LAS JUNTAS DE FE, UN SUCEDÁNEO

Cerrado el paréntesis constitucional y emprendida la última etapa del gobierno fernandino, considerables núcleos eclesiásticos volvieron a recaer en la actitud del sexenio. Púlpitos y confesionarios se transformaban a veces en cajas de resonancia, desde las que se exhortaban a la violencia y a la venganza. La publicística de aquellos meses, en su casi totalidad de origen eclesiástico, insistió hasta el aturdimiento en la inseparabilidad de la monarquía y la Iglesia, de modo que cualquier embate contra alguna de las dos instituciones minaba el terreno de la otra. La postura de los extensos sectores clericales que creían en la dureza como último refugio de un sistema que se sentía amenazado de muerte, no se hallaba enfrentada con la explicitada por gran parte de la sociedad española.

Según la profecía de un municipio gallego, el odio de los liberales por parte "de los buenos españoles pasaría de padres a hijos, de generación en generación y hasta la más remota e incalculable posteridad". Para el ayuntamiento barcelonés, en representación enviada al monarca, los liberales habían "hecho alarde de blasfemar del nombre del Eterno con una impiedad que, tal vez no tiene ejemplo..., para ellos no queda más arbitrio que la severidad y el suplicio. Los delitos de que están cubiertos los han puesto fuera de la ley social y el bien común clama por su exterminio. El excesivo odio que los sectarios han manifestado siempre al Tribunal de la Inquisición y su empeño en desacreditarle son indicios que pantetizan lo mucho que estorba a sus planes la existencia del Tribunal de la Fe; por eso cree el Ayuntamiento que sería necesario su restablecimiento".

Mas a pesar de todo, la Inquisición no fue restablecida. En un libro lúcido, documentado y sereno, Alonso Tejada ha estudiado con precisión la serie de contrapuestas presiones ejercidas sobre Fernando VII en torno a la restauración del Tribunal. Maestro en el arte de la política menor, el rey consiguió coronar su propósito negativo. Subestimar las fuerzas que apoyaron su deseo -en primer término, la diplomacia francesa y hasta la misma pontificia- sería tan desacertado como infravalorar las opuestas. Una de las muchas corrientes que convergieron en el nacimiento del carlismo tuvo su origen en la defraudación que la postura religiosa del soberano produjo en los ambientes más ultras.

El vacío provocado por la ausencia de la Inquisición fue pronto rellenado en algunas diócesis, ocupadas por prelados enragés. Organismos titulados comúnmente Juntas de Fe vinieron a sustituir y desempeñar las más importantes funciones del desaparecido Santo Oficio. A una de ellas, la valenciana, le cupo la triste singularidad de haber ordenado la muerte del bueno y atrabilario maestro de escuela Cayetano Ripoll, última persona ejecutada en nuestro bronco país por "hereje, pertinaz y acabado". La noticia de haberse cumplido la sentencia -agosto de 1826- anduvo apresuradamente las tierras de la Europa occidental.

Tal suceso reforzaba la posición moral de los miles de españoles que, por su fe en la libertad, recorrieron los caminos del exilio en los inicios de la segunda restauración fernandina, y evidenciaba la exactitud de sus críticas a un régimen que envolvía a su nación "en las tinieblas del despotismo y el terror". África comenzaba aún en los Pirineos. Y España seguía siendo la tierra de la intolerancia, alumbrada por las hogueras inquisitoriales.

En este contexto, la reacción de las minorías dirigentes" occidentales -particularmente de las francesas e inglesas- fue de abierta y total repulsa ante la muerte de Ripoll. Aunque en ambos países se encontraban en el poder gabinetes conservadores partidarios del afianzamiento de Fernando VII en un clima de moderantismo, el control de la prensa más influyente por los círculos liberales les acrecentó en los cuadros de aquellas naciones su sentimiento de hostilidad hacia la monarquía hispánica, frustrando cualquier intento de atenuar la trascendencia del acontecimiento que pudieran albergar los gabinetes de Canning o Villele.

Espontáneo o calculado el repudio de Fernando VII fue también vivo, arraigándole dicha condena en su idea del desfase histórico de cualquier ventural restablecimiento de la Inquisición y la necesidad perentoria de suprimir de cuajo las Juntas de Fe, surgidas como sucedáneo del Santo Oficio al socaire de la exaltación monárquico-religiosa que siguió de la segunda experiencia constitucional y de la fragmentación del poder que la acompañó.

Fuente: "Las últimas hogueras" (apartado titulado "Las Juntas de Fe, un sucedáneo"), de Manuel Cuenca Toribio, artículo publicado Historia 16. Nº Extra de diciembre de 1976.