VII.- LOS ÚLTIMOS COLETAZOS.

El siglo XVIII se abre con un cambio de dinastía; pero sería un error creer que los Borbones trajeron desde el principio innovaciones profundas. Precisamente el primer Borbón, aunque nunca presenció un acto de su fe, permitió un recrudecimiento de las actividades antijudaicas de la Inquisición. No es fácil averiguar por qué. Tal vez el elevado número de autos de fe y de condenas a muerte que pronunció en el reinado de Felipe V, sobre todo en la década 1720 1730 esté ligado a las luchas por el poder que se entablaron entre las diversas facciones. Lo cierto es que en dichos años hubo más de un millar de condenas de judaizantes, bastantes de ellos a la pena capital. La mayoría de las víctimas pertenecían a las familias de marranos portugueses que, como hemos dicho, se dedicaban a actividades conectadas con la Hacienda Pública. Aparece con frecuencia entre las profesiones de los reos la de estanquero de tabaco. Aquel último y desmedrado resto de lo que fue una poderosa clase social desaparece desde entonces de la escena española.

Pero no todas las víctimas de esta última oleada represiva eran gentes modestas de origen lusitano. Fueron también complicados personajes de cierta altura, como el médico real Diego Mateo Zapata, condenado por sospechoso de judaísmo en un auto de la Inquisición de Cuenca. Por la singularidad del caso mencionaremos también la ejecución en Sevilla, el 27 de julio de 1727, de un fraile mercedario procedente de Cuba que había abrazado la ley de Moisés, se había circuncidado y había cambiado su nombre de José Díaz por el de Abraham. Sus hermanos de hábito trataron de salvarlo alegando que padecía enajenación mental, pero como permanecía firme en su actitud fue entregado a las llamas.

Pasado el primer tercio del siglo XVIII se advierte un cambio brusco en las actividades del Tribunal; en adelante procederá con mayor suavidad y las condenas a muerte serán rarísimas. Los procesos por judaísmo casi desaparecen. La Inquisición de Toledo juzgó el último en 1756, y después de 1780 sólo hubo en toda España 16 procesos de esta clase, la mayoría de extranjeros. Según el historiador norteamericano Lea, el último se registró en Córdoba, el año 1818, contra un tal Manuel Santiago. La rápida disminución de procesos se debía, no sólo a la falta de materia prima, sino a un clima de mayor moderación, de acuerdo con la ideología ilustrada que se iba imponiendo y que alcanzó su ápice en el reinado de Carlos III Este monarca, por medio de varias reales cédulas, rehabilitó en el terreno legal a los chuetas mallorquines; ordenó que se derribaran los muros del barrio en que vivían, y que le daban un aspecto de ghetto y prohibió se usara hacia ellos ninguna discriminación, aunque en la práctica todavía durante mucho tiempo se les tratara con recelo y despego.

La Inquisición, en la época de Carlos IV, se dedicó, sobre todo, a perseguir a los partidarios de las ideas revolucionarias y a vigilar la entrada de escritos procedentes de Francia. El problema judaico apenas era ya un mero recuerdo; sin embargo, la suspicacia seguía siendo tan viva que cuando en 1797 el ministro D. Pedro Varela propuso que se permitiera vivir en España a los judíos, "pues por ser las mayores riquezas de Europa se logrará el socorro del Estado, con el aumento del comercio y de la industria", no sólo se desechó el proyecto, sino que se renovaron las órdenes vigentes contra la entrada de los judíos.