EL BELICOSO GOMÁ

En el mismo opúsculo que acabamos de citar del cardenal Gomá, El caso de España, hay no sólo el lamentable hallazgo de la "cruzada", sino también el programa a seguir. Gomá hace, al principio, un elogio ferviente de los navarros agradeciéndoles su hospitalidad durante los meses que se vio obligado a permanecer alejado de Toledo, por razón de la guerra, y enaltece, a "los bravos y nobles navarros que dan actualmente al mundo un admirable ejemplo de fe y patriotismo".

El "admirable ejemplo" es haber trabajado en la "noble y cristiana" tarea de derribar la República.

Y Gomá continúa: "Se ha querido salvar España por la fuerza de la espada. Quizá no había otra solución". "Hay que reconocer en la guerra civil el espíritu de una verdadera 'cruzada' por la religión católica". "¿Cómo no germinaría en catolicismo la simiente lanzada a través de los campos de España en los surcos que los católicos han trazado con la punta de la espada y regado con su sangre?" "Esta guerra no se podrá nunca llamar una guerra de clases".

El solo enunciado de estas afirmaciones basta para contradecirlas.

Uno se pregunta: ¿Cómo es posible que un obispo, un cardenal de la Santa Madre Iglesia, un primado de una nación supuestamente muy católica, haya podido pensar, escribir y lanzar al mundo ideas tan poco cristianas, tan anticristianas, como puede probarse leyendo las pastorales colectivas de los años 1931 y 1933, aparte otros documentos y actitudes vaticanas que mencionaremos más adelante?

Dos afirmaciones contradictorias no pueden ser ciertas al mismo tiempo. Y las pastorales de 1931 y 1933 no hacían más que recordar la doctrina oficial tradicional teológica sobre la obediencia debida a los poderes constituidos y sobre el derecho de hacer la guerra.

Aquellas pastorales quitan toda fuerza y autoridad a las afirmaciones del cardenal Gomá.

Éste, desde la publicación del opúsculo citado, se constituye en jefe espiritual de la cruzada.

¡Responsabilidad enorme evidente!

Posición muy propia de un hombre, Gomá, que el lector habrá ido conociendo y comprenderá más a fondo con todo lo que nos queda para decir de este hombre que ha hecho a su patria un daño irreparable.

LA "CRUZADA"

Pero detengámonos aquí un momento para hablar de una palabra, tan frecuente en toda la historia de la Iglesia y que, en la guerra civil española, ha justificado, si no glorificado, toda clase de procedimientos y crímenes: la "Cruzada."

La "cruzada" es una guerra que se hace por motivos religiosos. Ésta es, pues, una guerra religiosa.

¿Guerra religiosa? ¿Es posible esta paradoja de guerra y religión, guerra hecha en nombre de la religión? ¿No son estos dos conceptos antagónicos, contradictorios, incompatibles? ¿Ha existido nunca un motivo para hacer una "cruzada", una guerra en nombre de Dios, de Cristo, de' la religión que Él fundó? ¿Es posible que exista incluso una teología de la "cruzada"? ¿Una lucha fratricida en nombre de Dios, entre hijos de Dios?

La funesta coalición de la espada y la cruz, del trono y el altar, han producido este concepto monstruoso que tan grave daño ha hecho a la Iglesia librada en brazos de elementos humanos, extraños y opuestos a la representación genuina de la Iglesia.

Fácil es comprender que, cuando Constantino permitió, por el edicto de Milán, el libre ejercicio de la religión de Cristo, hubiese un movimiento de alborozo entre los cristianos, que no pudieron prever, seguramente, el alcance fatal de aquella libertad que no era tal, en realidad, sino más pronto una renuncia a una misión sagrada, inviolable.

Una alegría muy humana, ciertamente.

Pero no todo lo que es humano -es decir, propio de los sentimientos, deseos y necesidades biológicas, fisiológicas e incluso psicológicas del hombre- es lícito. Los Diez Mandamientos de la Ley de Dios nos lo dicen bien claro cuando vienen a poner restricciones severas a nuestros impulsos humanos.

Seguramente la Iglesia de aquellos tiempos vio llegada la hora de trabajar activamente y fácilmente e incluso cómodamente en la obra de evangelización, tan limitada hasta aquel momento.

El emperador y los suyos darían toda clase de facilidades para esta obra necesaria, obligatoria.

El Evangelio contiene claras las instrucciones, los avisos, consejos y predicciones que Cristo dio a sus apóstoles referentes a todas las dificultades graves que les sería preciso afrontar: sufrimientos, persecuciones, encarcelamientos, torturas, privaciones, la muerte misma, que les había de acarrear su condición de pregoneros de la fe de Cristo.

Basta con leer la vida de los apóstoles, no sólo de aquellos que Cristo designó como tales, sino de todos los de todas las épocas, para comprender que el anuncio que Cristo hizo a los primeros apóstoles iba dirigido a los de todos los tiempos.

Y fue Cristo mismo quien les previno que "no se puede servir a dos amos o señores".

Cuando Constantino dio, pues, la supuesta paz y libertad a la Iglesia -hay que creer que lo hizo con un buen deseo inicial, teórico por lo menos- lo que hizo, involuntariamente, inconscientemente, si se quiere, fue quitarle su espíritu auténtico, indispensable de evangelizadora y continuadora de la obra de Cristo con el espíritu, no guerrero, sino pacificador de Cristo.

Pues la Iglesia está formada por hombres que tienden naturalmente, instintivamente, a evitar el sufrimiento, la persecución, la lucha, y vivir dentro de un ambiente lo más apacible y cómodo posible, condiciones diametralmente opuestas a la condición de apóstol, tal como Cristo la instituyó.

La Iglesia se acomodó, bajo Constantino, a la vida fácil de verse protegida por la fuerza del Estado.

Nada podía comprometer más profundamente la tarea dura de la Iglesia como esta facilidad de vida y de acción, opuesta al espíritu evangélico de sacrificio. Y, si a lo largo de los siglos de esta protección estatal -y a pesar de ella- hubo siempre apóstoles auténticos que dieron su tranquilidad personal y su vida por su misión, éstos fueron una minoría providencial que no puede ser comparada, en cantidad, a la multitud de aquellos apóstoles débiles, ávidos de todos los privilegios y comodidades que la ayuda de la fuerza les permitía.

Esta larga y fatal convivencia y connivencia entre la Iglesia y el Estado acarreó graves inconvenientes a la Iglesia, ya que el Estado no le prestaba su protección gratuitamente, sino asociándola y comprometiéndola en sus manejos de orden puramente material. Y la historia nos muestra, con una elocuencia aterradora, todas las renunciaciones, todas las concesiones que la Iglesia hizo a fin de sostener el Estado en cosas que estaban en desacuerdo con el Evangelio.

Véase, entre otras mil, la Historia de los papas de Ludovicus Pastor, a quien la gente vaticana opuso tantos obstáculos para que pudiera consultar los archivos secretos vaticanos, hasta que León XIII, entonces Papa, se enteró de esta oposición y dio la orden de que fuesen abiertos dichos archivos a la inspección de Pastor, permitiendo así que fuesen divulgados y conocidos de todo el mundo todos los hechos, algunos bien poco edificantes y hasta escandalosos, de algunos papas y de gente vaticana.

Fue en esta ocasión que León XIII, dirigiéndose a los "monsignori", consternados de que el mundo conociera aquellas miserias de los únicos hombres a quienes se llama santos en vida, los papas, pronunció aquella frase magnífica, luminosa, histórica, evangélica: "Abrid los archivos secretos y no temáis nunca la verdad".

Palabras que eran como un eco de otras de Cristo: "La verdad es lo que os libertará".

La historia nos dice que los hombres, los cristianos de todos los tiempos, han traicionado de mil maneras aquel depósito de fe que Cristo nos confió para custodiar y propagar y enriquecer con el ejemplo de nuestra vida. La codicia de bienes materiales de los hombres de iglesia nos permite comprender todas las claudicaciones de esta gente ante la fuerza del Estado que les permitía adquirir y disfrutar tranquilamente de esos bienes.

Aquella renuncia total que Cristo exigía de sus apóstoles y seguidores desapareció ante el espíritu materialista del Estado que, como en el paraíso terrenal, dice aquel "coge y come".

El espíritu de codicia, de posesión, de vida fácil y, por una consecuencia fatal, propicia a todas las sensualidades, hizo necesario sacralizar todo aquello que podía favorecer la adquisición y el disfrute de los bienes de este mundo.

El espíritu guerrero se infiltró en los hombres de iglesia como un medio necesario, no para evangelizar el mundo, sino para conservar bienes que eran codiciados por otros hombres poderosos que era preciso, pues, combatir y someter.

Y de esto derivó, progresivamente, fatalmente, el método de conjugar las fuerzas materiales y las espirituales a fin de vencer así más fácilmente a aquel que podía disputar la tranquila posesión del bienestar material.

Y a esto se le dio el nombre de "cruzada", de "guerra santa".

Y si esta sacralización de una cosa antievangélica ha tenido, quizá, una excusa posible en algún caso o circunstancia especialísimos, en realidad ha sido una verdadera profanación de los valores sagrados y religiosos.

Bajo el nombre de "cruzada" han podido ser cometidos toda clase de crímenes, los más odiosos, tanto más cuanto caían sobre la Iglesia de Cristo, que tenía que mantenerse completamente alejada de ellos si quería conservar sus esencias más fundamentales.

Y la cosa llega a su grado más inconcebible cuando se reúnen en un mismo hombre, el Papa, el doble poder, temporal y espiritual, la Iglesia y el Estado, es decir, cuando un papa -un Julio II, por ejemplo- vestido de guerrero, de príncipe secular, defiende, personalmente, a la cabeza de sus ejércitos, armas en la mano, sus intereses, sus dominios, sus Estados pontificales.

Aberración incomprensible para todo aquel que es incapaz de distinguir lo que hay de humano y lo que hay de sagrado en el Papa, a pesar de sus actos reprobables.

Escándalo que ha costado la fe a tanta gente sencilla, a la que es difícil, si no imposible, separar la santidad infinita de Dios, de la debilidad y miseria casi infinita de los hombres, por alta que sea su posición social o jerárquica.

El gran escándalo, de que se queja amargamente, justamente, el papa Pío XI, viene de lejos, de muy lejos. Su causa remota es la defección de los hombres de Iglesia, de todas las categorías, hasta la suprema, que han hecho traición a su misión divina. El resto ha venido como una consecuencia inevitable, lógica, fatal.

Y el mundo comenzó por escandalizarse y terminó por concluir, no sin una cierta lógica, que una religión representada por tales hombres no merecía ningún crédito ni confianza.

El Pueblo, en su lógica simplista, tenía razón.

Y el Pueblo fue desertando de la Iglesia porque cree a través de los hombres, de los ministros de Dios. Y éstos no podían merecerle ninguna clase de respeto ni de garantía espiritual en las circunstancias a que nos referimos.

El espíritu del mundo se infiltró muy adentro de la Iglesia en esa conjunción nefasta de trono y altar.

Y vino lo que era inevitable que viniera, es decir, la defensa celosa de unos bienes impropios, caducos, corruptores.

Y estos bienes fueron defendidos por los procedimientos más bajos.

Y de esto se dijo la guerra santa, la cruzada, que más tarde se utilizó para recobrar el Sepulcro de Cristo, lo cual era un nuevo error. Un error que Dios pareció no aprobar, vistos los resultados de este procedimiento indigno del espíritu de caridad que Cristo nos dio como distintivo inconfundible de cristianos.

El mismo rey francés que dirigía el asalto fue hecho prisionero.

Creemos muy oportuno recordar, hablando de cruzadas, un hecho poco conocido: uno de los que formaron parte de una cruzada fue San Francisco de Asís.

Pero este cruzado, al llegar al lugar de la lucha contra los infieles, no tomó un arma en sus manos para matar, sino que pidió audiencia al sultán, no en calidad de embajador ni de delegado de las autoridades de la cruzada, sino como un simple discípulo de Cristo, del cual él quería ser testigo, no guerrero.

Lo que significaba la protesta sencilla y profundamente cristiana contra el espíritu belicoso de las cruzadas.

El espíritu de misión -éste de San Francisco- contra el espíritu de cruzada, es decir, el espíritu de lo sagrado contra sacrílego.

El espíritu de Ramón Llull, que consagraba su vida, no a la conquista por las armas, sino para conocer y convertir el Islam, hasta el sacrificio de su vida, si era, preciso.

Francisco de Asís y Ramón Llull, y otros que han seguido su ejemplo, han comprendido la lección de Getsemaní.

En Getsemaní no se trataba de conquistar el Sepulcro de Cristo, como se trató de esto siglos más tarde, sino de defender la persona y la vida de Cristo mismo, cosa, como se ve, infinitamente más importante.

Y, sin embargo, cuando Pedro saca su espada y hiere a un soldado, Jesús desaprueba esta acción y manda a Pedro envainar el arma. Y Jesús restituye el miembro amputado por Pedro al soldado.

Con este acto, Jesús condena todas las cruzadas.

Y, para que no quede la menor duda respecto a su intención, Jesús dice a Pedro, el cruzado de entonces: "¿No sabes que si quisiera defenderme, me bastaría pedir ayuda a mi Padre y éste me mandaría cien legiones de ángeles para protegerme?".

...Los obispos españoles prefirieron, a la ayuda del cielo, el apoyo de gente tan poco cristiana como los moros, alemanes e italianos. Tuvieron más fe en las fuerzas materiales que en las espirituales.

El papa Luna, desde las torres de su palacio de Aviñón, tras las excomuniones que lanzaba contra sus enemigos mandaba la metralla de sus cañones.

Santa Clara, humilde religiosa, pero de fe ferviente, se defiende con sus hijas del asalto de los moros presentándoles la Santa Eucaristía. Y los moros se dispersan en desbandada.

Pero ya hemos dicho que Clara tenía una fe ardiente. Mas no la tenían los obispos españoles.

Por esto, entre las fuerzas espirituales y materiales, los obispos españoles optaron por las físicas. E hicieron de la "cruzada" española la más indigna, la más anticristiana de las cruzadas, olvidando aquellas palabras de Jesús en Getsemaní, palabras llenas de sentido: "Quien mata con la espada, por la espada morirá".

Todavía hoy, a los más de treinta años de comenzada aquella "cruzada", los obispos españoles sostienen que hay que continuar el espíritu de "cruzada". La ceguera inicial del episcopado español se mantiene tan intenso como en plena guerra.

Todavía hoy se hace el elogio de la espada que, por los motivos que sabemos, obtuvo la victoria; la espada más pura del mundo, ha osado decir un obispo español, con la aprobación tácita, seguramente, de todos los demás.

La "cruzada", el gran hallazgo, la genial mixtificación, la miserable ficción del cardenal Gomá a fin de disimular -si no justificar y glorificar- un crimen que el mundo libre, consciente, no fanatizado, ha abominado y abominará siempre.

El mahatma Gandhi, el día que quiere dar la gran batalla en favor de sus hermanos de raza, los parias, que mueren de hambre, no recurre a unas fuerzas materiales, que él no tiene ni ha querido nunca tener, sino que se limita a dirigir al representante de la corona británica estas palabras de una sencillez emocionante: "Tengo el honor de informar al Gobierno de Su Majestad que, si crea un electorado separado para las clases parias, me veré obligado a ayunar hasta morir".

Y el ayuno de Gandhi empieza.

E Inglaterra cede ante la actitud noble, aparentemente insignificante, de este anciano esquelético.

A Gandhi no se le ocurre la idea de levantarse en armas, él y sus adictos, para matar a alguien, por justo que fuese.

Gandhi da al mundo la gran lección de su sacrificio personal, su vida si es preciso, en holocausto, para la defensa de sus hermanos desgraciados.

Gandhi, como Clara, como Francisco de Asís, cree en el poder superior, incomparable, invencible de las fuerzas espirituales.

Contra la leyenda pagana de la "espada pura", un corazón y una intención puros, despojados de todo egoísmo personal y de todo instinto sanguinario.

Las voces de Clara, de Francisco -y de tantos miles de santos mártires de la Iglesia, fieles a Jesús crucificado- y la de Gandhi claman severamente la condenación total de la horrible ficción de la "cruzada" de Gomá y de todos los demás.

¿Serán eternamente incapaces de comprender la grandeza de esta lección sublime ciertos hombres de nuestra Iglesia?

En nuestros tiempos, un papa no puede admitir oficialmente el hecho de una cruzada, como se hizo en los tiempos de Alfonso el Batallador. Hoy esto es inimaginable.

En cambio, lo que sí es posible en nuestros tiempos es que un papa reconozca una cruzada oficiosamente, es decir, sin que este reconocimiento constituya un acto público y oficial del Papa.

Este fue el reconocimiento de Pío XI respecto de la "cruzada" española.

En virtud de este reconocimiento oficioso pontificio, los obispos españoles pudieron apoyar la "cruzada" sin ser impedidos por Roma, a cuya autoridad estaban sujetos.

La Jerarquía eclesiástica española no sólo aportó la fuerza enorme del prestigio que representa la Iglesia de Cristo, sino que se interesó y trabajó, con la Pastoral colectiva de 1937, para que prestara su colaboración toda la Iglesia del mundo.

Y esta enorme fuerza jerárquica en pro de la "cruzada" iba conjugada con otra fuerza potente: los millones de aquel que alguien ha llamado "el último pirata del Mediterráneo'' Juan March.

Esta ayuda del contrabandista balear sería suficiente para condenar, si fuera preciso, la obra que él patrocinó.

De él había dicho, años antes, Jaime Carner, ministro de Hacienda de la Répública, hombre honesto e íntegro: "Si la República no acaba con Juan March, éste acabará con ella".

Vaticinio que los hechos confirmaron y que probaron que era sólidamente fundado.

Contra esta confabulación de moros, derechas, alemanes, italianos, Jerarquía eclesiástica y Juan March la República tuvo que hacer frente, además de otros factores internacionales.

La victoria de la "cruzada" fue deshonrosa.

El pirata balear pasaba a ser uno de los primeros personajes de la España fascista.

Esto sólo bastaba para establecer inequívocamente su cualidad y carácter de íntima categoría.

Y la Iglesia y Roma permitieron este contubernio oprobioso. Increíble, pero cierto.

Oigamos lo que dice de la "cruzada" española el ilustre autor de Los grandes cementerios bajo la Luna, Georges Bernanos, gran escritor, católico insobornable, con ocasión del fusilamiento de Darnant, jefe de la Milicias francesas que colaboraron con los alemanes ocupantes de Francia: "No hay nada de lo que se acusa al jefe de la Milicia que no haya sido siempre, no sólo tolerado, sino aprobado y aplaudido en España y en todo el mundo por millones de católicos fanatizados, a los cuales la palabra guerra santa hacía rodar la cabeza... Cuando uno se equivoca públicamente, parece que no basta con retirarse prudentemente dentro de su concha, mientras los cadáveres entran en la tierra...".

Un día Jesús decidió ir a Jerusalén.

Durante el camino, a pie, naturalmente, envió a un pueblo unos discípulos suyos para que buscasen alojamiento, que les fue negado.

En vista de esta falta de hospitalidad, Juan y Jaime, futuros apóstoles, dijeron a Jesús: "Señor: ¿queréis que pidamos a Dios que envíe fuego del cielo contra esta gente y la destruya?"

Jesús se volvió hacia ellos y los riñó severamente.

Una vez más Jesús condenaba las cruzadas.

Y en nombre de Jesús, la Iglesia patrocinó este crimen nefando que fue la "cruzada" española.

Un gran crimen cometido contra los derechos sagrados del hombre sencillo, del obrero, del pobre, un crimen que Dios no puede dejar impune.