LO QUE SABEMOS DE JESÚS DE NAZARETH

Según afirma Stephen Hodge en su obra Los manuscritos del Mar Muerto "debemos señalar que el estudio más reciente y exhaustivo sobre los evangelios llevado a cabo por los 200 eruditos bíblicos que escribieron la llamada edición erudita de los Evangelios de 1993 no pudo considerar como auténtico más del 20 por 100 de las palabras que se atribuían a Yeshua. Es decir, una gran parte de la literatura de los Evangelios contiene textos (...) que fueron creados por razones doctrinales posteriores y que fueron atribuidos a Yeshua para poder imponer esas nuevas ideas en los primeros tiempos de la Iglesia". Un análisis crítico de las fuentes de que disponemos para conocer al verdadero Jesús de Nazareth reduce el personaje a un oscuro profeta que contó una serie de relatos, predicó una doctrina de raíz mosaica pero crítica con sus orígenes, fue ejecutado en circunstancias difíciles de esclarecer y sus escasos seguidores se dedicaron a propagar casi de inmediato la nueva fe. Algunos historiadores han llegado a negar la existencia real de Jesús; otros han afirmado que se Puede reconstruir la historia del cristianismo prescindiendo totalmente de su figura. La primera tesis es improbable; la segunda no carece, como ya veremos, de una buena dosis de razón.

Hasta donde conocemos el pensamiento del profeta galileo podemos afirmar que su mesianismo era tan firme como el de la mayoría de los judíos de la época. Jesús dice en el evangelio de Marcos que "el reino está al alcance de la mano" y que "el tiempo se ha cumplido". No es de extrañar que sus primeros seguidores consideraran, durante años, completamente banal preocuparse por las cosas de este mundo, condenado por la inminencia del fin de los tiempos. Una de las característica singulares del cristianismo original parece que fue la predicación de un amor al prójimo sin límites "amad a vuestros enemigos y rogad por quienes os persiguen para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en los cielos y que hace salir el sol sobre los malos y los buenos y llover sobre
justos y pecadores". Esta ética absoluta de la entrega altruista preparaba a los individuos para el fin de los días ya que este tipo de autonegación no es viable de forma permanente en ninguna sociedad históricamente conocida. Como decía Nietzsche "Es inhumano bendecir cuando nos han maldecido". Quizás lo más lógico sería predicar contra el odio y la persecución.

Nuestras fuentes de información básicas son los cuatro evangelios. Sus orígenes son discutidos y complejos. Su fiabilidad, escasa. Al principio la vida de Jesús se recogió en una tradición oral. No hacía falta escribir nada porque la vuelta de Jesús, el fin del mundo, estaba próximo. Cuando este fin de los tiempos empezó a retrasarse los cristianos creyeron conveniente poner por escrito los testimonios y recuerdos existentes sobre Jesús. Su vida quedó reflejada en los evangelios que seguramente no fueron redactados por sus supuestos autores sino que debieron responder a una autoría colectiva que después se atribuía a una determinada persona por su destacado relieve dentro de la comunidad. Parece que el primer evangelio fue el atribuido a Marcos. Algunas comunidades cristianas debieron considerar insatisfactorio el relato y de ahí surgieron otros dos atribuidos a Mateo y Lucas y después otros muchos. El evangelio de San Juan, el último de los canónicos, es decir, de los aceptados como auténticos por la Iglesia de finales del Imperio Romano, es un texto singular en el que se adivinan ya múltiples influencias filosóficas y importantes manipulaciones. En el fondo los evangelios fueron una versión escrita de lo que creían las primeras generaciones de cristianos y también de aquello que, debido a las circunstancias históricas, les convenía decir. Cuando se produjo la ruptura definitiva con el judaísmo y el cristianismo quiso abrirse al mundo romano y conquistarlo, era evidente que los evangelios tenían que evitar en lo posible los enfrentamientos con las autoridades imperiales. El "dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios" era un buen camino. De la misma manera los eruditos han demostrado que en el proceso contra Jesús nunca hubo un juicio ante el Sanedrín, que los pasajes evangélicos que lo describen no se ajustan a lo que sabemos por otras fuentes sobre los procedimientos judiciales de la época y que por tanto el episodio es pura ficción que busca exculpar a Pilatos de buena parte de la culpa y cargarla sobre las espaldas de los judíos. Es probable que Jesús fuese condenado por los romanos, acusado de agitación política o por algún otro cargo que se nos escapa. A Pilatos no le gustaban los agitadores y quizás creyó que Jesús era un zelota. Los romanos no debían estar muy al corriente de las sutilezas teológicas de la religión judía.

La otra gran fuente para conocer la doctrina de Jesús de Nazareth son los escritos de Pablo de Tarso, un judío ortodoxo que inició su vida religiosa persiguiendo a los cristianos pero que acabó convirtiéndose no sólo en uno de ellos sino en el más significativo e influyente de todos. Se ha dicho exageradamente que Pablo fue el "inventor" del cristianismo. No fue así pero su redefinición de la doctrina, cuyo núcleo duro anterior en buena medida desconocemos, fue decisiva para facilitar su expansión fuera del cerrado mundo del judaísmo. Pablo era un fariseo de la diáspora que tenía conocimientos de platonismo y estoicismo. Los judíos hacía mucho tiempo que emigraban fuera de Israel y estaban instalados en diversas partes del Mediterráneo, ahora todo él bajo dominación romana. Estos judíos tuvieron que luchar denodadamente para mantener su religión y sus formas de vida en un contexto no siempre tolerante. El antisemitismo era ya una realidad sólida en los primeros tiempos del Imperio. Corrían sobre ellos leyendas repugnantes que se consolidarán como verdades evidentes con el paso de los siglos. Entre estas leyendas destacaba la idea de que practicaban muertes rituales de extranjeros, debidamente cebados, de los que se comían las entrañas Eran tópicos corrientes que los judíos olían mal y odiaban al género humano y se les atribuían toda clase de maldades: eran astutos, hábiles,
serviles, lúbricos... De todos estos inventos el peor quizás fuese hacerlos descender de una colonia de leprosos que fueron expulsados de Egipto dirigidos por un sacerdote renegado egipcio, contrafigura de Moisés. Esta enfermedad explicaría el carácter de su religión: la prohibición de casarse con gentes de otros pueblos y de comer carne de cerdo, por ejemplo. Algunos escritores griegos y romanos ayudaron a fomentar este naciente antisemitismo acusando a los judíos de infanticidas, caníbales y de ser una raza maldita.

Pablo de Tarso elaboró una doctrina que permitía al cristianismo emanciparse de cualquier tutela del judaísmo y diferenciarse claramente de él. Rechazó de plano la idea de que Jesús era el Mesías de Israel que retornaría pronto para liberar a su pueblo. Un Mesías político y militar judío no significaba nada a ojos de griegos y romanos. Cristo se transformaba ahora en Salvador de la humanidad y había muerto para expiar sus pecados. Por tanto el nuevo pacto era con todo el género humano y ponía punto y final al acuerdo entre Yahvé y el pueblo de Israel que dejaba de ser el pueblo elegido. Esto permitía a Pablo eludir ciertas prácticas religiosas como la circuncisión y los extraños hábitos culinarios de los hebreos que eran mal comprendidos y soportados por los no judíos. La doctrina de Jesús de Nazareth quedaba lista para consumo de gentiles. Muchos judíos de la diáspora estaban molestos con algunas prácticas de su religión y deseaban abandonarlas sin tener que renunciar al núcleo esencial de su doctrina, el monoteísmo ético. También para los gentiles sería más fácil la aproximación a las nuevas ideas, aligeradas de comportamientos considerados extravagantes. El cristianismo paulino era una oferta religiosa inteligente con muchos potenciales consumidores.

El rechazo de San Pablo al judaísmo no fue total. Los cristianos aceptaron como libro sagrado el Pentateuco, los libros de los profetas y otros escritos menores así como múltiples aspectos litúrgicos himnos, salmos, música, incienso... . Y especialmente se mantuvo la idea de la Segunda Venida. Pablo creyó siempre que el Juicio Final estaba próximo "Este mundo que contemplarnos está para acabar" y trabajó activamente para prepararlo por lo que se esforzó en llevar la buena nueva hasta los confines del Imperio.

Para defender sus ideas Pablo tuvo que enfrentarse a la "vieja guardia" cristiana que vivía en Jerusalén y que seguramente se mantenía más fiel a lo que pudo haber sido el mensaje original de Jesús. Pablo, hombre de mundo y buena formación cultural, se había dado cuenta de que el mantenimiento de la doctrina cristiana como un "asunto de judíos" le cerraba el paso a toda expansión en el mundo de los gentiles que no podían entender el lenguaje de la vieja religión ni tampoco identificarse con su provincianismo. En Jerusalén la dirección de la nueva iglesia parece que estaba en manos de una especie de triunvirato formado por Santiago, Pedro y Juan. Los seguidores de la secta empezaban a ser numerosos lo que obligó a los apóstoles a nombrar diáconos que les ayudasen a administrar los aspectos materiales del nuevo culto. La identificación de esta iglesia con los valores mosaicos era casi absoluta y por tanto el choque con Pablo estaba garantizado. Este último se encontraba en situación de inferioridad porque nunca había conocido personalmente a Jesús y los apóstoles, sus antagonistas, sí. En el llamado concilio de Jerusalén el nuevo evangelio paulino fue desautorizado pues los paleocristianos se aferraban aun a la idea de Israel como pueblo elegido. La ruptura fue total. Pero la fortuna ayuda a los audaces y la revuelta antirromana del año 66 fue una auténtica tabla de salvación para el paulismo. La Iglesia de Jerusalén fue destruida como todo el resto del país durante el conflicto. Los judeocristianos no debían mantener actitudes políticas muy diferentes a las de los zelotas y su destino fue el mismo. El evangelio de San Pablo fue rescatado y se convirtió en la fuente de ortodoxia para los próximos dos mil años. No hace falta insistir en que la guerra judía acabó de deteriorar la imagen que de los judíos se tenía en todo el imperio. A partir de ese momento alejarse de las doctrinas
tradicionales y marcar diferencias se volvía una exigencia política ineludible si se quería vivir sin problemas. El evangelio de Marcos, redactado por estas fechas, refleja muy bien la nueva realidad: en el juicio contra Jesús, Pilatos está convencido de su inocencia e intenta salvarlo pero la insistencia criminal de los judíos le fuerzan a tomar una decisión que le repugna. La tesis básica de Marcos es que Jesús, aunque judío de sangre, no fue de hecho nunca uno de ellos y repudió implícitamente cualquier fraternidad, doctrinal o racial, con aquellas gentes. Para culminar este discurso político Marcos pone en boca del centurión romano que está al pié de la cruz estas significativas palabras: "verdaderamente este hombre era hijo de Dios".

La redefinición del cristianismo por parte de San Pablo supone la aportación de un arsenal de nuevas ideas. En primer lugar el mundo material es radicalmente malo y está bajo el control de los demonios. El hombre sólo puede salvarse si consigue que el espíritu se imponga a la carne. En esta dualidad carne-espíritu ni mucho menos nueva en la historia de¡ pensamiento la carne es siempre muerte y el espíritu paz y vida. Por tanto la carne y el pecado son los mismo y el mundo material es básicamente "carne": hechicería, idolatría, fornicación, odios, homicidios... En segundo lugar el discurso social de Pablo es altamente conservador. En una sociedad esclavista como aquella el apóstol insiste en la inamovilidad del orden social. El mensaje de Cristo no es revolucionario ni antiesclavista: "que los esclavos estén sujetos a sus amos, complaciéndoles en todo y no contradiciéndoles ni defraudándoles en nada". En el terreno de la relación con el Estado su actitud es también totalmente servil: "quién resiste a la autoridad resiste a la disposición de Dios". En última instancia sufrir en este mundo no es una desgracia sino el camino para hallar la felicidad en el otro. La Segunda Venida está próxima y hay que prepararse para este gran acontecimiento recordando las palabras de Cristo: "Si mi reino fuera de este mundo mis servidores combatirían para que yo no fuese entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí".

Pablo se dedicó a una intensa labor misionera por las provincias orientales de Asia Menor ampliando progresivamente su ámbito de actuación. Su táctica era ir a predicar a las sinagogas, los templos de los judíos de la diáspora, y también entre los gentiles. En cuanto era posible organizaba una célula cristiana. Tenía la ciudadanía romana y según la tradición fue decapitado en Roma hacia el año 64.

Fragmento del libro ELOGIO DEL ATEÍSMO Y OTRAS DIABLURAS de Gabriel García Voltâ.