VIII.- EFECTOS DEL ANTIJUDAÍSMO.

Este es el tema que ha sido ya tratado con amplitud, por ejemplo, por Caro Baroja, y que también ha dado lugar a polémicas enconadas. Ya es sabido que para los seguidores de la tesis de Américo Castro la vida hispana fue configurada por la confluencia de cristianos, mahometanos y judíos, mientras que Sánchez Albornoz reduce al mínimo la participación de los dos últimos grupos. No es posible discutir aquí estas tesis contrapuestas. Nos limitaremos a exponer algunas de las conclusiones que parecen más evidentes.

Desde el punto de vista demográfico, la expulsión de ciento cincuenta o doscientos mil judíos fue un factor negativo de importancia para la España de los Reyes Católicos, que apenas contaría entonces siete millones de habitantes. En cambio, la ejecución de unos pocos millares de judaizantes y la huida de otros tuvo una importancia numérica escasa, aunque se agreguen las numerosas personas que, aprisionadas o arruinadas, no pudieron fundar una familia.

Si del aspecto cuantitativo pasamos al cualitativo, las cosas cambian. Los judíos, primero, y los judeoconversos, después, formaban minorías urbanas muy activas; los primeros desaparecieron de la escena por la expulsión; los segundos siguieron existiendo, pero muchos se apartaron de sus actividades características en un esfuerzo por hacer olvidar su origen y acercarse al modo de vida hidalgo. Conocemos casos característicos. Quizá el que más, el de Rodrigo de Dueñas, gran mercader de Castilla la Vieja, regidor de Medina del Campo, banquero opulento, patrocinador de las fundaciones de Santa Teresa. En 1553 fue nombrado consejero de Hacienda. Ni su competencia, ni sus servicios a la Corona ni sus ostentaciones de cristiandad pusieron coto a las murmuraciones que surgieron por todas partes y que fueron la causa verosímil de que dos años más tarde se le privara del cargo. La desaparición del grupo comercial de Burgos, formado en su gran mayoría por judeoconversos, también se debió en buena parte al ambiente asfixiante que rodeaba a estos hombres.

Lo peor fue que la descalificación se trasladó del grupo a sus ocupaciones. Traficar con mercancías o dinero no era una profesión muy acorde con los ideales nobiliarios; si además arrojaba cierta sospecha de cristiano nuevo sobre quien la practicaba ese descrédito aumentaba, y ésta parece ser una de las causas de que en Castilla no llegara a formarse una clase empresarial. La vida económica de España en el s. XVII estuvo dominada por extranjeros, y también por hidalgos del Norte, especialmente vascos, cuyos apellidos los ponían por encima de toda sospecha. Pero esta aportación de gentes no castellanas tenía que renovarse, porque, o bien iban siendo poco a poco destruidos por la Inquisición, en el caso de los marranos portugueses, o bien se iban acomodando al medio ambiente, aceptando sus preocupaciones y juicios de valor, con lo que abandonaban los negocios y se dedicaban a vivir noblemente del producto de las tierras y de las rentas. En este aspecto, a la persecución inquisitorial puede cargarse alguna parte de la culpa del retraso económico de España.

¿Puede también achacársele una responsabilidad en su decadencia intelectual? En este punto hay que guardarse de caer en exageraciones. Precisamente la época de máxima persecución coincide con el máximo esplendor literario. En cuanto a las disciplinas filosóficas y científicas actuaban negativamente factores de tanto o mayor peso que la prevención antijudaica. En realidad, sólo de una profesión se puede decir que quedara descalificada por este motivo. Me refiero a la profesión médica, en la que brillaron los nombres de famosos judíos en la Edad Media, y en la Moderna los ilustres conversos, López de Villalobos, Huarte de San Juan, Andrés Laguna... Algunos de ellos, como el ya mencionado Mateo Zapata, fueron inquietados por la Inquisición. La mayoría pudo desenvolverse tranquilamente e incluso alcanzar los más altos rangos de su profesión, pero no se consideraba de buen tono seguirla, y la prueba es que no la admitían los aristocráticos colegios mayores.

Es lógico que fuera en la época primera, en la de mayor rigor en la actuación inquisitorial, cuando España perdiera altos valores por la emigración de los que se sentían amenazados. El caso más patente es el de Luis Vives. Hoy está claro que fue el temor a la Inquisición el que lo mantuvo alejado de España, a pesar de que su cristiandad era evidente. En los primeros decenios del siglo XVI la universidad de París registró una influencia inusitada de profesores españoles. Las razones podemos sospecharlas cuando advertimos que no pocos de ellos tenían ascendencia conversa, e incluso cuentas pendientes con la Inquisición; por ejemplo, Pedro de Lerma, a quien Cisneros había nombrado canciller de la universidad de Alcalá, y que emigró en la ancianidad, cuando la reacción antierasmiana le hizo incómoda la estancia en su patria.

Estos conversos no salían de España para judaizar, como fue el caso de no pocos científicos y literatos del siglo XVII. Citemos al segoviano Enríquez Gómez, que después de haber combatido en el ejército español se refugió en Francia, y finalmente en Amsterdam, donde practicó públicamente el judaísmo, sin dejar por eso de escribir poesías y novelas en un castellano bastante puro. Fue quemado en estatua en un auto celebrado en Sevilla en 1660. Mucha analogía tiene con su carrera la de Miguel de Barrios, natural de Montilla (Córdoba), militar y literato, que acabó también como judío en Arnsterdam. Allí fueron a terminar su vida otros judíos de origen portugués, el más ilustre de los cuales es, sin duda, el filósofo Espinoza.

Sin llegar al recurso extremo de la emigración, otros sufrieron en España persecuciones que debieron amenguar su producción literaria. ¿Cuántas páginas de fray Luis de León no habremos perdido a causa de los cinco años que permaneció encerrado en una cárcel inquisitorial? ¿Y qué estímulo podía significar para los estudios bíblicos y hebraicos el que su proceso estuviera motivado por haberse dedicado a ellos? Y todavía pudo tenerse por dichoso de que no se le tratase con tanta dureza como a sus colegas Grajal y Cantalapiedra.

Como en el caso de la economía, sería demasiado simple, y además falso, atribuir toda la culpa de nuestra decadencia a la Inquisición. Intervinieron otros factores y es muy difícil atribuir a cada uno su parte exacta de responsabilidad; pero no es dudoso que ésta existió, y que la persecución de los judeoconversos dañó en varios puntos clave a nuestra vitalidad como pueblo. Ahora bien, no sería justo polarizar esta responsabilidad sobre la Inquisición exclusivamente. Ya hemos visto que el sentimiento antijudaico preexistía; y que en alguna de sus manifestaciones, como los estatutos de limpieza, no hizo más que seguir la corriente. Lo que hizo la Inquisición fue institucionalizar (y con ello, indudablemente, agravar) un conjunto de ideas, sentimientos y tensiones que ya venían actuando en el seno de la sociedad hispana.