SOBRE LA QUEMA DE IGLESIAS EN 1931.

El 14 de abril de 1931, se instaura la República y se forma un gobierno provisional al tiempo que el rey, odiado por la mayoría de los españoles, tomaba las de Villadiego en el puerto de Cartagena, sin que ningún republicano le molestara ni cuestionara su huida. El pueblo, entusiasmado, salía a la calle y entonaba La Marsellesa o el himno de Riego. El odio a la monarquía se plasmó en destruir alguna estatua, en concreto una de Isabel II en Madrid. Se puede afirmar que el día transcurrió sin graves incidentes. La alegría de la gente duró unos cuantos días más y el Rey, desde su exilio, reconoció que el nuevo régimen había llegado por voluntad popular y aconsejó a sus seguidores que la acataran.

A diferencia de casi todos los países del mundo, el Vaticano no reconoció inicialmente la República. Los obispos aconsejaron obediencia a las autoridades establecidas, pero al mismo tiempo justificaron que no se las reconociera, alegando que el gobierno se llamaba a sí mismo "provisional" y que el rey se había marchado sin abdicar. La actitud de la Iglesia, defendiendo al rey en aquellos momentos de odio a la monarquía y exaltación republicana, fue clara y conscientemente provocativa. Además, supuso dar el primer paso contra el nuevo régimen: hasta entonces nadie había molestado a la Iglesia. Lo que hizo, pues, fue dar el primer golpe.

A partir de entonces la gente, que parecía haberlo olvidado, volvió a recordar que el catolicismo y la odiada monarquía eran uña y carne. Tan es así, que los primeros días de mayo de 1931, en la prensa católica se produjo un rifirrafe entre los partidarios de la república y los que identificaban Iglesia y monarquía. "El Debate", diario católico, contribuía a echar leña al fuego de la polémica recordando a los republicanos la eternidad de la Iglesia frente a lo efímero de los gobiernos. Al ABC, mucho más vehemente, le pareció que El Debate no actuaba con la debida contundencia y lo acusó de cobardía y contemporización, afirmando sin rodeos que la monarquía era el único régimen que podía garantizar una sociedad organizada bajo los principios del catolicismo. Como se ve, no faltaron desde el primer momento las provocaciones monárquico-católicas.

Conviene recordar que hasta entonces no se había producido ni un solo acto contra la Iglesia. Nadie había agredido a ningún cura ni incendiado ningún convento. Con su actitud, la Iglesia estaba rociando de gasolina los templos y conventos, de modo que una sola chispa bastaría para que ardieran.

El 6 de mayo el gobierno decretó que los niños cuyos padres lo solicitaran, recibirían clases de religión, pero la asignatura no sería obligatoria. La Iglesia consideró una provocación inaceptable que su dogma no fuese obligatorio en las escuelas (¿no os recuerda esto a los rebuznos de la actual Conferencia Episcopal?).

Lo que tenía que llegar, llegó. La llama que encendió la hoguera la provocó el Primado de España, cardenal Segura, con una carta pastoral que publicó el 7 de mayo. Era una pastoral realmente incendiaria. En ella se refería a las graves amenazas de anarquía que amenazaban a España. En el colmo de la iniquidad, la Iglesia, que estaba sembrando la discordia, se quejaba de que germinase. Añdía la pastoral un agradecimiento al monarca huido por haber consagrado España al Sagrado Corazón de Jesús y por haber salvaguardado la tradición. Exhortaba a las mujeres de España a organizar una cruzada de oraciones y sacrificios para defender la Iglesia de los muchos ataques que estaba padeciendo (naturalmente no especificaba cuáles: no existían). Pero lo más grave fue que en la pastoral insinuaba la conveniencia de derrocar al gobierno mediante la lucha armada, recordando que la población católica de Baviera expulsó por la fuerza al gobierno bolchevique en 1919. Con ello estaba haciendo análoga las situaciones políticas de España y Baviera y equiparando al gobierno provisional republicano con el bolchevique bávaro. Aseguraba que la pretensión de separar la Iglesia y el Estado y la intención del gobierno de reconocer el matrimonio civil y el divorcio, eran gravísimos ataques contra la Iglesia.

Con los ánimos ya caldeados, a la provocación clerical se unió la monárquica con la inauguración de su sede en la calle de Alcalá de Madrid, en cuyos balcones colocaron unos potentes altavoces que repetían arengas e himnos monárquicos. La gente se fue agrupando, irritada frente a la sede y un señorito monárquico disparó contra la multitud y mató a uno de los manifestante. Esta muerte, junto a la actitud de la Iglesia fueron el desencadenante de una oleada de indignación que acabó con la quema de iglesias y conventos.

Sobre esto se han dicho muchas mentiras. En primer lugar, que la actitud del gobierno fue de pasividad por estar en connivencia con los incendiarios. Si tenemos en cuenta que el ministro de la Gobernación era Maura, conservador y de acendrado catolicismo, tal acusación cae por su propio peso. Lo que pasó es que la situación desbordó al gobierno, que creyó que si actuaba contundentemente echaría más leña al fuego. En segundo lugar, que los incendios fueron provocados por extremistas de izquierdas. Esto también es falso, porque nunca se ha sabido quienes fueron los autores materiales y no falta quien asegura que fueron elementos provocadores de derechas para desestabilizar al nuevo régimen. En cualquier caso, fueran quienes fueren, lo cierto es que la ciudadanía contempló pasivamente los hechos y si, como es de suponer, había muchos católicos entre el gentío, no hubo nadie que tratara de impedir tales acciones.

Al final, quien salió más beneficiado de estos incendios fue la propia Iglesia, que aprovechó la ocasión para arrimar el ascua a su sardina. Sabedora de que estos actos vandálicos habían causado una fuerte conmoción entre los católicos, metió presión a su aparato propagandístico, lo puso a trabajar a toda máquina y, aparte de las insidias contra el régimen republicano que lanzó desde los púlpitos, organizó multitud de actos de desagravio, entre los que caben destacar unas peregrinaciones a Oviedo para adorar al santo sudario. Además, anunció la sorprendente aparición de una oleada de milagros, que iban desde reliquias que habían resultado intactas a las llamas, hostias que sangraban al ser pisoteadas por los profanadores, o la muerte que le sobrevino a un "comunista" cuando iba a disparar contra un crucifijo.

Como veis, lo único que se sabe de cierto sobre la quema de iglesias y conventos es que se quemaron. Lo demás son conjeturas, generalmente interesadas, pero no pasan de ser eso: conjeturas.