IGLESIA Y ESTADO EN 1931

La separación de la Iglesia y el estado no era una tarea meramente parlamentaria. Para lograr la separación, la Revolución francesa confiscó las tierras de la Iglesia, alentó a los campesinos a apoderarse de ellas, disolvió las órdenes religiosas, confiscó las iglesias y su riqueza y durante muchos años ilegalizó y prohibió el ejercicio del sacerdocio. Sólo entonces la aún inadecuada separación de la Iglesia v el estado fue llevada a cabo en Francia.

En la España de 1931 el problema era todavía más urgente y acuciante. La Iglesia, por su pasado, sólo podía ser un mortal enemigo de la república. Durante siglos la Iglesia había impedido cualquier tipo de progreso. Hasta un rey tan católico como Carlos III se había visto obligado a expulsar a los jesuitas en 1767; José Bonaparte tuvo que disolver las órdenes religiosas y el liberal Mendizábal las suprimió en 1835. La Iglesia había aniquilado todas las revoluciones del siglo XIX; como respuesta, cada revolución, cada avance en la vida española, había sido necesariamente anticlerical. Incluso el rey Alfonso, después de las revueltas en Barcelona en 1909, tuvo que anunciar que "daría cauce a las aspiraciones populares de reducir y regular el excesivo número de órdenes religiosas" y que establecería la libertad religiosa. Sin embargo, Roma cambió la decisión de Alfonso. Cada intento de ampliar las bases del régimen fue frustrado por la Iglesia, la última vez en 1923, cuando vetó la propuesta del primer ministro, marqués de Alhucemas, de convocar Cortes Constituyentes, y apoyó la dictadura. No es extraño, entonces, que cada período de agitación haya sido seguido por quema de iglesias y matanzas de clérigos.

Se puede medir el poder económico de la Iglesia por la estimación, dada a las Cortes en 1931, de que la Orden de los jesuitas poseía un tercio de la riqueza nacional. Las tierras confiscadas después de la revolución de 1868, fueron indemnizadas por la reacción tan generosamente que la Iglesia emprendió una carrera en el mundo de la industria y las finanzas. Sus bancos monopolistas de "crédito agrícola" eran los usureros del campo y sus bancos urbanos los socios de la industria. Las órdenes religiosas eran dueñas de establecimientos industriales (molinos de harina, lavaderos, talleres de costura, vestidos, etc.) con fuerza de trabajo gratis (huérfanos, "estudiantes"), compitiendo, con gran ventaja, con la industria. Como era la religión oficial, recibía anualmente decenas de millones del presupuesto estatal, estaba libre de impuestos, incluso en la producción industrial, y recibía sustanciosos honorarios por bautizos, bodas, entierros, etc.

Su control oficial de la educación salvaguardaba al estudiante de radicalismos y mantenía al campesino analfabeto. La mitad de la población 'española en 1931 no sabía leer ni escribir. Hasta hace poco las indulgencias papales se vendían por unas cuantas pesetas; firmadas por el obispo, se compraban en tiendas que exhibían el anuncio: "Las bulas están baratas hoy." Esto nos da una idea de la magnitud de la superstición originada por la Iglesia.

Sus "hordas ataviadas" eran un verdadero ejército que se enfrentaba a la república; de 80 a 90.000 en 4.000 casas de órdenes religiosas, y más de 25.000 curas párrocos. El número de religiosos sobrepasaba el total de los estudiantes de enseñanza media y doblaba el número de estudiantes de enseñanza superior en el país.

En los primeros meses de la república, la Iglesia actuó cautelosa y deliberadamente en su lucha contra el nuevo régimen: una carta pastoral aconsejando a los católicos votar a los candidatos católicos que no eran ni "republicanos ni monárquicos" fue contestada, en mayo, por la quema masiva de iglesias y de conventos. Sin embargo, para nadie era un secreto que el ejército innumerable de monjes, monjas y curas párrocos agitaban vigorosamente, de casa en casa. Como en cada período crucial de la historia española en que la Iglesia se sentía amenazada por el cambio, su actividad se centraba en propagar rumores supersticiosos de incidentes calificados como milagros -estatuas que lloraban, crucifijos que sangraban-, presagios de malos tiempos que hacían su aparición. ¿Qué podía hacer el gobierno republicano ante esta poderosa amenaza?

El problema con la Iglesia provocó la primera crisis gubernamental; Azaña formuló un compromiso que fue aceptado. Las órdenes religiosas no debían ser molestadas a no ser que se probase, como en el caso de cualquier otra organización, que eran nocivas al bien público. Hubo un pacto de caballeros de que esto se aplicaría sólo a los jesuitas, que fueron disueltos en enero de 1932, después de que se les brindó amplias oportunidades para transferir la mayor parte de su riqueza a particulares y a otras órdenes. La declaración de separación Iglesia-estado terminó formalmente con las subvenciones gubernamentales al clero, pero fueron recuperadas, en parte, por la Iglesia, en pagos por la educación; ya que la expulsión de la Iglesia de los colegios iba a ser un plan de "larga duración". Este fue todo el programa eclesial del gobierno. Aún esta legislación patéticamente insuficiente, provocó las iras de la burguesía; se opusieron, por ejemplo, no sólo los ministros católicos Alcalá Zamora y Maura, sino también Lerroux, republicano radical, que había hecho carrera, durante toda una vida en la política española, basándose en el anticlericalismo. Anticlerical de palabra y deseosa de un reparto más justo del botín, la burguesía republicana estaba tan unida a los intereses de los terratenientes-capitalistas que, a su vez, se apoyaban en la Iglesia, que era incapaz de un ataque serio a su poder político y económico.

La Izquierda Comunista declaró que ésta era una prueba más de la bancarrota del gobierno de coalición. Ni siquiera podía cumplir la tarea "democrático-burguesa" de controlar a la Iglesia. Los revolucionarios exigieron la confiscación de toda la riqueza eclesial, la disolución de todas las órdenes, la inmediata prohibición de profesores religiosos en los colegios, la utilización de los fondos de la Iglesia para ayudar al campesinado a cultivar la tierra y llamaron a los campesinos a apoderarse de las tierras de la Iglesia.

Fuente: http://www.marxismo.org/rycr/gc02.htm