V.- LOS AUSTRIAS Y LOS JUDÍOS.

La minoría judeoconversa trabajó duramente por alejar de ella el espectro de la Inquisición. Entabló negociaciones en Roma, apoyadas con abundante numerario, y obtuvo de los papas algunas bulas que intentaban mitigar los rigores inquisitoriales; pero los Reyes Católicos no estaban dispuestos a ceder sobre este terreno. Había que esperar un cambio político, que en aquellos tiempos tenía que llegar por la vía de un cambio de reinado. Primero confiaron en el rey Felipe el Hermoso, que no parecía mal dispuesto hacia ellos, pero su temprana muerte acabó con sus esperanzas. Intrigaron en los círculos allegados a Carlos de Gante; algunos participaron en el movimiento comunero. Todo sin resultado práctico. Bajo Carlos V la Inquisición siguió funcionando con eficacia; si el número de sus víctimas disminuyó mucho fue porque la masa de los judaizantes había perecido, huido o muerto de muerte natural. La mayoría de sus descendientes se integraron en el medio circundante. A pesar del refuerzo que para sus arcas significó la minoría morisca, el producto de las confiscaciones inquisitoriales bajó tanto que no sólo no proporcionaba ya dinero al Estado sino que éste tuvo que acudir en ayuda del Tribunal, gestionando para él el producto de una canonjía en cada cabildo catedralicio de España.

El número de judaizantes era cada vez menor; a través de los autos de fe, este hecho se advierte con claridad. La integración progresaba por voluntad de la mayoría de los conversos, no del conjunto de la sociedad castellana, o de una parte considerable de ella, inventora de los famosos estatutos de limpieza de sangre, una peculiaridad española que no se dio en ningún otro país europeo. Dirigida contra todo el que tuviera antepasados no católicos, de hecho iba dirigida contra los descendientes de judíos. Con los de moriscos se tuvo mucha más indulgencia; pero éstos, con más facilidades, tenían menos interés en integrarse a la sociedad cristiana vieja. Ordenes Militares, colegios mayores, muchos cabildos eclesiásticos y seculares adoptaron estos estatutos. También la Inquisición, naturalmente; pero como una de tantas instituciones que exigían pruebas de limpieza a su personal. No formaba parte de sus fines específicos. Incluso se decía que hacía las pruebas con más negligencia que otras corporaciones.

Carlos V no tenía madera de fanático. Aunque se consideraba defensor de la fe, y con frecuencia actuó como tal, había en él algo y aun mucho de la templanza erasmiana; los inquisidores generales que nombró no fueron tan duros como Deza o Cisneros. Desconfiaba de los conversos por tradición familiar; procuró no darles altos cargos, pero no se puede decir que siguiera contra ellos una política de persecución sistemática. Felipe II reservó sus rigores político-religiosos para los protestantes. Rehusó expulsar a los moriscos a pesar del parecer emitido por el Consejo de Estado en 1582, y en cuanto a los criptojudíos de Portugal, debieron felicitarse de que aquella corona recayera en el monarca español. Gran parte de aquellos criptojudíos, a quienes solía llamarse marranos (palabra de incierta etimología) procedían de los judíos españoles expulsados y refugiados en el país vecino. El durísimo trato a que habían sido sometidos no había evitado que acumularan gran parte de las riquezas y los negocios. Los reyes lusitanos, temerosos de la pérdida que representaría su ausencia, les habían prohibido emigrar y la Inquisición portuguesa tampoco quería perder una presa tan sustanciosa. Eran tratados como reses engordadas para el sacrificio. Al contrario de lo que sucedía en Castilla, no había en ellos ni voluntad ni grandes posibilidades de integración; como los moriscos españoles, su cristiandad oficial y obligatoria era una ficción que no engañaba a nadie. Los marranos deseaban salir de Portugal por dos razones: porque temían menos a la Inquisición española que a la portuguesa y porque en España esperaban hacer mejores negocios que en su país de origen, aprovechando, sobre todo, las oportunidades que ofrecía el comercio americano. Es verdad que las leyes les prohibían emigrar a las Indias, pero muchos se ingeniaron para burlar esta prohibición; en México, Lima y otras ciudades hispanoamericanas se formaron activas colonias de portugueses.

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Felipe III hizo más; aprobó las gestiones que los marranos realizaban en Roma y que, mediante fuertes donativos, les aseguraron una especie de amnistía, que por algún tiempo les puso a cubierto de las persecuciones inquisitoriales. Pero fue Felipe IV el que llegó más lejos en este aspecto, por la influencia de su favorito D. Gaspar de Guzmán, Conde Duque de Olivares, quien, a la luz de documentos recién descubiertos, aparece como hombre de talante muy liberal en una materia entonces tan delicada y propicia a suspicacias. Es posible que en la actitud enemiga a las probanzas de limpieza y en la protección que dispensó a los marranos influyera el hecho de que no todos sus antepasados eran cristianos viejos; sin embargo, no podemos considerar esta razón como determinante, pues no pocos pretendían hacer olvidar su ascendencia semítica haciendo alardes de intransigencia. No hay que olvidar que entre los peores enemigos de los judíos se encontraban algunos conversos de esta estirpe. ¡Hasta se sospecha, con fundamento, que procediese de ellos el Gran Inquisidor Torquemada! Las razones del Conde Duque debían de ser de índole humana y política; reconocía la gran fuerza potencial que representaban los judeoconversos por su cultura y, sobre todo, por su aptitud para ciertas profesiones que, cada vez más, acaparaban los genoveses y otros extranjeros, tales como las de banqueros y arrendadores de las rentas reales. A partir de 1627, en todos los empréstitos y adelantos que la siempre impecuniosa Hacienda Real contrataba figuraron apellidos típicamente portugueses como Fernández Pinto, Núñez Saravia y Duarte Fernández. Otros de menor categoría obtuvieron empleos más o menos fructíferos como arrendatarios de aduanas y otros impuestos o se dedicaron a actividades comerciales.

Naturalmente, estas actividades no podían sino aumentar la escasa simpatía con que eran mirados. Mientras Olivares se mantuvo en el poder, la Inquisición actuó con relativa moderación; pocas condenas capitales pronunció contra judaizantes, y en general, contra individuos de escaso relieve. Algunos poderosos asentistas, o sea, banqueros reales, escaparon de las garras del tribunal a costa de fuertes multas, pero personalmente indemnes. En cambio, el odio popular se mantenía vivo a causa de algunos incidentes escandalosos: colocación de pasquines, profanación de imágenes... Por eso, cuando D. Gaspar fue relevado de sus cargos, en 1643, se desató con fuerza la persecución contra ellos. Al acomodaticio fray Antonio de Sotomayor sucedió en el cargo de Inquisidor General Arce Reinoso, que organizó una verdadera cacería contra todos los sospechosos de judaísmo; un biógrafo suyo dice que en su tiempo, es decir, en los veinte años finales de aquel reinado, se expatriaron de España doce mil familias. Aunque el dato parezca exagerado, indica el rigor de la persecución. Por otra parte, ya en aquella España decadente no se hacían tan buenos negocios y no pocos marranos marchaban hacia Holanda, donde Amsterdam desempeñaba ahora para ellos el papel de nueva Jerusalén.

Tras la huida de los más comprometidos quedaron en España los asimilados o en vías de asimilación. Bajo Carlos II (1665 1700) se registra una relativa calma; los autos de fe de este tiempo se ocuparon más bien de asuntos menores: blasfemia, bigamia, hechicería, solicitación... De vez en cuando, sin embargo, se encendían las hogueras. En el auto más famoso de aquel reinado, el celebrado en la plaza Mayor de Madrid el año 1680, 104 de los 118 reos eran judaizantes, casi todos de origen portugués; veinte de ellos, algunos vivos, fueron entregados a las llamas.