VICTORIA DE LA INCULTURA

Aunque ninguno de los grandes humanistas perseguidos fue condenado al fuego, nadie puede encogerse de hombros diciendo que no llegó la sangre al río, o pensar que estas persecuciones apenas hicieron mella en la vida social e intelectual de España. Sigamos escuchando las reflexiones que resumía el estudiante Manrique para su maestro Vives, el gran desterrado, acerca del proceso de Juan de Vergara, contentándose con aludir al peso del sistema inquisitorial sin mencionarlo por su nombre. "En efecto, cada vez resulta más evidente que ya nadie podrá cultivar medianamente las buenas letras en España sin que al punto se descubra en él un cúmulo de herejias, de errores, de taras judaicas. De tal manera es esto que se ha impuesto silencio a los doctos, y a aquellos que corrían al llamado de la erudición, se les ha inspirado, como tú dices, un terror enorme. Pues ¿para qué te hago toda esta relación? El pariente de quien antes te hablaba me ha contado que en Alcalá donde él ha pasado varios años , se hacen esfuerzos por extirpar completamente el estudio del griego, cosa que muchos, por otra parte, se han propuesto hacer aquí en París. Quienes sean los que emprenden esa tarea en España, tomando el partido de la ignorancia, es cosa fácil de adivinar".

Es muy cierto que los "colegios trilingües", dondequiera que se fundaron Alcalá o Salamanca, Lovaina o París tropezaron con la hostilidad de los teólogos conservadores, que no sin razón veían en el humanismo crítico del estudio de las lenguas y de la nueva filología bíblica un peligro para el dogmatismo tradicional.

En París, en 1534, corrían peligro las cátedras de lenguas de los lectores regios, núcleo del futuro Colegio Real, hoy Colegio de Francia. Pero poco después amparaba el rey otra vez a sus lectores. Y a través de peripecias, con altibajos, en Francia y otros países occidentales, se dio un aprendizaje progresivo de los métodos críticos y de la tolerancia. Lo fatal, en España, fue la inexorable eficacia del sistema inquisitorial, organizado para suscitar delaciones en las que los más cerrados solían ser delatores de los más doctos y, abiertos a la novedad, y, a base de palabras imprudentes, promover procesos de los que surgían otras delaciones, base de otros procesos.