EL ENIGMA DEL OBISPO MARTIR

Capítulo 3: IRURITA APARECE VIVO TRAS LA GUERRA

Uno de los hechos que hacen tan apasionante el enigma del obispo Irurita es que al menos seis personas le vieron vivo la mañana del 28 de enero de 1939, dos días después de la entrada de las tropas de Franco en Barcelona y más de tres años después de su presunto fusilamiento. Las personas que se toparon con él en la calle del Bisbe de la capital catalana aquella mañana fueron los señores Aragonés y Arbós, dos hijos del primero, Josep y Joan, que entonces tenían 12 y 10 años, y el doctor Reventós, que había visitado médicamente en alguna ocasión al obispo, y que dejó su testimonio en forma de carta a sus hijos y que extractamos más abajo. Reventós iba acompañado del señor Riera.

   UNA FOTO CON HISTORIA.
   En la foto aparecen el Sr. Aragonés, sentado, flanqueado a izquierda y derecha por sus hijos Josep y Joan, y con el pequeño Jesús en primer término.
   La foto fue tomada podos días después del fallecimiento de la esposa de Aragonés, en dicimebre de 1938, y pocas semanas antes del encuentro fortuito con el obispo Irurita en Barcelona. El objetivo de la foto era hacerla llegar a un hermano del Sr. Aragonés, sacerdote claretiano que se hallaba escondido, àra informarle de la muerte de su cuñada. La comunicación entre los hermanos se hacía en clave para no delatar al cura escondido.
Uno de los testigos, Josep Aragonés, tiene ahora 80 años. Canónigo emérito de la catedral de Barcelona, que fue vicario episcopal para el Penedès, el Garraf y la Anoia con el cardenal Jubany, es autor de los 16 volúmenes de La Biblia a l'abast publicados por l'Abadia de Montserrat. Este reconocido biblista es desde mediados de los sesenta párroco en Torrelavit, cerca de Sant Sadurní. Dotado de una memoria prodigiosa, mosén Aragonés cuenta por vez primera de forma pública los pormenores de su fortuito encuentro con Irurita.

Aquel sábado 28 de enero de 1939 se había convocado una misa de campaña en la plaza Catalunya. El señor Aragonés, un fundidor del Clot muy devoto y creyente, que un mes antes había enviudado, junto con dos de sus hijos, Josep y Joan, y un amigo, el señor Arbós, decidieron acudir a la misa de acción de gracias.

"Me comprometen"

Cuenta Aragonés que el grupo subía por la calle del Bisbe en dirección a la plaza Nova cuando, al pasar por delante del palacio episcopal se abrió una puerta por la que salieron dos personas. Iban con gabardinas o abrigos oscuros y ambos iban tocados con sombrero o quizás boina. Los señores Aragonés y Arbós reconocieron en uno de ellos al obispo Manuel Irurita. Con sorpresa, se acercaron a él y le dijeron "Señor obispo, ¡creíamos que le habían fusilado!". El interpelado dijo de forma queda: "No griten, que me comprometen".

Después se desarrolló una escena que la familia Aragonés no olvidaría por su significado. Hay que remontarse a 1933, cuando se realizó en el palacio episcopal un acto de reparación a una imagen del Santo Cristo que había sido profanada. Acudieron el señor Aragonés y sus dos hijos y se celebró en el Salón del Trono, con la imagen reposando en el sitial del obispo e Irurita presidiendo de pie mientras los asistentes desfilaban para venerar la imagen. Cuando tocó el turno a los Aragonés, que iban vestidos de portantes de la hermandad del Santo Cristo, el obispo Irurita puso la mano sobre la cabeza de Joan y exclamó: "Los niños, los niños...".

Seis años después, en aquella mañana del 28 de enero de 1939, el señor Aragonés recordó al que identificaba como a su obispo aquel acto de reparación y la presencia de sus hijos. Su interlocutor volvió a depositar una mano sobre la cabeza de Joan y exclamó otra vez: "Los niños, los niños...". El azar hizo que, unos instantes después, apareciera el doctor Reventós, que había atendido como paciente al obispo Irurita. El médico, que conocía a Arbós, también se sorprendió al reconocer al obispo, al que saludó, y éste insistió en que no le comprometiera. Acto seguido, Irurita desapareció en dirección a plaza Sant Jaume, mientras Aragonés y sus acompañantes se quedaban paralizados.

Recuerda Josep Aragonés que la persona que acompañaba al obispo Irurita no mostró impaciencia ninguna, ni tampoco el portero del palacio episcopal que presenció la escena. La familia Aragonés y el señor Arbós, confundidos, volvieron al Clot sin ir a la misa de campaña, y se dirigieron a la capilla de las monjas Paulas, que hacía las veces de su parroquia, que había sido destruida durante la guerra. Encontraron a un grupo de personas, entre ellas a un cura del requeté de uniforme y pistola al cinto que se llamaba Arredondo, a los cuales narraron lo vivido en la calle del Bisbe.

Al cabo de unos días, el citado Arredondo convocó a Aragonés, a sus hijos y a Arbós a un piso del paseo de Grácia, quizás de la rambla de Catalunya. Mosén Josep Aragonés no lo puede precisar con exactitud, aunque recuerda cómo le impactó "aquella casa de senyors de grans habitacions". El motivo era una reunión con dos hermanos de Irurita, uno fraile capuchino y laico el otro. De hecho, según Aragonés, se trató de un interrogatorio de cada uno de los testigos del encuentro, en solitario, sobre lo que habían visto y dicho. Al terminar, se reunieron todos en el recibidor de la casa. El capuchino informó de que les llegaban noticias de otras personas que habían visto al obispo Irurita con vida, lo cual les angustiaba. El otro hermano sentenció que los cuatro habían contado lo mismo y de la misma forma y concluyó que "Manuel era un santo". El capuchino terció diciendo: "Déjate de santos, nosotros queremos saber dónde está". Finalmente les pidieron que no divulgasen la noticia. Dijeron que a su hermano no lo habían fusilado, sino que lo habían trasladado a Rusia.

¿Un milagro?

Cuando el proceso para la beatificación de Manuel Irurita, Josep y Joan fueron llamados a declarar. Josep explicó lo que ha narrado ahora a La Vanguardia, lo cual le costó algún disgusto cuando le acusaron de obstaculizar la beatificación de Irurita. Otros, en cambio, creen que su testimonio certificaría la santidad del obispo mártir al tratarse de un milagro. Josep Aragonés explica que su familia nunca tuvo la impresión de que se tratara de una aparición. Además, "teológicamente, las apariciones nunca se presentan como un espectáculo y llevan implícito un mensaje como el de rezar para salvar a Rusia. ¿Qué mensaje es 'no griten, que me comprometen'? Además, ¿tan mal están en el cielo que el obispo tiene que aparecer en gabardina y no más solemne, con una casulla? No tengo ninguna duda, Irurita salió caminando del obispado, y se fue caminando". Aragonés justifica que conocía personalmente al obispo por el acto del obispado y porque era monaguillo en la parroquia del Clot donde Irurita había impartido el sacramento de la confirmación.

También el doctor Reventós fue convocado para reunirse con el presidente de la Diputación, José María Milá Camps, el alcalde de Barcelona, Miguel Mateu, el jefe de policía, el coronel José Ungría, y Alfonso Güell, conde de Ruiseñada, y más tarde con un hermano de Irurita. "Tothom s'estranyaba que no s'hagues presentat a les Autoritats (todos se extrañaban de que no se hubiese presentado a las Autoridades. N.d.t.)", escribe Reventós en una nota a sus hijos.

Mosén Josep Aragonés tuvo conocimiento de la existencia de la carta de Reventós cuando el arzobispado inició las investigaciones sobre Irurita y el encargado. de hacerlo, el padre Sospedra, le informó sobre la coincidencia de los recuerdos aportados por unos y otros respecto del encuentro con Irurita y sobre los que él ha guardado hasta ahora discreción absoluta".

Josep M. Sòria

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Fragmentos de la carta del Dr. Reventós a sus hijos (*).

Era hacia las 12 del mediodía cuando, tras atravesar la Plaza Nova y entrar en la calle del Bisbe, vi a un conocido mío, el Sr. Arbós, que estaba hablando con otros señores (...) "Perdone, ¿conoce usted a este señor de aquí? Es el Sr. Obispo Irurita (dice Arbós a Reventós). Yo lo miré y realmente lo conocí; tenía buen aspecto y me llamó la atención la piel fina de su cara, transparente. Se le veían las finas venas de la piel. Me parece que llevaba boina, abrigo gris y seguro que unos guantes grises de lana. Iba bien arreglado y yo intenté besarle la mano; él dejó que la acercara a mis labios, pero no pude besarla porque la retiró; no hace falta decir que me descubrí.

Formaba parte de un grupo en el que había, además de él, el señor Arbós con uno o dos niños, creo que dos, y otro señor que iba con el Sr. Obispo. El Sr. Obispo hablaba en castellano y me dijo que lo comprometíamos y que le dejásemos ir, cosa que hizo inmediatamente hacia la plaza de San Jaime. Entonces me quedé con los otros dos señores (Arbós y el otro) y los niños y comentamos el que lo hubiésemos visto vivo, mientras la gente decía que había muerto (...) Fuimos a casa del Sr. Arbós (calle Internacional, no recuerdo el número - Clot) y dijo que estaba seguro de que era el Sr. Obispo, pues lo conocía bien, que los hijos de su amigo habían hecho de monaguillos del Sr. Obispo en una solemnidad y que cuando se encontraron con él (con el Sr. Obispo) le recordaron aquel hecho (...)

El coronel Ungría (era el jefe de la policía) dijo que quizás había muerto en una checa, puesto que todavía funcionaban algunas. A media noche llegamos a casa, donde ya me esperaban angustiosos. Al cabo de un rato recibí la visita de dos señores, uno de ellos hermano del Sr. Obispo a quien repetí lo mismo. Esto es todo lo que puedo afirmar.

Vuestro padre, Josep.

Domingo, 15 de noviembre de 1942.

(*) La Vanguardia publica los párrafos de esta carta en catalán.

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Capítulo I: NO DE FRANCO AL CANJE
Capítulo II: REVELACIONES DE UN MILICIANO
Capítulo IV: UNA AMBIGUA PRUEBA DE ADN