LA GRANDEZA DE AGUIRRE Y LA TRISTE MUERTE DE GOMÁ

EL 22 de diciembre de 1936, el presidente del País Vasco, señor Aguirre, pronunció un importantísimo y cristianísimo discurso en Radio Euzkadi, discurso que inevitablemente debía herir la susceptibilidad del episcopado español y, especialmente, la del primado Gomá, aludido en dicho discurso.

El día 10 de enero de 1937, el cardenal Gomá dirigía una Carta Abierta al señor Aguirre con la intención de dar una respuesta y deshacer los cargos del presidente de Euzkadi contra el episcopado español. No sólo no lo consiguió el cardenal Gomá, sino que puso al descubierto, una vez más, su posición y sus sentimientos en favor del movimiento sedicioso, cuyo triunfo, en aquel momento, nada permitía prever.

Esta Carta Abierta, bastante extensa, no nos es posible ni creemos necesario comentarla en toda su extensión.

Nos limitaremos a los puntos que creemos merecen una especial atención.

1º. Sin darle alcance puramente político -que no tiene, por lo tanto, nada que ver con la tesis de este libro exclusivamente de carácter religioso- y como confirmación de ciertas afirmaciones nuestras hechas anteriormente al hacer la presentación del doctor Gomá, notemos su antirregionalismo cuando dice, en esta Carta Abierta: "Encerrarse en pequeños egoísmos regionales es reducir el volumen y el tono de la vida del Estado y de la región".

Y Gomá habla de la "maniobra política (de Aguirre) el objeto de la cual es erigir en cantón independiente a Vizcaya, región antes tan española". Más adelante, Gomá habla aún de "la unidad intangible y robusta de la gran Patria".

Repetimos que esto no tiene para el objeto de este libro ningún interés. Sobre todo que, respecto a este punto, el cardenal Gomá era libre de pensar como bien le pareciese, a pesar de que, a juicio nuestro, su opinión se veía contradicha por la realidad, de los hechos.

Hemos querido, solamente, confirmar, con palabras del mismo Gomá, lo que decimos anteriormente sobre su fobia antirregionalista, desde su juventud.

2º. Citemos otro fragmento de la Carta de Gomá a Aguirre: "Nadie, hasta ahora, se ha levantado contra el régimen (la República), que continúa, en principio, siendo el mismo que el país se dio".

Realmente, aquí el cardenal Gomá exageraba al negar un hecho evidente. La bandera monárquica, adoptada por los sediciosos, desde el primer momento de la sublevación, entrañaba ya un cambio de régimen. Sin contar que todos los sediciosos eran de sentimiento monárquico.

3º. Pero entremos en el dominio de nuestro tema religioso. Gomá decía: "La Jerarquía -eclesiástica, se entiende- se ha mantenido dentro de las esferas elevadas de la verdad y de la caridad y Vd. sabe (dice a Aguirre) que cuando España se dio el régimen actual (la República), la Iglesia lo reconoció oficialmente. Una abundante literatura preconizó la adhesión al régimen, a pesar de que a muchos les costó sacrificar momentáneamente principios políticos que parecían más en armonía con la vida y la historia de nuestro país. Ya sabe Vd. que la Jerarquía sostuvo el principio intangible del respeto al régimen" (...) "Las reivindicaciones obreras no han sido más que un pretexto para hacer la guerra" (...) "Franco no hace, en manera alguna, el juego de los ricos. Todo lo contrario, predica, en todos los tonos, la necesidad de una más grande justicia social" (...) " Es el amor de Dios que ha puesto las armas en las manos de media España" (...) " "Ahora llegan 200 ateos de Rusia para dar una forma doctrinal a esta gran ruina religiosa y social". (...) "Yo lamentaría profundamente la aberración de ciertos sacerdotes, aberración que los conduciría ante al pelotón de ejecución para ser fusilados, ya que el sacerdote no debe alejarse de aquel plan de santidad ontológica y moral en que le situó su consagración para altos ministerios".

Tendríamos que detenernos en cada frase del cardenal Gomá para oponerle nuestro comentario. Pero esto nos haría interminables.

Hay, sin embargo, en este último párrafo, una palabra que no podemos dejar pasar sin señalar su gravedad.

¿Cuál es esta aberración que, a juicio de Gomá, hubiera podido provocar el fusilamiento de ciertos sacerdotes?

Lo que insinúa Gomá y que podría explicar y hasta justificar ciertos fusilamientos, no es otra razón que el simple regionalismo o nacionalismo vasco de dichos sacerdotes. Un nacionalismo, hay que hacerlo constar, que no fue nunca en ellos una consigna de ningún partido político, sino un sentimiento nacido del amor a su tierra. No olvidemos la fobia antirregionalista de Gomá.

Hagamos un esfuerzo por creer -contra la afirmación absoluta de Gomá en Budapest- que Franco no le consultó el fusilamiento de esos sacerdotes y religiosos vascos, los mejores, según su prelado, el señor Múgica.

4º. El cardenal Gomá se quejaba de la resistencia de los vascos a la insurrección franquista: "...Queda la paz, hoy profundamente turbada por una guerra feroz y por los odios más feroces que de ella se derivan; la paz que desde hace semanas ya habría dado el abrazo a la justicia, si, en las montañas de Guipúzcoa, los hermanos de este bello país se hubiesen dado la mano para la paz y la conquista de las costas del Cantábrico".

Como se ve por estas palabras, a Gomá le corría prisa ver el triunfo de la paz y de la justicia, representadas, ni que decir tiene, por Gomá y Franco.

5º. Gomá contestaba al discurso navideño de Aguirre. Gomá conocía la profunda catolicidad del Pueblo vasco, así como la de su presidente Aguirre. Gomá se aprovechó de esto y trató de hacer presión, en su calidad de Primado, sobre las conciencias de los vascos y llegó hasta el extremo de faltar al respeto a su presidente, diciéndole, por ejemplo:

"Su catolicismo de usted me parece bien débil" (...) "¿Adónde conduce su pregunta impertinente, si no es a confundir las nociones, embrollar los hechos?" (...) "Esto no es digno de un hombre que se dice así mismo presidente de un gobierno" (...) "Usted es el jefe de un país, por lo menos usted se atribuye este título y este cargo. Estas atribuciones son incompatibles con la disimulación y la astucia..."

Gomá ponía, así, al descubierto su irritación, su impaciencia por ver rendido a sus pies de Primado a un hombre que, aunque católico ferviente -y quizá en virtud de este catolicismo que sólo el fanatismo de Gomá podía poner en duda o tratar de violentar-, no podía este hombre íntegro rendirse a las objeciones de orden estrictamente político que el Primado de España trataba de imponerle llegando hasta al insulto.

Pero, cosa inesperada, he aquí que, de repente, el tono del lenguaje de Gomá, que había llegado a la descortesía, se convertía en meloso, como el canto de una sirena. No se podrá decir que Gomá no lo intentara todo para seducir al insobornable presidente del País Vasco. Ahora Gomá hacía uso de un tono paternal, bondadoso, fingido, claro está, intentando así un último recurso para reducir al señor Aguirre.

Diremos francamente que preferimos el Gomá descortés al Gomá seductor. Estamos seguros de que el lector estará de acuerdo con nuestra repugnancia por el Gomá sirena.

"Le invito, como padre y conductor que es de este pueblo (el vasco) a encontrar puntos de contacto, a escoger métodos y a hallar una fórmula suave y eficaz para devolverle la paz perdida". "¡Quién sabe si, la paz, y además de la paz, no se podrían realizar las aspiraciones legítimas de este noble Pueblo vasco!"

Lenguaje sencillamente repugnante.

Los pequeños egoísmos regionales de que hablaba hace un momento Gomá, las maniobras políticas (de Aguirre) para dar la independencia del pueblo vasco, etc., etc., todo esto, no sólo sería perdonado y olvidado, sino que podía ser satisfecho y considerado como legítimo aquello que hacía un momento Gomá consideraba como un delito contra la patria gravísimo.

¿A qué condición? Muy sencillo: renunciando a resistir al "glorioso movimiento", haciendo acto de sumisión al "caudillo" y uniéndose a su esfuerzo para destruir la República y matar a sus hermanos.

La suprema tentación del demonio hecha a Cristo fue llevarle a la cumbre de la montaña para mostrarle todas las riquezas que desde allí se veían y decirle: "Todo esto será tuyo si te arrodillas ante mí y me adoras".

Gomá, inconscientemente, adoptó esta táctica diabólica.

Todo el asco que el lector habrá sentido con lo que acaba de leer le será compensado por dignidad, la elegancia cristiana dentro de la firmeza y contundencia con que Aguirre contestó estas bajezas del Cardenal Primado.

El Presidente vasco no cayó en las redes de su tentador, sino que dio una respuesta justa, firme, histórica: "Vuestra Eminencia me invita a encontrar una fórmula eficaz de devolver la paz a mi pueblo. Hay una, y es muy sencilla: que aquellos que se sublevaron reconozcan su error; que aquellos que son la causa de tanta sangre derramada, de tantas ruinas, depongan las armas que el Pueblo les dio, no para atacarlo y provocar contra él un trastorno sangriento, sino para defenderlo... La fórmula es razonable y lógica. ¿Cómo quiere Vuestra Eminencia que el Presidente del Gobierno Vasco pueda proponer otra?"

En esta respuesta de Aguirre a Gomá hay frases tan valientes y justas como éstas:

"Una de las causas por las cuales el Pueblo pierde la fe es que ve un gran número de hombres de Iglesia en estrecha comunidad de ideas y de acción con un sentimiento político y unas ideas que no son más que la exterminación de otras ideologías y por esto invocan dilemas falsos e interesados, refutados desde ahora por espíritus serenos que han estudiado a fondo los caracteres esenciales de la tragedia que vivimos. Conviene no olvidar que el ejemplo de esta comunidad de ideas y de acción a que hago referencia tiene repercusiones inmensas en el alma de las multitudes de todos los países y provoca, como consecuencia inevitable, un escándalo y un trastorno profundo de la moral cristiana".

"El Pueblo no será vencido nunca. Pero, si, en la hipótesis de un triunfo de los insurgentes, Vuestra Eminencia creyese que la Iglesia había triunfado, ¡qué error tan grave cometería Vuestra Eminencia!"

"El recuerdo de la actitud de los eclesiásticos poniéndose al lado del movimiento faccioso contra el Pueblo que ganó en el curso de las elecciones legales, sería tan profundo, de un efecto tan desastroso en el alma popular, que nada podría serle comparado, ni la persecución ni los crímenes más horribles de las épocas en que la persecución religiosa alcanzó su más alto grado de violencia. Por mi parte, yo PIDO A DIOS, CON TODAS MIS FUERZAS, UNA IGLESIA PERSEGUIDA MEJOR QUE UNA IGLESIA PROTEGIDA".

"Pero lo que yo pido, con más ahínco, es una Iglesia que esté en unión con los sentimientos de las multitudes, que frecuente la casa de aquel que sufre y de aquel que trabaja, rodeada del más grande prestigio cerca de la masa de los humildes que son siempre los más numerosos y que han adquirido en esta vida el derecho a un poco más de bienestar material por sus múltiples esfuerzos".

En esta controversia diríase que los términos se hallan invertidos. La palabra y la idea cristiana se hallan, más en los labios del señor Aguirre que en los del cardenal Gomá.

Estamos seguros de que la historia dará a la respuesta del presidente Aguirre el valor de una derrota de la mentalidad guerrera y anticristiana del cardenal Gomá.

Sentimos no poder decir sobre esta controversia todo lo que quisiéramos decir y que creemos convendría decir y poner en conocimiento de todos, a fin de, hacer constar que, si hay obispos capaces de olvidar los principios esenciales de la Religión, hay, en cambio, laicos dispuestos a todo género de sacrificios para defenderlos.

El presidente del País Vasco, con su Gobierno y su Pueblo, defendieron los fueros de su tierra hasta la última trinchera.

Y cuando ésta cayó, prefirieron la tristeza y las penalidades del destierro a una España esclava del pretorianismo.

Ellos, con tantos otros, salvaron el honor de la España libre y digna que habían querido darse los españoles votando y defendiendo la República contra sus enemigos seculares: la aristocracia, el ejército y la jerarquía eclesiástica.

Cuando alemanes e italianos obtuvieron la "victoria", los "cruzados", el "glorioso movimiento" y, el "hombre providencial" tuvieron que celebrarla en la forma más espectacular posible a fin de proclamar un triunfo que era una ignominia ante el mundo libre.

Y es evidente que el cardenal Gomá había merecido ocupar un alto puesto en este espectáculo. A él se debía, en gran parte, este triunfo, por la obtención del cual Gomá se jugó el prestigio de su alta jerarquía.

En medio de las jerarquías civil, militar y eclesiástica, en medio de la pompa bullanguera hitlero-moro-italo-falangista, el hombre providencial, Franco, puso su espada sobre el altar, una espada que chorreaba sangre caliente de más de un millón de españoles de todas edades y condiciones.

Esta espada, el cardenal Gomá la había esgrimido a su manera. Le correspondía, pues, una responsabilidad en esta catástrofe nacional.

Aquella victoria era también suya. Aquella apoteosis era también para él. Podía estar satisfecho de su obra.

Una vez más, en la historia de la Iglesia, un Constantino hacía de ella su aliada y la comprometía gravemente.

¿Es posible que, terminadas las batallas, en medio de esta embriaguez de entusiasmo, el cardenal Gomá no comenzase a darse cuenta de que era un triunfo obtenido a un precio monstruoso ?

¿Es posible que Gorná pudiese participar en esa explosión de entusiasmo, sabiendo que había millones de familias que lloraban a sus muertos y tantas otras que esperaban los horrores de la posguerra?

Aquella trágica mascarada de la apoteosis ¿no trajo, como contraste, a aquella alegría desenfrenada, un movimiento de remordimiento por todos aquellos males que él, Gomá , había ayudado a provocar con toda su fuerza y autoridad jerárquica?

Esto parece permitirnos creer la actitud de Gomá en sus últimos días de vida.

Efectivamente, el cardenal Gomá, publicó -mejor dicho, intentó publicar- una pastoral, cuyo título parece probar que sintió necesidad de rectificar o por lo menos evitar, terminada la guerra, que la sangre continuase siendo vertida.

Esa pastoral llevaba por título Lecciones de la guerra y deberes de la paz.

No conocemos su texto, pero lo suponemos, no sólo por el título, sino porque su publicación fue prohibida por el "hombre providencial" que, una vez terminada la guerra, se conoce que ya no le consultaba todo ni obedecía al Primado.

Increíble, pero cierto.

¡El mitrado, el inventor genial de la "cruzada", censurado por el dictador!

La estupefacción natural de Gomá ante un hecho que seguramente no hubiera nunca creído posible, ni tan sólo imaginable, la encontramos reflejada en la protesta aparecida en el Boletín `del arzobispado de Toledo, que decía: "No quisimos creerlo hasta que se nos dio la copia literal del telegrama que, cursado por la Jefatura de la Prensa, imponía el veto a la divulgación del documento, hasta que nos han sido remitidas, censuradas en su totalidad, las galeradas de la Pastoral ya compuesta para su publicación en un diario de Madrid. Contrasta, en este caso, el criterio de la censura civil con el de varios señores obispos, maestros en la doctrina cristiana, los cuales, ya con anterioridad, nos habían pedido centenares de ejemplares de dicha Pastoral a fin de difundirla entre sus diocesanos. Uno de ellos nos decía: "Consideramos que tendría que hacerse de ella una gran tirada para que puedan leerla todos españoles". En un Boletín eclesiástico se la clasifica como un documento orientador de primera fuerza. Respetuosos hacía toda autoridad, no hacemos ningún comentario que, forzosamente, resultaría poco edificante. Séanos permitido recordar sobre este punto la actuación de siempre en pro de la Patria de nuestro Eminentísimo Cardenal, los incomparables servicios que prestó, en estos últimos años, al Estado con la máxima lealtad, con el máximo esfuerzo".

Una lealtad y un esfuerzo innegables y dignos de mejor causa.

El tono amargo de esta queja -inspirada, si no escrita, por el propio cardenal- dice bien claro la profundidad de la herida abierta en el corazón de Gomá por esta censura.

Una herida que hay que reconocer que no merecía Gomá, aquel hombre que había predicado su "cruzada" al mundo entero con sus diversas intervenciones en Congresos Eucarísticos y especialmente con la Pastoral colectiva de 1937, obra suya personal.

En este lamento del Boletín de Toledo merece ser tenido en cuenta el motivo alegado en virtud del cual Gomá no merecía esta falta de atención y de respeto a su alta jerarquía: "los incontables servicios que en estos últimos años ha prestado al Estado con la máxima lealtad, con el máximo esfuerzo".

Se trataba de una confesión, ahora dolorosa, de una lealtad y un esfuerzo de los cuales Gomá comenzó a sentir, quizá, todo el error, toda la gravísima responsabilidad, ahora, sobre todo, que ya sentía los síntomas claros de la proximidad del momento en que tendría que dar a Dios cuenta estrecha de su demasiada fiel colaboración a una obra injusta, a un crimen colectivo cuando, en su larga agonía, adquiría toda su espantosa gravedad y horror.

En esos momentos supremos de su vida, Gomá se dio cuenta del alcance de la enorme superchería de su "cruzada", la más grande ficción y la más grave de su vida, cuando presentía la presencia inminente de la Verdad esencial, incompatible con la ficción consciente e interesada por 'motivos de egoísmo puramente terrenal.

La agonía de Gomá debió ser necesariamente algo horrible.

La visión, ahora más clara que nunca, de aquellos millares de hermanos que él, con su apoyo enorme, había ayudado a matar, debía torturar de una manera desgarradora, implacable, los últimos días, los últimos momentos de una vida tan llena de equivocaciones que obedecían, todas, a sus dos defectos capitales: su orgullo y su desmesurada ambición.

Podríamos añadir muchas otras cosas sobre Gomá que confirmarían el retrato que no hemos hecho más que esbozar en las páginas que le hemos dedicado como hombre representativo, símbolo del clero y episcopado español.

Pero creemos que loque de él hemos dicho basta para que el lector pueda darse cuenta de la obra nefasta de un hombre que hemos dado a conocer desde una juventud en la que encontramos ya los gérmenes de una obra que, más tarde, no podían hacer sino aumentar en eficacia, a medida que Gomá iba subiendo en categoría jerárquica.

Nosotros, que le conocimos muy a fondo, hemos encontrado siempre que su obra era la única que podía dar el hombre que conocíamos bien. Lo que nos ha sorprendido es que llegase tan alto y que, gracias a esta ascensión hasta el grado supremo de la Jerarquía, Gomá pudiese llegar a hacer una obra tan perfecta, dentro de lo irreparable.

Deseamos que nuestro lector comprenda el porqué hemos dado una extensión excepcional al estudio del "caso Gomá", hombre a quien Dios dio grandes cualidades con las que hubiera podido hacer un gran bien a la Iglesia.

Pero, ya desde joven se desvió del camino que le señalaba su carácter de sacerdote y emprendió el que había de serle pernicioso, a él y, lo que es más de lamentar, a España que, él, ofuscado, ayudó a arruinar, Dios sabe por cuantos. años.

Desde el destierro, pocos días después de llegar a Francia, le escribimos siete palabras justas sobre una tarjeta de visita -lo único que teníamos para escribir- con las que le decíamos: "Lamentamos nuestra antigua amistad con Vd. Llorens".

No supimos nunca si aquella tarjeta llegó a sus manos. Seguramente nuestras palabras le hubieran evocado muchas cosas de su juventud y nuestras discusiones que ahora él vería que fueron vaticinios confirmados con creces, cosa que, entonces, no podíamos nosotros prever.

Quizá nuestras palabras le habrían traído el recuerdo de una conversación tenida con él y un jesuita, profesor de Derecho Canónico, sobre el texto de San Pablo: "Si alguien desea ser obispo, desea una cosa buena", conversación provocada por haber encontrado, el jesuita y nosotros, al doctor Gomá -sería en 1910- que acababa de comprar El Liberal que le habían dicho anunciaba su nombramiento de obispo, cosa que resultó inexacta.

Cuando escribimos aquellas breves palabras a Gomá, ignorábamos su mortal enfermedad.

De haberlo sabido, no las hubiéramos escrito. Preferiríamos que no las hubiese recibido. Sentiríamos sinceramente que hubiesen venido a añadir una nueva congoja a su agonía.

Pero su responsabilidad ante la historia de España y de la Iglesia, es inmensa, aterradora.