentos oficiales emanados del Vaticano para España, además de los dirigidos a la Nunciatura de Madrid. Cuando la diócesis toledana se halla "sede Vacante" es el primado de Tarragona quien los recibe. La primacía histórica de Tarragona es reconocida, pues, por Roma y por el Estado español. Como diremos pronto, es a casa de esto que el cardenal Vidal y Barraquer, arzobispo de Tarragona, ejerció el cargo de primado desde la deposición del cardenal de Toledo, señor segura (1931) hasta el nombramiento de Gomá para la sede toledana (1934).