LA REPRESIÓN CULTURAL

V.- La piedad tradicional, amenazada

El Antibarbarorum liber —así se titulaba con clara intención polémica— rebosaba ironía y hostilidad contra los enemigos del humanismo cristiano y los identificaba de modo bastante claro con el vulgo de los religiosos ignorantes y retrógrados (cuando el libro, después de permanecer inédito, se imprimió en 1520 en un ambiente ya caldeado por la naciente efervescencia luterana, bastó añadir algunos epítetos como ptochotyranni para designar más explícitamente a los frailes mendicantes escogidos por Erasmo como prototipos de “barbarie"). Cuando los religiosos atacaron a Erasmo en 1526, en realidad contraatacaban; acudían a la defensa de la piedad tradicionalista amenazada por un peligro de mucha mayor amplitud que el representado por la diminuta secta de los alumbrados del reino de Toledo, sobre todo al difundirse por la imprenta la traducción castellana del Enchiridion dedicada al Inquisidor general.

No fue proyecto utópico para los antierasmistas el conseguir un edicto condenando los errores de Erasmo, como ya empezó a censurarlos la Sorbona en los Coloquios. Los frailes, muchos de ellos predicadores escuchados por el pueblo con simpatía, se desatan, en perfecta consonancia con la piedad popular, contra los aspectos para ellos más escandalosos del humanismo cristiano, especialmente la crítica de las devociones que cultivaban y propagaban ellos en sus sermones: culto de las imágenes de los santos, fe en los milagros obrados por sus reliquias.

Y puestos los frailes conservadores a expurgar las obras de Erasmo y en particular sus Anotaciones al Nuevo Testamento, que a veces invocaban autoridades de los primeros Padres de la Iglesia para discutir la antigüedad de los dogmas e instituciones eclesiásticas, les era fácil ordenar un extenso catálogo de los errores erasmianos, y no sólo en materia de culto a la Virgen Maria, autoridad de los Sumos Pontífices ceremonias eclesiásticas, observancias alimenticias y ayunos, celibato eclesiástico, cultura escolástica, Indulgencias, veneración de los santos, sus imágenes y reliquias, peregrinaciones a sus santuarios, (es decir todos los temas comunes al erasmismo y al luteranismo), sino que, abusando de observaciones, esporádicas, pero convergentes, de Erasmo, acerca de la evolución del cristianismo en su formulación dogmática, le tachaban de las más graves herejías: contra la Trinidad, la divinidad de Cristo y la del Espíritu Santo, contra la inquisición de los herejes, contra los sacramentos del bautismo , de la confesión, de la eucaristía, de la orden, etc...

¿Qué podía hacer el Inquisidor general Manrique frente a esta acumulación de supuestos «errores» erasmianos, tan desiguales en gravedad y entidad, sino someter el cuaderno de los frailes al examen de una junta de teólogos escogidos entre los de más autoridad, muchos de ellos profesores de las universidades de Salamanca, Alcalá y Valladolid?

Se conservan las actas de esta junta, que se reunió el 27 de junio de 1527. Al leer los votos de los teólogos que opinaron en sentidos muy diversos sobre los primeros capítulos del cuaderno de «proposiciones» censuradas por los frailes en las obras de Erasmo, se echa de ver que Manrique, al convocar aquella asamblea, había tenido buen cuidado de equilibrar la representación de los antierasmianos con un número por lo menos igual de teólogos simpatizantes o indulgentes a las ideas erasmianas. De modo que cuando al cabo de seis semanas una epidemia ocasionó la disolución de la junta, que sólo había examinado los cargos de mayor gravedad aparente (pues los frailes habían jerarquizado los «errores» empezando por las supuestas ofensas a la dogmática de la Trinidad y al mismo principio de la inquisición de la herejía) parecía inverosímil que la labor de los teólogos desembocara en una condena de Erasmo como heresiarca.

No se lanzó segunda convocatoria para llevar a su término el examen del cuaderno de los frailes. Venció en Manrique y sus consejeros proerasmianos el deseo de no afrentar al gran Roterodamense, que reiteradamente afirmaba su fidelidad a la Iglesia romana. Y cabe suponer que, de haberse acabado dicho examen, el peor resultado que podía derivarse de él para la autoridad del teólogo de Erasmo sería la publicación de una especie de índice expurgatorio, o lista de pasajes que se rogaba al autor suprimiese o retocase para no herir la devoción tradicional y, a lo sumo, una prohibición de vender ediciones de sus obras no expurgadas conforme a dicha lista (sabemos que Erasmo había retocado algunos pasajes de sus Coloquios censurados por la Sorbona). Pero distaba aún mucho la Inquisición española de intentar técnicas tan sofisticadas de represión, que se adoptarán en la época de Felipe II. Nadie, por lo menos en 1527, pensó seriamente en añadir en el edicto de la fe el nombre de Erasmo a los de los heresiarcas lu teranos, cuyas obras nadie podía leer o poseer sin sospecha de herejía.

Sólo algunos años más tarde, al crecer el peligro de infiltraciones luteranas en España empezó la Suprema a mencionar a Erasmo junto a Lutero, de modo accidental; y cita A. Redondo (Lutero 9 España de 1520 a 1536) un documento de 9 de enero de 1536 en que se manda a los inquisidores de Valencia, con motivo de¡ prendimiento de un luterano,. se haga diligencia para saber si tiene libros de Luthero o de sus secuaces o de Erasmo. Ya había sido publicada en París la Determinatio de los teólogos de la Sorbona contra las obras de Erasmo. Ya hacía tres años que estaba procesado y preso en la Inquisición de Toledo Juan de Vergara, uno de los más significados erasmistas de España, bajo una inculpación de herejía fluctuante entre iluminismo y luteranismo. El proceso de Vergara, ligado al de su hermano Bernardino Tovar, causó honda emoción entre los humanistas españoles de tendencia erasmiana precisamente porque materializaba el peligro que los amenazaba a todos por la mera fama de herejía difundida e n torno al nombre de Erasmo.