LA LEY DEL SILENCIO

De los nuevos procesos que surgían de las "palabras imprudentes" nació lo que H. Kamen llamó "la ley del silencio", el miedo paralizante, que enrareció el ambiente intelectual favorable a la crítica humanista, cuna de toda investigación moderna libre en todos los ramos del saber. Tampoco se debe perder de vista que el miedo a la Inquisición no fue sólo miedo a la hoguera o a la cárcel, aunque éstas formaban el horizonte siniestro del cual huyeron muchos -especialmente cristianos nuevos, como Vives- desterrándose voluntariamente.

Las persecuciones inquisitoriales afectaban a la honra de los perseguidos. Ser procesado por el Santo Oficio era "ser infamado en la Inquisición". Ser condenado por hereje equivalía a una mancha hereditaria en la limpieza de sangre de la familia del reo. Pero otra no menor degradación de la dignidad personal y de la sociabilidad, otra no menor disuasión de la investigación libre fueron las resultantes de la obligación permanente de denunciarse unos a otros por delitos de fe.

Desde Nebrija hasta el Brocense, pasando por los hebraístas de Salamanca, se dio siempre el mismo fenómeno desolador de denuncias proferidas contra los maestros más eminentes por colegas rutinarios o estudiantes chismosos. Da grima pensar que el mismo Fray Luis de León, víctima de este fenómeno, se dejó ir después a denunciar como heréticas las opiniones sobre la gracia de su colega Báñez, el gran teólogo dominico. Era fácil olfatear en tesis extremadas sobre la gracia posibles derivaciones "luteranas".

Y Fray Luis se habla dejado seducir por opiniones de Jesuitas precursores del molinismo que los dominicos, por su parte, denunciaban como afines a la herejía pelagiana.

Esta tendencia tal vez fuera la más tentadora para humanistas propensos a afirmar como Erasmo la libertad humana (Renan, al resumir las famosas controversias De auxiliis en torno a los problemas de la gracia divina, se confesaba pelagiano). Lo tremendo era que sobre toda cuestión teológica opinable hubiera no sólo peligro de ser denunciado por hereje, sino también obligación de denunciar al que se consideraba tal.

Un incidente significativo, ocurrido en Salamanca en 1568, poco antes de los procesos de los hebraístas, ilustra la presión de la Inquisición permanente, sin formarse siquiera procesos, contra toda sospecha posible de simpatía por los herejes. Bastó qué un ex rector del Colegio trilingüe que había estudiado en París relatara lo que sabía del éxito de Pedro Ramus, lector regio renovador de la dialéctica antiaristotélico declarado, tachado de "amigo de novedades" y correligionario de los Hugonotes, y aludiera a posibles ecos de sus ideas entre españoles, para que el teólogo Francisco Sancho, Comisario de la Inquisición en la Universidad de Salamanca, abriera una información acerca de esta terrible influencia de un monstruo de heterodoxia -filosófica y religiosa- como el profesor parisiense que, en plena época de guerra de religión (iba a ser una de las víctimas de la noche de San Bartolomé de 1572), seguía vertiendo su veneno desde su real cátedra.

No faltó entre los testigos quien notara de "aficionado a las obras y doctrina de Pedro Ramus" al "licenciado Francisco Sánchez, regente de latín en el Colegio trilingüe". Hubo de comparecer el Brocense, uno de los pocos maestros salmantinos capaces de dialogar con Ramus y no tuvo inconveniente en declarar que, habiendo publicado una gramática latina que contradecía en algo el arte de gramática del maestro francés, había mandado su libro a éste con la sobria dedicatoria: Franciscus Sanctius Brocensis Petro Ramodono mittit. Y por poco chismoso que fuese el Brocense, se vio obligado a indicar que el maestro Grajal, el hebreista, siendo estudiante en París hacía bastantes años, se había sentado entre los oyentes de Ramus. El propioGrajal se vio llamado a explicarse y procuró recordar los nombres de dos o tres aragoneses y valencianos que también habían "sido aficionados a oírle su doctrina y latinidad" en París, cuando nadie, además, cuestionaba la ortodoxia religiosa del debelador de Aristóteles. Tal era, frente a la arriesgada libertad francesa, la exigencia de impermeable ortodoxia del país protegido, hasta la asfixia, por el sistema inquisitorial.