LUTERO

Convertido en monje por una promesa que hizo a santa Ana en medio de una tormenta, Lutero vivió en un mar de dudas teológicas hasta que el comercio de indulgencias le llevó a exponer sus 95 tesis, con las que cuestionaba toda la estructura eclesial.

Todavía se percibe la excitación en la voz del hombre que informa a su amigo Georg Spalatin de lo sucedido esa mañana en Wittenberg: En el año 1520, el 10 de diciembre, a las nueve, han sido quemados en Wittenberg, en la puerta de Elster, en Heiligkreuz, todos los libros del Papa: el decreto [...] y la bula más reciente de León X [...] y diversos escritos más han sido pasto de las llamas, a fin de que los incendiarios papistas comprueben lo poco que cuesta quemar los libros que ellos no son capaces de refutar. Esto debería constituir todo un símbolo para sus superiores.

¿Deseaba el autor de estas líneas únicamente negar la autoridad del Papa en una cuestión teológíca, o pretendía sustituir la vieja Iglesia por una nueva? ¿Cómo se convirtió el fiel monje católico en el reformador amotinado? Lutero entró en conflicto con su Iglesia a partir de su propia evolución interna.

Nacido en Eisleben el 10 de noviembre de 1483, era hijo del minero Hans Luther. Tras asistir a la escuela latina de Mansfeld, estudió en la escuela de los Hermanos de la Vida Común de Magdeburgo y, posteriormente, en la escuela parroquial de Eisenach. En 1501 marchó a Erfurt, en cuya universidad inició los estudios de humanidades. Allí conoció la filosofía de Guillermo de Ockham. Las fuerzas naturales del ser humano no bastaban para observar los mandamientos divinos y ganarse el cielo; por otra parte, los dogmas no se podían demostrar a la luz de la razón. Los suyos eran pensamientos llenos de contradicciones, que por fuerza debían desembocar en la parcialidad. A pesar de que su padre le había obligado a estudiar leyes, Lutero interrumpió dichos estudios a consecuencia de la promesa hecha durante una fuerte tormenta en Stotternheim, que le llevó a ingresar finalmente en el Convento Negro de los agustinos ermitaños de Erfurt. Tras los votos definitivos de fraile, fue ordenado e inició los estudios de teología. En el invierno de 1508 lo envíaron al convento de los agustinos de Wittenberg para dar un curso. En 1510 viajó a Roma representando a su orden, y desde 1512 fue profesor de Hermenéutica Bíblica en Wittenberg. Al mismo tiempo fue nombrado predicador de la iglesia municipal en sustitución del cura párroco de la ciudad, que estaba enfermo. Externamente parecía abocado a desarrollar, sin traumas ni rupturas, una respetada carrera profesional.

La gran revelación

La intimidad de Lutero se caracterizaba por la alegría, pero también por intensas meditaciones sobre cuestiones religiosas. Él no se situaba ante su Dios con la actitud alegre y relajada de Francisco de Asís; su desasosiego le hacia ver más al Dios castigador, encolerizado y celoso de la justicia. ¿Se reflejaban en él la angustia y los oscuros temores de la Edad Media, la misión expiatoria que se había autoimpuesto, la severidad que se lo exige todo? ¿Cómo puedo lograr mi salvación? ¿Cómo obtendré la clemencia de Dios? ¿Se podía alcanzar la misericordia divina acumulando oraciones, indulgencias y peregrinaciones? A pesar de estas actividades, Lutero no conseguía el consuelo íntimo. Con su ingreso en la orden pensaba haberle ofrecido a Dios el mayor de los servicios a su alcance. Y, en efecto, se convirtió en una persona feliz, aunque, todo hay que decirlo, por un corto espacio de tiempo. En su mente cada vez se hacía más evidente que las personas no pueden aplacar a Dios únicamente mediante sus actos ("buenas obras"), y buscaba en las Sagradas Escrituras la respuesta al interrogante de si el hombre puede hacerse acreedor de la clemencia divina.

El mismo Lutero, en su relato autobiográfico de marzo de 1545, nos describe lo que sucedió durante el período de 1515 a 1517: Me dominaba el impulso irresistible de entender la carta de Pablo a los romanos. Hasta entonces no me lo había impedido, por ejemplo, él escaso fervor del corazón, sino una sola frase del capítulo 1: "La justicia de Dios se manifiesta en él (el Evangelio)", porque yo odiaba las palabras "justicia de Dios". Era consciente de que, pese a mi intachable vida de monje, a los ojos de Dios era un pecador con una conciencia muy inquieta, y de que no podía confiar en aplacar a Dios con mis obras de desagravio. Por eso no amaba a ese Dios justo que castiga a los pecadores, más bien lo odiaba. Hasta que, pensando día y noche, me fijé, gracias a la misericordia divina, en el contexto de las palabras. Entonces comencé a entender la justicia divina como algo con lo que el justo es obsequiado por Dios (con la justicia), concretamente gracias a la fe. Entonces comprendí lo que quería decir: el Evangelio revela la justicia divina mediante la cual el Dios misericordioso nos exculpa mediante la fe, según está escrito; el justo vive de la fe. Entonces me sentí completamente renacido y vi las puertas del cielo abiertas. Y desde entonces las Escrituras se me revelaron a otra luz".

Ese momento de iluminación religiosa en la torre del Monasterio Negro de Wittenberg es el nacimiento de la Reforma. Su posterior desarrollo conducirá a las siguientes conclusiones:

El ser humano está totalmente corrompido por el pecado original, Sólo Dios justifica al hombre.

El hombre no puede contribuir activamente a su justificación, depende por completo de la misericordia divina.

La voluntad de la persona está éticamente esclavizada y no es libre. Sólo Dios es eficaz.

El hombre no puede recorrer el camino hacia Dios, es Dios quien tiene que recorrer solo el camino hacia el hombre.

Justo en el momento en que Lutero se imbuyó de estos conocimientos liberadores, se iniciaron las controversias sobre las indulgencias y Lutero se vio obligado a tomar una postura. Como padre espiritual había conocido en el confesionario los efectos funestos de la predicación de las indulgencias. Sin embargo, la doctrina de la Iglesia había sido bien expuesta: la indulgencia es perdón de los pecados, no de la culpa. No obstante, las prácticas de aquella época eran una simplificación de la doctrina de la Iglesia. En ello jugaba sin duda un papel decisivo la antigua interpretación germánica de la "redención de los pecados". Además, en Turingia las indulgencias estaban vinculadas al impuesto económico del arzobispo de Maguncia. Los desacuerdos eran grandes. Lutero escribió al respecto: No me conmueve tanto la estruendosa algarabía del predicador de indulgencias, que no he escuchado, como la falsa interpretación que saca de ello el pueblo ingenuo, pobre, tosco. Creen que al comprar indulgencias garantizan con absoluta certeza su bienaventuranza.

Contra esta dudosa predicación de las indulgencias se enfrentó Lutero el 31 de octubre de 1517, remitiendo 95 tesis a los obispos de Magdeburgo, Maguncia, Brandeburgo y a sus amigos. Lutero buscaba el diálogo, no la polémica. Sin embargo, cuando sus tesis -impresas sin su conocimiento- salieron a la luz pública, encendieron los ánimos, ya caldeados desde el punto de vista político y religioso. Las tesis no se habrían convertido en el comienzo de la Reforma si alguno de los numerosos y anteriores intentos de reforma hubiera tenido éxito.

En junio de 1518 se inauguró en Roma el proceso por herejía contra Lutero, remitiéndose a frases equívocas de sus tesis. Su príncipe elector, Federico el Sabio de Sajonia, consiguió que fuera oído en octubre en la Dieta de Augsburgo, en la que rehusó retractarse y huyó a escondidas de la ciudad, apelando al Papa y a un concilio general.

La disputa de Leipzig, entre Lutero y Johannes Eck en julio de 1519, había evidenciado que las tesis trascendían con mucho la crítica de las indulgencias. En ellas se cuestionaba toda la estructura eclesial. Lutero negaba que la primacía del Papa estuviera basada en la Escritura y afirmaba que también los concilios generales podían equivocarse. Acto seguido fue amenazado con la excomunión si no se retractaba de 41 de sus tesis en el plazo de 60 días. La polémica con Eck había sacado a la luz lo más esencial: la experiencia religiosa de Lutero, la base de su creencia, fundada completamente en la directa y subjetiva entrega a la confianza en Cristo, no dejaba espacio alguno para la mediación. Los sacramentos y la mayor parte de la vida religiosa contenían más bien elementos perturbadores que beneficiosos. La Iglesia visible, en cuanto institución, le parecía a Lutero obra del demonio, y el Papa un anticristo: Se ha colocado a sí mismo en el lugar de Cristo. Como reacción a la amenaza de excomunión Papal, Lutero atacó apasionadamente al Pontificado y a la Iglesia de su época. En sus escritos ya no llamaba a la reforma y a la regeneración, sino a la lucha: A la nobleza de la nación alemana sobre la mejora del estamento cristiano, Sobre el cautiverio de Babilonia en la Iglesia, Sobre la libertad de un cristiano.

Con su arrebatadora grandilocuencia, Lutero había tocado los puntos débiles cuya necesidad de reforma se reconocía hacía tiempo; en sus ataques contra Roma, Lutero se encontró con la muy extendida oposición nacionalista y humanista contra Roma. Ciertamente, la mayoría de sus contemporáneos todavía no eran conscientes de que su programa de reforma se basaba en una nueva teología. Ya no se trataba de una reforma (dentro de la Iglesia), sino de la Reforma (fuera y contra la Iglesia). Lutero concretó la ruptura cuando el 10 de diciembre de 1520 quemó la bula del Papa junto con libros de derecho canónico. El 3 de enero de 1521 León X proclamó solemnemente su excomunión. La ruptura se había consumado.

Una nueva teología.

Según el derecho entonces vigente, debía seguir la proscripción del imperio. Presionado por los Estados imperiales, el emperador Carlos V, que contaba entonces veintiún años, convocó la Dieta de Worms. Lutero acudió protegido por una escolta imperial, pero rechazó retractarse en su segunda declaración. El emperador, entonces, lo declaró proscrito y prohibió sus enseñanzas. Sin embargo, el Edicto de Worms nunca llegó a ejecutarse.

Retirado y protegido de la gente bajo la identidad falsa de Jörg el Hidalgo, Lutero tradujo en la fortaleza de Wartburg el Nuevo Testamento; la fuerza expresiva de esta traducción superó a todas las precedentes. Mientras tanto sus partidarios, sobre todo Karlstadt, extrajeron de sus tesis consecuencias radicales: suprimieron la misa y la confesión, dividieron la comunión bajo las dos formas (pan y vino), se opusieron a las imágenes, declararon la libre interpretación de la Sagrada Escritura, consideraron el bautizo de los niños obra del demonio y exigieron el bautizo de los adultos (anabaptismo). La reacción de Lutero a los "exaltados" y más tarde, durante la sublevación campesina, fue de extrema crudeza: pidió ayuda a los príncipes. Algunas de sus duras palabras debieron de estar dictadas por el temor a la anarquía.

Aunque Lutero no era el líder formal del nuevo movimiento, sus palabras y su ejemplo lo convirtieron en el corazón de la nueva doctrina. La desconocida Universidad de Wittenberg se convirtió en el centro del luteranismo. En 1525 Lutero se casó con la monja cisterciense Katharina von Bora. Hacía mucho que había cuestionado la santidad del voto de castidad, y ahora extrajo las oportunas consecuencias. Ese mismo año comenzó la "Reforma de los príncipes". La evolución de las numerosas dietas imperiales y las incipientes alianzas de los príncipes pusieron de manifiesto que la anexión de los bienes de la Iglesia y de regiones enteras tenía absoluta prioridad sobre los intereses religiosos; alzarse con el derecho de inspección y control de los bienes de la Iglesia convertía a los príncipes en algo parecido a "obispos provisionales". A partir de 1529, los Estados del imperio convertidos a la nueva fe se llamaron "protestantes" porque instaban a una coalición contra el emperador.

Entretanto habían estallado diferencias teológicas: Lutero y Zwinglio no habían llegado a un acuerdo en la cuestión de la comunión. Mientras que Lutero se aferraba a la presencia real de Cristo, Zwinglio sólo la consideraba simbólica.

Las dos Iglesias

Hay dos rasgos en Lutero característicos de la época posterior Por un lado, sabía explicar su doctrina al pueblo gracias a su lenguaje. Sus catecismos y sus cánticos hablaban directamente a la gente. Por otro, su actitud hacia la vieja Iglesia se endureció. Cuando en la Dieta de Augsburgo de 1530 se iban a discutir pacíficamente las divergencias religiosas y las reformas, Melanchton, el amigo de Lutero, había aclarado en la Confessio Augustana que había que llegar a un acuerdo a cualquier precio, extremando el espíritu de compromiso y reduciendo al mínimo las propias pretensiones. Lutero, al estar excomulgado, no podía participar en la Dieta y observó su transcurso desde la fortaleza de Coburg. El comportamiento de Melanchton provocó su reprobación más enérgica: No tengo la menor intención de negociar sobre la unidad doctrinal, pues ésta es imposible si el Papa se niega a concluir su pontificado.

Cuando el 18 de febrero de 1546 Lutero murió en su ciudad natal de Eisleben, la unidad de la Iglesia ya se había roto. La eclosión de la conciencia acabó por convertirse en competencia de los príncipes y de sus consejeros jurídicos; las comunidades con la nueva doctrina se habían convertido en una Iglesia de la nueva doctrina. La exigencia de reforma de Lutero estaba justificada. Hay coincidencia al respecto entre las religiones. Pero, ¿justifica la reforma una sublevación contra la Iglesia? Toda la obra de Martín Lutero depende de esta pregunta.

Murió al poco de iniciarse el Concilio de Trento. Lo último que escribió fue: A Virgilio... nadie puede entenderlo, a no ser que haya sido durante cinco años pastor o agricultor. A Cicerón en sus cartas nadie lo entiende, a no ser que haya pasado veinte años intensamente dedicado a los asuntos de un gran Estado. A nadie le es lícito pensar que ha saboreado lo bastante la Sagrada Escritura, a no ser que haya gobernado la Iglesia cien años con los profetas. Por eso Juan el Bautista, Cristo y los apóstoles son un milagro excesivo... Nosotros somos mendigos, ésa es la verdad.