LA ÚLTIMA VÍCTIMA DE LA INQUISICIÓN

El texto que sigue está extraído de la Historia de España, de Modesto Lafuente (tomo XIX, pág. 140 y ss.). Hay que hacer notar que el autor es coetáneo de los hechos que narra y de su lectura se deduce que le duelen particularmente porque era conservador y católico practicante, de manera que expone el caso obviando los detalles más escabrosos. Aun así, resulta espeluznante.

Insaciable también el clero en el repartimiento de preferencias y favores. no satisfecho con que se hubiesen distribuido las mitras, prebendas y beneficios más pingües y codiciados entre los eclesiásticos que más se distinguían por sus servicios o su adhesión a la causa del absolutismo; no contento con la señalada protección que seguía dispensándole el ministro de Gracia y Justicia Calomarde, ni con la real orden de 13 de marzo (1824), en que el rey volvía a encargar que las dignidades y prebendas vacantes se diesen a los que en los últimos tres años se habían señalado más por la fidelidad a su persona, todavía unos prelados pedían el restablecimiento de la Inquisición; otros, como los de Valencia, Tarragona y Orihuela, la restablecían de hecho en sus diócesis, aunque con el nombre, de Juntas de Fe, presididas por ellos, y nombrando individuos a los que habían sido inquisidores o secretarios del Santo Oficio. El obispo de León en una pastoral decía que las voces de paz y concordia, caridad y fraternidad, eran el arma con que los ateos de nuestros días querían establecer su cetro de hierro, y añadía: "No os olvidéis de lo que dice Isaías: que con los impíos no tengáis unión, ni aun en el sepulcro; y lo que encarga San Juan y San Pablo, modelos y apóstoles de la caridad, que ni comamos ni aun nos saludemos con los que no reciban la doctrina de nuestro Señor Jesucristo".

Señalóse entre otras por su rigor la Junta de la Fe de Valencia, igualmente que el arzobispo de la diócesis, y hubiera bastado a darles funesta celebridad el caso del maestro de primeras letras de Ruzafa don Cayetano Ripoll. Este desgraciado, a quien todos los que le conocieron suponen un hombre caritativo, sobrio, y dotado de otras excelentes prendas, había tenido la desgracia de imbuirse en la lectura de ciertos filósofos materialistas del pasado siglo, y cometido la imprudencia de mostrar cierto desdén y desvío de las devociones y prácticas religiosas a la vista y por no buen ejemplo de los mismos niños de su escuela, y de proferir en conversaciones particulares expresiones y máximas no propias de un buen católico, si bien se asegura que ni daba escándalo público, ni sembraba, ni enseñaba a otros sus errores. Mas no era necesario tanto en aquellos tiempos, y más habiendo sido miliciano nacional de Valencia. Denunciado a la Junta de la Fe, al parecer por una mujer, se le formó causa, y se le hizo la acusación de que no oía misa en los días festivos, de que en materia de doctrina cristiana sólo enseñaba a los niños los mandamientos de la ley de Dios, y de que cuando pasaba el Santo Viático no salía a la puerta de la escuela a tributarle veneración, sin embargo de que los muchachos lo hacían. Se procedió al examen de trece testigos, de cuyas declaraciones no se dio conocimiento al encausado, y ordenóse su arresto y el embargo de sus bienes (29 de setiembre, 1824).

La causa corrió varios y no nada breves ni ligeros trámites. De toda la documentación que sobre ella hemos visto resulta principalmente, que conforme al dictamen fiscal se le destinó un teólogo que le instruyera en los misterios y dogmas de la religión, el cual informó "que las fuerzas intelectuales de Ripoll eran muy débiles, que era muy apegado a su propio dictamen, y que su ignorancia en materias religiosas iba acompañada de una gran soberbia de entendimiento, con lo que dando por completo el sumario, acusóle el fiscal de que tácitamente confesaba los cargos, dando a entender "que le constituía contumaz y hereje formal que abraza toda especie de herejía". Con esto el tribunal de la Fe dijo: "que no ha cesado de practicar las más vivas diligencias para persuadir a Cayetano Ripoll la contumacia de sus errores por medio de eclesiásticos doctos y de probidad, celosos de la salvación de su alma; y viendo su terquedad y contumacia en ellos, ha consultado con la Junta de la Fe, y ha sido de parecer que sea relajado don Cayetano Ripoll, como hereje formal y contumaz, a la justicia ordinaria, para que sea juzgado según las leyes como haya lugar, cuyo parecer ha sido confirmado por el excelentísimo e ilustrísimo señor Arzobispo". Así se mandó en auto de 30 de marzo de 1826. La sala del Crimen de la Audiencia por su parte falló, "que debe condenar a Cayetano Ripoll en la pena de horca, y en la de ser quemado corno hereje pertinaz y acabado, y en la confiscación de todos los bienes; que la quema podrá figurarse pintando varias llamas en un cubo, que podrá colocarse por manos del ejecutor bajo del patíbulo ínterin permanezca en él el cuerpo del reo, y colocarlo después de sofocado en el mismo, conduciéndose de este modo y enterrándose en lugar profano; y por cuanto se halla fuera de la comunión de la Iglesia católica, no es necesario se le den los tres días de preparación acostumbrados, sino bastará se ejecute dentro de las veinticuatro horas, y menos los auxilios religiosos y demás diligencias que se acostumbran entre los cristianos".

Ni se le oyó de palabra ni por escrito, ni se le dio defensor, ni se le comunicó el estado de la causa hasta el momento terrible en que se le notificó la sentencia. Contrastaba tanto rigor con la resignación que al decir de todos mostró antes y después en la cárcel el desgraciado, no exhalando una sola queja, ni lamentándose siquiera de su suerte. Para conducirle al patíbulo, se cubrieron o se quitaron las imágenes y las cruces de los retablos que había en la carrera Sólo al atarle con excesiva fuerza las muñecas el ejecutor de la justicia se quejó exclamando: "Por Dios, hermano, no tan fuerte:" lo que le valió una brusca respuesta del verdugo. Al fin expiró en el cadalso aquel infeliz diciendo: "Muero reconciliado con Dios y con los hombres" (31 de julio, 1826). Dícese que al dar cuenta al gobierno de esta ejecución preguntó el ministro qué tribunal era la Junta de la Fe de Valencia no estando autorizado por orden alguna del rey. ¡Ignorancia bien extraña, si ignorancia era! En Francia llenaron de maldiciones a los que así restablecían en España los autos inquisitoriales: la imprenta inglesa los denunció al mundo con indignación, y se escandalizó la Europa entera. Nosotros nos hemos detenido algo en la relación de este suceso, siquiera por la razón consoladora de haber sido el último sangriento testimonio de la intolerancia religiosa en España, y el, postrer auto de fe del presente siglo.

Los restos de Cayetano Ripoll reposan en un cementerio cercano al Barranc de Carraixet, al norte de Valencia.