LA VENTA DE INDULGENCIAS

Uno de los personajes que más dolores de muelas ha causado a la Iglesia ha sido Lutero, el fraile agustino que dijo "basta" y bastó. ¡Vaya si bastó! Naturalmente la Iglesia no aceptó lo de basta, se revolvió en un palmo de terreno sin dar la pata a torcer, contraatacó y sobrevino la división. El desencadenante fue el escándalo de la venta de indulgencias, fruto de una corrupción que había llegado al paroxismo.

La Reforma del x. XVI nació y creció al impulso de una unión de fuerzas espirituales y seculares como rara vez ha presenciado el mundo en ningún otro período histórico. Por el lado secular, nos encontramos con una época pródiga en movimientos nuevos, intelectuales y morales, políticos, sociales y económicos; y por el lado religioso (corrupciones eclesiales aparte), con una época en que las fuerzas espirituales estaban en plena actividad, anhelando hacer de la religión la cuna que meciese en su nacimiento y guiase durante el resto de la vida a todos los hombres, fueran éstos reyes, nobles, ricos, pobres, artesanos o campesinos; una religión propiedad de todos, eclesiásticos o seglares, y que promoviese directamente las buenas costumbres dentro de la familia y del Estado.

Cuando Lutero estuvo en Roma comprendió aquella frase de Maquiavelo que afirmaba que "cuanto más cerca de Roma, más lejos de Dios" (o algo parecido; cito de memoria). Se escandalizó con el lujo y la perversión existente en el clero, y de forma particular en el Papa y su corte. Cuando León X demolió la basílica Celestina para construir la actual basílica de San Pedro, necesitó pasta gansa y no se le ocurrió mejor idea que dedicarse a vender indulgencias por toda la cristiandad.

El significado de la venta de indulgencias solo puede comprenderse completamente si se conoce la mentalidad existente en la Europa medieval. Aunque el dogma del purgatorio no fue impuesto hasta el s. XV, la creencia en él venía desde hacía varios siglos. Se decía que los padecimientos de las almas en el purgatorio eran exactamente igual que los del infierno, pero con salida al cabo de cierto tiempo. Como a nadie le hacía gracia pasar unos cuantos años padeciendo los horrores del fuego, la gente estaba dispuesta a cualquier cosa para evitarlos. Además, no hacía ni 100 años que la peste negra había diezmado a la población y muchos interpretaron aquello como un aviso de la ira de Dios, como un anticipo de lo que les esperaba en la otra vida. Había penitentes en cada esquina y muchos de ellos se convertían en peregrinos, uno de cuyos destinos era Santiago. En este ambiente de histeria colectiva que la Iglesia había contribuido a crear, la misma Iglesia ofrecía la medicina adecuada para librarse de todo: las indulgencias. El primero en aplicarlas a las almas del purgatorio fue Sixto IV en l476. El negocio de vender el privilegio de pecar constituyó una de las más importantes fuentes de financiación del papado. El pueblo comenzaba a mostrar un marcado escepticismo con respecto al verdadero destino que recibieran las sumas recaudadas a cambio de indulgencias; pero como se veían en posesión de sus "letras papales" (así eran conocidos por entonces los billetes de indulgencia), poco les importaba el destino del dinero que salía de sus bolsillos.

Generalmente, el vendedor de indulgencias encontraba espléndido recibimiento en todas las ciudades de Alemania. Se dirigía a ellas ocupando el centro de una procesión, llevando la bula que anunciaba la indulgencia a su frente, colocada sobre un paño de terciopelo y oro: todos los sacerdotes y monjes de la ciudad, así como también el burgomaestre, el Consejo de la ciudad, los maestros, los niños de las escuelas y los ciudadanos, salían a recibirle con banderas desplegadas y antorchas encendidas, y le escoltaban por la ciudad cantando himnos. En cuanto la comitiva llegaba á las puertas de la ciudad, repicaban las campanas, sonaban todos los órganos, y la procesión, que llevaba al comisario en el centro, penetraba en la iglesia principal, donde se alzaba una gran cruz roja y ondeaba la bandera del Papa. Seguían entonces sermones y discursos predicados por el comisario y los que formaban su séquito ensalzando la indulgencia, narrando sus virtudes maravillosas y excitando al pueblo a comprarla.

El asunto de las indulgencias desató la indignación de Lutero, quien fijó en la puerta de la iglesia local noventa y cinco razones impugnando su venta. Este fue el comienzo de la Reforma, el segundo gran cisma de la Iglesia.