LA CAZA DE ERASMISTAS

He aquí, en efecto, que, bajo la autoridad de un Inquisidor general erasmizante, un antiguo colaborador de Cisneros en la empresa de la Biblia Políglota de Alcalá, secretario del entonces arzobispo de Toledo, Alfonso de Fonseca (otro protector del erasmismo), llegaba a ser víctima de delaciones de muy desigual calidad intelectual, las más emanadas de personas obsesionadas por el peligro luterano y que, como el imaginativo sacerdote Diego Hernández, denunciaban a varias docenas de sospechosos, supuestos militantes de una Cohors sive factio lutheranorum cuyo caudillo era Tovar: los delitos de Vergara eran conversaciones imprudentes en que el humanista defendía la ortodoxia intachable de Erasmo.

¡Cuánta razón tenía el filósofo irenista Luis Vives de gemir, desde su islote de paz de Brujas, sobre estos "tiempos difíciles, en que "no se puede ni hablar ni callar sin peligro"! Lo decía Vives ante la desoladora coincidencia de los procesos españoles contra Vergara y Tovar con los montados en Inglaterra por la tiranía de Enrique VIII contra los católicos que, como Tomás Moro y Juan Fischer, se negaban a legitimar el divorcio del soberano. A éstos aludía lo de "callar", a aquellos lo de "hablar".

Es indudable que la tiranía de la Inquisición española estribaba -sin que valieran contra ella las más altas protecciones- en la terrible dinámica del edicto de la fe que intimaba a todos los fieles la obligación de delatar cualquier indicio de adhesión a cualquiera de las herejías mencionadas en el mismo edicto, y de la máquina procesal que permitía al fiscal fundar una inculpación en unas cuantas delaciones.

Así lo daba a entender otro testigo a distancia, el estudiante Rodrigo Manrique (hijo del Inquisidor general), en carta dirigida a su maestro Vives desde París, donde reinaban otras modalidades represivas, al enterarse de la persecución contra Vergara: "Cuando considero la distinción de su espíritu, su erudición superior y (lo que cuenta más) su conducta irreprochable... me cuesta mucho trabajo creer que se puede hacer algún mal a este hombre excelente. Pero, reconociendo en esto la intervención de calumniadores desvergonzadísirnos, tiemblo, sobre todo si ha caído en manos de individuos indignos e incultos que odian a los hombres de valor, que creen llevar a cabo una buena obra, una obra piadosa, haciendo desaparecer a los sabios por una sola palabra o por un chiste. Dices muy bien", sigue escribiendo R. Manrique a Vives, "nuestra patria es una tierra de envidia y soberbia, y puedes agregar, de barbarie".