EL PROBLEMA JUDÍO. Por Antonio Domínguez Ortíz. Catedrático de Historia en el Instituto Beatriz Galindo, de Madrid.

I.- INTRODUCCIÓN.

Adoptamos este título en aras de la brevedad, aunque no sea rigurosamente exacto. La Inquisición no tenía potestad sobre los no bautizados, por lo tanto, tampoco sobre los judíos. Sus víctimas fueron los judíos que, después de bautizados, volvieron a la práctica de su antigua fe. Los nombres que se les han dado han sido muchos: judaizantes, criptojudíos, marranos, judeoconversos... No todos son equivalentes en sentido estricto; hay algunos matices que no vamos a detallar porque su sentido general es claro. Los hubo en toda Europa, pero sólo en la Península Ibérica formaron un grupo numeroso, una clase social definida. El fenómeno converso (en el que también se incluyen los musulmanes bautizados y sus descendientes) es típicamente hispano; si no forma el tema central de nuestra historia, por lo menos hay que admitir que es uno de sus episodios más relevantes.

La comunidad judía española fue importante por su número, y más aún por su significación social; en los siglos centrales de la Edad Media integraba una buena parte de la burguesía ciudadana; eran los judíos fieles servidores de los reyes, que los amparaban, y entre los que reclutaron a muchos de sus funcionarios; no pocos desempeñaron cargos de confianza en los palacios de los magnates como secretarios y administradores. Tanto en la España cristiana como en la islámica, brillaban los nombres de filósofos, poetas y hombres de ciencia judíos; en ciertas profesiones liberales, sobre todo en la medicina, ejercieron casi un monopolio. Pero no hay que pensar que todos eran ricos, sabios e influyentes; la mayoría eran modestos tenderos y artesanos que llevaban una laboriosa y oscura existencia.

El siglo XIV fue sombrío y desdichado en toda Europa; terribles epidemias, hambres, guerras y crisis económicas asolaron nuestro continente. Como siempre que van mal las cosas, la gente busca culpables; los judíos hicieron el papel de chivo expiatorio. En España, a una secular convivencia (nunca fácil, siempre acompañada de fricciones) siguió una etapa de franca persecución que culminó en 1391, año en que gran parte de las juderías de Castilla y Aragón fueron asaltadas y asesinados no pocos de sus moradores. Muchos se bautizaron entonces para escapar a la muerte; siempre hubo conversos, por interés o por convicción, pero a partir de este momento su número creció en proporciones vertiginosas. Paralelamente aumentaban las medidas discriminatorias y vejatorias contra los judíos, la reclusión en barrios especiales, el porte obligatorio de vestiduras groseras y distintivos especiales, la prohibición de practicar ciertas profesiones.

El resultado fue, a todo lo largo del siglo XV, un trasvase acelerado desde las juderías a la nueva clase social de los judeoconversos. A medida que se empobrecían las primeras aumentaba el número e influencia de los segundos. Unos ocupaban altos cargos eclesiásticos, otros desempeñaban puestos dirigentes en los municipios, se enriquecían en actividades mercantiles o practicaban las profesiones que estaban vedadas a sus antiguos correligionarios. Muchos de ellos seguían siendo ocultamente judíos, otros cayeron en la indiferencia religiosa y el escepticismo; no pocos se hicieron cristianos sinceros e incluso fanáticos, como Jerónimo de Santa Fe, que se dedicó a polemizar con acritud contra los judíos. Para la masa cristiana, sin embargo, todos eran indeseables, porque la antipatía que despertaban no era sólo de naturaleza religiosa: se desconfiaba de su cristiandad y a la vez se envidiaba la posición social que habían alcanzado. Encontramos a los conversos mezclados en los azarosos vaivenes de la política castellana, actuando con frecuencia como grupo de presión, casi como partido político; los motivos religiosos, los socioeconómicos y los políticos se mezclaban de manera inextricable en aquella caldera en ebullición que era la Castilla de Juan II y Enrique IV. En la corona de Aragón el problema judeoconverso tenía perfiles menos dramáticos.