II.- OBJETIVO: ANIQUILAR A LOS CRIPTOJUDÍOS.

Estos antecedentes explican que algunos autores hayan pensado que la cuestión religiosa fue sólo un pretexto. La Inquisición habría sido una institución creada por los reyes para destruir una clase social prepotente y aprovecharse de sus despojos; opinión insostenible, porque la Corona siempre halló eficaces auxiliares en judíos y conversos, y el botín ocasional que produjera su destrucción no compensaba la pérdida permanente de riqueza que acarreaba. La persecución hacia los judaizantes, que en la masa popular estaba teñida de resentimiento social, en el pensamiento de Isabel la Católica tenía una motivación religiosa. A su llegada a Sevilla los reyes captaron las dimensiones del problema, que en toda la Baja Andalucía era de especial agudeza. Andrés Bernáldez, cura del pueblo de Los Palacios, que nos ha dejado un relato lleno de vida y animación de aquellos tiempos, habla en términos rebosantes de odio de aquellos conversos que habían alcanzado "muy gran riqueza y vanagloria", que "vivían de oficios holgados, y en comprar y vender no tenían conciencia con los cristianos. Nunca quisieron tomar oficios de arar ni cavar, ni andar por los campos criando ganados, ni lo enseñaron a sus hijos, salvo oficios de poblados, y de estar asentados ganando de comer con poco trabajo".

Se trataba, pues, de un problema social, incluso de un problema, como diríamos hoy, de orden público, ya que en muchas ciudades de Andalucía y Castilla la Nueva se había llegado a enfrentamientos de gran violencia, en los cuales los conversos habían contado con el apoyo de un sector de la nobleza. El incidente más dramático fue la muerte del condestable Lucas de Iranzo, defensor de los conversos. Pero en el fondo estaba siempre la cuestión religiosa, y ella era la esencial para la reina Isabel; no tanto para su marido Fernando, más político, pero que acabó haciendo suya la política inquisitorial y antijudía. El deseo de acabar Con los falsos conversos no sólo inspiró la fundación de la Inquisición sino también la posterior expulsión de los judíos, en 1492, pues la finalidad, expresamente confesada en el real decreto, fue evitar la permanente tentación que para los conversos significaba la convivencia con sus antiguos correligionarios. Consecuencia de la expulsión fue el incremento numérico del grupo converso, pues un elevado porcentaje de los doscientos o doscientos cincuenta mil judíos afectados por el decreto prefirieron recibir el bautismo. Ni qué decir tiene que la sinceridad de estas conversiones de última hora suscitaba muchos recelos.