EL CONGRESO EUCARISTICO DE BUENOS AIRES Y EL VIAJE A PAMPLONA

Hacía poco que Gomá era arzobispo de Toledo, cuando tuvo lugar el Congreso Eucarístico de Buenos Aires. Gomá comprendió que este Congreso le ofrecía una ocasión excepcional para exponer y divulgar ante el mundo las ideas que había alimentado toda su vida y que le habían dado, personalmente, tan buenos resultados.

El arzobispo de Toledo fue a ese Congreso como apóstol de la "hispanidad" y del mito de la "España grande y "católica", así como propagandistas de la mentalidad de los que, en aquellos momentos, luchaban por destruir la República española.

A fin de evitar confusiones, digamos que ese Congreso tuvo lugar en 1934, dos años antes de la insurrección militar del 18 de julio de 1936.

Conociendo como conocemos la idiosincrasia de Gomá, nos es fácil imaginar con qué empuje se lanzó a ese Congreso, sobre todo, ahora, con su carácter y dignidad de Primado de la España oficial.

Nos faltan documentos que nos digan cuál fue su actuación patriotera en dicho Congreso. Poseemos solamente una carta de un buen amigo nuestro catalán, católico ferviente, residente en Buenos Aires desde 1926. En esta carta nuestro amigo manifestaba su desengaño el suyo y el de otros, católicos o no respecto a un discurso que Gomá pronunció allí. "Fue un discurso -nos decía nuestro amigo- que hubiera podido perdonarse si hubiese sido pronunciado por un civil, no por un sacerdote. Y menos aún por un obispo, un primado. Fue una conferencia política mezclada a la religión. Una mezcla hábil, tradicional en los obispos españoles, pero que no disimulaba su intención política, que podría sintetizarse en una palabra o idea: 'hispanidad', a la manera acostumbrada para los jerarcas españoles".

"Según él -Gomá- el español es un católico por excelencia, por necesidad obligatoria...".

"Pero lo que nos dejó asombrados fue el elogio que Gomá hizo de las dictaduras, en un párrafo brillante, tristemente brillante, tan brillante como gastado, un párrafo que te copio textualmente para que te convenzas de que no fue una, simple impresión nuestra, sino una deplorable realidad. Contemplemos -dijo Gomá- cómo en la vieja Europa sólo emergen, sobre el mar que ha sepultado las democracias, las altas cumbres de las dictaduras".

Y nuestro amigo continuaba así:

"Ya comprendes que estas palabras, este elogio no disimulado de los regímenes de fuerza, de violencia y desprecio del Pueblo, produjeron una desagradable sorpresa y, pronunciándolas quien las pronunció, un verdadero escándalo. Han sido muy comentadas y, en general, muy desfavorablemente. Palabras lamentables, pero muy de acuerdo con la mentalidad corriente en la Jerarquía eclesiástica española...".

Abramos aquí un paréntesis para contrastar estas palabras de Gomá con otras que años más tarde pronunciaría Pío XII, en 1934 cardenal secretario de Pío XI y legado pontificio en el Congreso de Buenos Aires, y que estuvo allí muy de acuerdo con las manifestaciones nada democráticas de Gomá.

He aquí lo que dijo Pío XII: "La nación, que se deja dominar por un solo hombre ambicioso se convierte en una masa sin alma. La democracia es un sistema en el que todos los hombres que integran la nación, a cualquier capa social que pertenezcan, pueden exponer libremente sus ideas y aspiraciones, en paz y sin ser oprimidos por la voluntad de un solo hombre. Es por esto que la Iglesia católica se siente más segura y fuerte en el seno de los pueblos regidos por sistemas democráticos. Los pueblos se encuentran hoy firmemente, unidos contra las dictaduras y en el mundo entero brilla una nueva esperanza... En los países democráticos se tiene derecho a expresarse libremente, tanto en los deberes como en los sacrificios que les son impuestos. Esto significa que la democracia es una consecuencia de la razón misma".

Lenguaje verdaderamente curioso en labios de un hombre tan poco o nada demócrata como Pío XII.

Parece evidente, indiscutible, que el dictador español cae de lleno dentro de estos conceptos condenados por Pío XII.

Pero, si ello es así, uno se pregunta cómo es posible que el dictador español fuese honrado por Pío XII con la más alta distinción pontificia y le sea permitido, sin la menor protesta ni dificultad de parte de la Iglesia, de acuñar moneda con la leyenda "Caudillo por la gracia de Dios", cuando todo el mundo sabe que lo es por la gracia de moros, alemanes, italianos, etc.

Seguramente la "diplomacia" -de la que tendremos que hablar más adelante- hace imposible, una vez más, a los pobres mortales penetrar y comprender las altísimas razones de ciertos hechos que a nosotros, pobres hombres primitivos y cándidos, nos parecen burdas farsas.

Confesemos, una vez más, nuestra simplicidad e inclinémonos, de grado o por fuerza, ante los grandes hombres, los hombres geniales, excepcionales, providenciales, que "salvan" el mundo y la religión a fuerza de actos que a nosotros nos parecen ficciones repugnantes y que, en realidad, deben ser genialidades maravillosas.

Hagamos constar, no obstante, que la historia nos dice que algunos o muchos de estos actos "geniales" pontificios cuando se produjeron fueron admitidos y hasta elogiados por la mayoría de los adictos gregarios incondicionales, pero desaparecido el papa que los ejecutó, fueron censurados y tenidos por lamentables, incluso, a veces por aquellos mismos que habían sido o fingieron ser sus más decididos admiradores.

El heroísmo difícil y peligroso de decir la verdad, objetiva o simplemente subjetiva, cueste lo que cueste, sea contra quien sea es preciso defenderlo y proclamarlo. La vocación de un Savonarola es excepcionalísima. Tan excepcional, sin embargo, como indispensable a la Iglesia y al mundo.

Y cerremos el paréntesis, un poco largo, pero que esperamos que el lector no juzgará inútil.

Cuando terminó la guerra de España y nos fue posible reanudar nuestro contacto epistolar con nuestro amigo de Buenos Aires, éste nos escribía una larga carta comentando dicha guerra. En esta carta nos decía: "La guerra y la conducta del cardenal Gomá respecto de ella nos ha dado la explicación de su elogio a las dictaduras hecho en su discurso en el Congreso Eucarístico de 1934 que debes recordar seguramente. Esta conducta ha sido severamente juzgada aquí por cuantos no están intoxicados por ningún complejo patriotero ni ninguna "hispanidad"... A pesar de este desengaño doloroso, uno más, comprendemos la necesidad, el deber, que tenemos de permanecer hijos, más fieles que nunca, de la Iglesia a fin de contrarrestar la tendencia nefasta y vieja de aquellos nuestros hermanos en Cristo que se empeñan en continuar la tradición fatal de una Iglesia, potencia temporal protegida y privilegiada del poder civil y militar, error que toda la historia nos prueba ha costado duras persecuciones a nuestra Madre la Iglesia. Ya sería hora de rectificar, de una vez para siempre, este error, de un egoísmo doblemente erróneo, y confiar menos o nada en la fuerza material y más en la Providencia...".

Esto es lo que sabemos de la participación del primado Gomá en el Congreso Eucarístico de Buenos Aires.

Es poco. Y es mucho.

Pero Gomá irá mucho más lejos en actuaciones políticas posteriores, como veremos en los capítulos que siguen. La mariposa no siente satisfecha la atracción de la llama hasta que quema en ella sus alas.

Un detalle interesante y seguramente importante: el legado pontificio a ese Congreso fue, como hemos dicho, el cardenal Pacelli, secretario de Pío XI.

El primado Gomá, que tenía al corriente, a su manera, a dicho cardenal-secretario de las cosas y conflictos de España, aprovechó, sin ninguna clase de duda, esta oportunidad para ampliar todo lo que le decía por escrito y que hoy conocemos por los documentos que Gomá guardaba secretos y que fueron hallados en el Palacio arzobispal de Toledo los primeros meses de la guerra, mientras Gomá se encontraba bloqueado en Pamplona.

Se nos ha dicho que el cardenal Pacelli estuvo completamente de acuerdo con todo lo que Gomá le expuso, referente a lo de España, en aquella ocasión. Nos parece muy natural.

Pero ya hablaremos, en capítulo especial, del señor Pacelli, secretario de Pío XI, y de cuando Pacelli fue Pío XII.

Pocos días antes de estallar la sedición de militares y derechas (julio 1936), el cardenal Gomá fue a pasar unos días a Pamplona, donde había de obispo el doctor Olaechea, hoy arzobispo de Valencia.

¿Fue por una simple casualidad que Gomá hizo este viaje en vigilias de la revuelta?

No precisa una gran perspicacia para creer que no.

Hacía años que Navarra se preparaba a dar, junto con otros españoles, el asalto contra la República.

Hacía tiempo que el doctor Irurita -de quien hablaremos más adelante- nos habla dicho sin que nos fuera posible, en aquel momento, comprender el alcance y el sentido grave de sus palabras- lo siguiente: "Es preciso que Cataluña se arme, como se arma Navarra".

El doctor Irurita sabía, pues, mucho tiempo antes de la guerra, que se preparaba una conspiración contra el régimen español.

El doctor Irurita era navarro y pasaba sus vacaciones en Navarra.

Lo sabía, también, lo vivía, lo respiraba, el señor Olaechea.

Los sacerdotes navarros instruían y hacían instruir a los jóvenes para la guerra; algunos de esos jóvenes eran enviados a Italia a fin de recibir una instrucción guerrera más perfecta o especializarse en alguna arma, aviación, artillería, etc., etc.

Había incluso sacerdotes navarros que se dedicaban a la tarea apostólica" de fabricar bombas.

El general Mola vigilaba esta preparación de los navarros y hacia frecuentes viajes a esa región.

Se ha probado de manera categórica que esta preparación había empezado desde que fue proclamada la República.

Pocos meses antes del 18 de julio de 1936, el obispo, de Navarra, doctor Olaechea, manifestó, en un discurso, su total desaprobación de este espíritu combativo de sus sacerdotes y diocesanos. Poco más tarde rectificó esta actitud tan noble como obligatoria en un prelado.

Nos preguntamos: ¿Si un buen día el señor Olaechea se decidiese a hacer un buen examen de conciencia, creería salvada su alta responsabilidad episcopal con esta más o menos platónica desaprobación de tales actividades guerreras? ¿No comprendería que tenía el deber gravísimo, sagrado, de oponerse, con todo el peso de su autoridad jerárquica, a esta conspiración descarada?

Es claro que hay mil maneras de salvar la conciencia e incluso de falsearla. Pero hay argumentos que tienen valor auténtico de tales. Otros no son sino sofismas.

Siempre hemos creído que el señor Olaechea faltó de modo grave a su deber no prohibiendo, al menos a sus sacerdotes, unas actividades inconciliables, indignas de tal dignidad.

A menos que el discurso de desaprobación del señor Olaechea no fuese más que pura fórmula -por no decir algo más concreto- y que, en el fondo, viese con agrado esa preparación bélica que fue intensificándose hasta el momento de echarse a la calle y poner en juego todas aquellas reservas acumuladas durante años para una obra tan opuesta a la ley cristiana como es atacar por la violencia un Estado legítimamente instituido.

Y esto en un pueblo tan católico como es, o pretende ser, Navarra, donde el sacerdote tiene una autoridad, un poder decisivo.

Un pueblo, el navarro, que siempre hemos mirado con un cierto recelo, en vista de todo lo que se nos ha dicho y hemos leído sobre lo que pasa allí durante la célebres fiestas de San Fermín, patrón de Pamplona.

Un detalle de estas fiestas: el "encierro" de los toros, con todo lo que este "número" de fiestas encierra de primitivo y de salvaje, es suficiente para preguntarnos si el famoso catolicismo y piedad de ese pueblo merecen la fama que se le ha dado.

En todo caso es una forma de catolicismo completamente opuesta a la que nosotros tenemos por auténtica y única.

Más adelante volveremos a encontrar al doctor Olaechea en otra posición que no creemos tampoco merecedora de elogio.

Pero, sigamos al cardenal Gomá en su estancia en Pamplona.

¿Podrá creer, algún espíritu cándido, que no habló con el obispo de Pamplona de lo que se preparaba, lo que estaba en plena efervescencia y a punto de estallar, como estalló muy pronto?

Más aún: ¿quién podrá creer que Gomá -que hemos visto, cuando era ya obispo de Tarazona, seguía atentamente el curso de agonía de la República, que él veía con agrado- no conocía, ya antes de ir a Pamplona, todos los preparativos que allí se hacían para acabar con el régimen republicano?

Sin contar que, como primado de España, tenía mil medios y razones para no ignorar una empresa de tal importancia para España y para la religión. No: el cardenal Gorná no ignoraba esa conspiración.

Tenemos, además, nuestras razones personales para estar íntimamente convencidos de que Gomá conocía -si no ayudaba en una forma u otra- esos preparativos guerreros.

El cardenal Gomá daba a editar sus libros, desde siempre, a la casa editorial Casulleras, de Barcelona. Pocos meses antes del 18 de julio de 1936, Gomá fue a dicha casa editorial, ignoramos con qué motivo.

Lo que sí sabemos es que encontró allí, casualmente, a un gran amigo nuestro, hombre honorable, católico excelente, hijo de un coseminarista de Gomá, con quién éste guardó gran amistad, así como con su hijo, nuestro amigo. Este, aunque casado y con hijos, era tratado por Gomá como un niño, es decir, con confianza de tal.

El cardenal y nuestro amigo hablaron de varios asuntos y, entre ellos, de política, de los desaciertos de la República española, contra la cual Gomá se mostró indignado, a pesar de las observaciones que, en disculpa y descargo de ella, le hizo nuestro amigo.

Este manifestó que Cataluña no ignoraba esos errores, pero que los excusaba en razón de la oposición dura y sistemática que se le hacía sin ninguna clase de consideración. La respuesta del cardenal fue "Juan : de todo esto no quedará nada".

Al pronunciar las palabras "todo esto", Gomá describió, con su mano derecha, una especie de círculo que quería contener a Cataluña.

¿Qué era "todo esto" a que se refería Gomá?

Juzgando por el contexto de las palabras de Gomá, nuestro amigo comprendió que se refería a los valores espirituales y políticos, al alma de Cataluña, que ya sabemos tenían, en Gomá un enemigo de siempre.

Y es evidente que para destruir "todo esto" precisaba una revolución a la que, según nuestro amigo, Gomá se refirió.

Cuando estalló la guerra, nuestro amigo vio confirmada con toda certeza su interpretación de las palabras de Gomá, ya de sí mismas suficientemente claras, pero ahora evidentes.

Gomá conocía, pues, lo que se preparaba abiertamente y podía, incluso, predecir a nuestro amigo algunos de los resultados. Y esto, meses antes de la sedición.

En Pamplona, el cardenal Gomá respiró, vivió, los últimos preparativos de asalto contra la República.

Ante esta convicción nuestra, de una lógica elemental, uno tiene derecho a preguntarse por qué el cardenal primado de España no hizo un esfuerzo supremo para hacer abortar esta catástrofe nacional.

Para nosotros, que conocíamos la mentalidad y ciertos hechos de Gomá, la respuesta es fácil, terminante: el cardenal Gomá no hizo el menor gesto para evitar esta catástrofe, sencillamente porque la deseaba. Le interesaba que se terminase con la República lo más pronto posible, fuese como fuese.

En 1848, el arzobispo de París, monseñor Affre, con el deseo de detener una lucha fratricida entre sus hijos, sube a lo alto de una barricada, donde muere heroicamente, cristianamente, exhortando a los combatientes de uno y otro lado a la reconciliación, dando así un ejemplo magnífico, un ejemplo que la historia registra con respeto y admiración.

Mas Gomá y todos los obispos españoles no suben a las barricadas.

No sube Gomá a ellas porque quiere esta guerra civil, porque para él la paz no es posible sino exterminando a todos los que piensan en republicano.

La gloria de monseñor Affre entraña la condenación de la actitud del episcopado español, guerrero, fanatizado por una tendencia política secular que debía ser el primero en combatir y condenar, poniendo todo su interés en que todo el mundo supiese que no tenía con ella el más pequeño vínculo.

Gomá sabía, pues, lo que se preparaba contra la República.

¿Lo sabía solamente? ¿No ayudó a preparar esta gran, esta inmensa desgracia para España?

Una lógica implacable hace temer que sí.

Por esto, ante esta duda que es casi una certeza, uno no puede menos que indignarse al leer lo que Gomá escribió en su opúsculo El caso de España: "Ignoramos cómo y con qué fin se ha producido la insurrección militar de Julio, a pesar de que lo suponemos el más elevado..."

Nadie podrá creer en la ignorancia de Gomá sobre este punto. Al fingirla, Gomá se condena a sí mismo, ya que, como Primado, tenía el deber de conocer cosas tan graves como éstas.

Los documentos descubiertos en su palacio arzobispal dicen, además, bien claro que estaba al corriente de todo, cosa que encaja perfectamente con la manera de ser de Gomá, hombre enemigo de dejar las cosas al azar, hombre cauto y prevenido.

Al fingir esta candorosa inocencia, Gomá no se dio cuenta de que todos los que le hemos conocido y observado de cerca, durante años y años, no podemos ser engañados tan fácilmente como él ha creído. La ingenuidad no fue hecha para Gomá. Toda su actuación durante la guerra confirma nuestra convicción de su intervención en prepararla. Una intervención, ni que decir tiene, digna del temperamento curvilíneo, sinuoso, astuto de Gomá.

Bernanos, hablando de los crímenes cometidos del lado de los sediciosos, les dice: "Os habéis vengado -de los crímenes de los rojos, se entiende-, ¿no es esto? Está bien. Pero confesadlo".

Los que han colaborado en la preparación de esta gran tragedia de la guerra civil española no tienen derecho a fingir una inocencia estúpida, que es una ofensa para todo hombre consciente y leal.