IV.- PRÁCTICAS SOSPECHOSAS.

Estas diferencias se deben, tanto a la mayor o menor densidad de las minorías religiosas que existían en su territorio, como al mayor o menor rigor en apreciar las pruebas de judaísmo. La mayoría de estas pruebas se basaban en la delación, en el uso de la tortura o en indicios de escaso valor probatorio, por lo cual dejaban un amplísimo margen a la libre apreciación de los inquisidores. Se consideraban, naturalmente, pruebas de judaísmo practicar la circuncisión (pocos se atrevían a ello), celebrar la Pascua de las Cabañuelas y otras
fiestas hebraicas, adoctrinar a los hijos en la ley de Moisés... Pero también eran reputadas como muy sospechosas otras prácticas ambiguas o indiferentes como ponerse ropa limpia interior los sábados, bañarse los días de ayuno y hasta rezar los salmos de David. No comer los productos del cerdo causaba también una presunción de judaísmo a pesar de que no pocos conversos sinceros heredaban la repugnancia secular que hacía ellos experimentaban sus antepasados y, por un bien explicable efecto de autosugestión, era víctimas de arcadas y vómitos si, en su afán de demostrar su cristiandad, se atrevían a emplear el tocino en sus guisos o a ingerir una sabrosa loncha de jamón. Para los cristianos viejos, que traían del norte usos culinarios distintos de los andaluces, el tufillo M aceite de oliva no sólo les parecía un atentado contra el buen gusto ("hace oler mal el resuello", escribía el Cura de Los Palacios) sino un indicio de mahometanismo o judaísmo.

Dentro de este ambiente, y aplicando unos procedimientos judiciales que daban todas las ventajas a los acusadores sobre el reo, no debe extrañar que el número de condenas pronunciadas por la Inquisición en los primeros años de funcionamiento fuera elevadísirna; es probable que la mayoría de los conversos, por los menos de los de fecha reciente, sufriera alguna; es verdad que en la mayoría de los casos eran admitidos a la reconciliación o sufrían penas menores; pero también hubo familias enteras exterminadas; el caso de Luis Vives es, en este aspecto, de una ejemplaridad terrible: además de sus padres, la Inquisición valenciana condenó a la última pena a su abuelo materno, dos tíos abuelos, tres tíos y dos primos. Diez personas en total.

La mayoría de estas penas capitales eran el resultado de reincidencias. El condenado solía alcanzar gracia por la primera vez; pero desde entonces era vigilado y si se le probaba que había vuelto a practicar ritos judaicos la condena como relapso era irremisible; la única gracia que podía esperar era ser estrangulado antes de entregar su cuerpo a las llamas; para ello debía abjurar sus errores y declarar que deseaba morir en el seno de la Iglesia.

El pragmatismo de Fernando V de Castilla y II de Aragón se revela en que, mientras unos conversos eran terriblemente perseguidos, otros gozaban del favor real: Santángel, Pérez de Almazán, Lope Conchillos y Hernando de Zafra, todos ellos con antecedentes familiares judaicos, figuraron entre sus más íntimos y eficaces colaboradores. Al contrario que Isabel, que veía sólo el aspecto religioso del problema, para él sólo contaba el político. Estando seguro de la fidelidad de alguien, poco le importaba su procedencia. La Inquisición, además de un guardián de la ortodoxia, era para él un instrumento de dominio y una fuente de ingresos.