UN PROCESO INQUISITORIAL EN TODA SU CRUDEZA.

A cualquier persona de cualquier lugar en que reinasen los reyes de la universal y católica Monarquía heredera del Estado construido por los Reyes Católicos podía sucederle en cualquier momento una historia -un drama- semejante al que protagonizó en Toledo un oscuro oficial tejedor llamado Alonso de Alarcón en 1635.

Este relato es un resumen de las actuaciones procesales, cuyo realismo y claridad hablan por sí solos.

Un buen día (es un decir) el Doctor Simón de Haro, cura de la Parroquia de San Lorenzo en Toledo, presenta ante el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición de aquella ciudad una denuncia escrita y firmada por él contra Alonso de Alarcón en la que lo acusa de haber cometido actos y proferido palabras de blasfemia. Era el 2 de junio de 1635. La denuncia pone en funcionamiento a la Inquisición. El proceso ha comenzado. Tres días después (el Auto de prisión está fechado el 5 de junio) Alonso de Alarcón es detenido y pasa a ocupar una celda en la cárcel secreta de la Inquisición, en la que permanecerá incomunicado hasta el comienzo de la fase final del proceso.

Junto a la inicial denuncia del cura de San Lorenzo se van acumulando, como resultado de las diligentes investigaciones de los inquisidores toledanos, numerosas declaraciones de testigos. Los cargos principales y aproximadamente coincidentes que resultan de sus testimonios son los que siguen:

"Que un día de Pasqua de Resurrección Alonso dijo que Nuestra Señora (la Virgen María) no fue casada, sino amancebada y que se fornicó con muchos. Que en otra ocasión había dicho que su hija Francisca estaba más Virgen que Nuestra Señora del Sagrario. Que otro día juró por los minutos de la Santísima Trinidad y de la Virgen, afirmando que Nuestro Señor trataba con la Virgen como los hombres con las mujeres. Que un viernes, estando al parecer sano, se comió una perdiz (velada acusación de judaizante, que no se reitera, sin embargo, a lo largo del proceso). Que una noche estando enfermo en su cama y después de haber recibido la Extremaunción, tiro un crucifijo de madera al suelo e intentó golpear con él a unos vecinos". (Este es el cargo central de toda la acusación.)

Mientras se iban recogiendo estas declaraciones, Alonso de Alarcón fue sometido a tres audiencias o interrogatorios simples (esto es, sin coacción física de ninguna clase) ante el inquisidor. En la primera de ellas, que tuvo lugar tres días después de su detención, Alonso dice tener unos 40 años, ser de oficio "helijador de terciopelos", estar casado y ser padre de tres hijas. Cuando le preguntan si sospecha o presume por qué le ha detenido la Inquisición, responde que cree que cuando estuvo "enfermo de frenesí" tiró un crucifijo y dijo algunas herejías, pero que no se acuerda de más. Y nada nuevo añade ante otras preguntas en aquella y en ulteriores audiencias.

Con base en los cargos derivados de las declaraciones y de la denuncia, el Fiscal, don Balthasar de Oyanguren, redacta y emite su correspondiente acusación a 21 de junio de 1635. Repitiendo los hechos ya conocidos, considera que Alonso de Alarcón es autor de blasfemias, de palabras y de obras; opina que, puesto que hizo tales y tan malas acciones, hay que presumir que otras semejantes habrá realizado a lo largo de su vida; afirma que aunque se le ha tomado juramento de decir verdad en los interrogatorios a que se le ha sometido, no ha dicho la verdad, puesto que no se ha reconocido culpable; pide por ello, y siempre para la plena comprobación de la verdad, que sea sometido a tormento; y solicita, finalmente, que sea declarado "hereje, blasfemo, sacrílego, perjuro, excomulgado, diminuto y falso confidente".

De esta acusación fiscal se dio traslado al reo. (Nótese que en este proceso la fase sumaria, inquisitiva y secreta duró poco, menos de un mes. En otros casos más complejos y graves podía y aun solía durar años o por lo menos meses, durante los cuales el reo permanecía preso, incomunicado e indefenso). Con ello comienza la fase probatoria en la cual el reo, asistido de uno de los abogados del Santo Oficio, en este caso el doctor Miguel Sánchez, procede a su defensa, una vez conocida la acusación que contra él formula el fiscal.

Gran interés tuvieron en este proceso: la "calificación" de los hechos y las declaraciones periciales de los médicos sobre la posible enfermedad física o mental, del reo.

La calificación consistía en el informe escrito emitido por uno o varios teólogos, canonistas o personas doctas en materia de fe y moral católicas acerca de si los hechos acumulados contra un reo constituían o no actos o proposiciones heréticas o contrarios de algún modo a la fe o a la moral. El o los calificadores asesoraban, pues, a los inquisidores contestando por escrito y previo estudio a las preguntas que éstos les sometían a propósito de cada caso concreto.

En éste que nos ocupa el calificador responde, con fecha 25 de septiembre del mismo año, que las palabras y actos de Alonso de Alarcón (o mejor dicho, de la persona para él desconocida que los hubiere cometido, pues al calificador no se le notificaba la personalidad del presunto culpable, sino sólo los hechos desligados de su autor) eran manifiestamente heréticos, impíos y blasfemos, llegando a afirmar que quien tales cosas ha dicho y hecho es "hereje, calvinista y puritano...". Los razonamientos de este oscuro y no muy docto calificador son mínimos; sus palabras severamente condenatorias y muy desfavorables para el reo.

Mayor posibilidad de defensa proporcionaron las diligencias encaminadas a determinar el estado de la salud física y mental del reo.

En efecto: una vez abierta la fase de prueba, el abogado defensor orientó sus "probanzas" a obtener la declaración de enfermedad mental de Alonso de Alarcón. Así se infiere de las declaraciones de los testigos aportados por la defensa. Entre éstos, Juan de Villanueva, tejedor, afirma que su compañero de oficio Alonso de Alarcón es buen cristiano, pero que de él se murmura "que está medio loco y también se murmura que se emborracha...", y que si estando enfermo y frenético dijo algo contra la Virgen "sería no estando en su sano juicio". En forma análoga el barbero Alonso Calvo afirma que Alonso de Alarcón es "hijo de madre loca, que como tal lunática y imaginativa se echó en el río, donde se ahogó", y que a Alonso de Alarcón lo ha visto algunas veces "loco lunático que como tal alborotaba el barrio". Semejantes son los testimonios de otros vecinos o compañeros de trabajo, así como el de Cristóbal de Villegas, capellán del convento de San Pablo, quien con palabras muy favorables para el reo afirmó que lo tenía por buen cristiano, pero que piensa que Alonso tiene "algo de locura" por "los disparates que le a visto hazer y decir".

Prueba pericial.- Apoyándose en tan numerosos y concordantes testimonios, el Doctor don Alonso de Narbona, abogado de presos del Santo Oficio, que asistía también a Alonso de Alarcón, pide que lo examinen diversos médicos y que declaren quienes lo visitaron a lo largo de la enfermedad última, Como consecuencia de esta petición se procede a la práctica de lo que ahora denominaríamos la prueba pericial, consistente en las declaraciones e informes escritos de diversos médicos.

A 5 de octubre de 1635 se incorpora a los autos del proceso el siguiente informe pericial que transcribo íntegro:

"Matheo de Puelles y Escobar, Médico del Santo Oficio y Cathedratico de Prima de Medicina digo: Que e visitado por mandado de Vuestra Señoría a Alonso de Alarcón, preso en las cárceles secretas, y según lo que responde y discurre me parece que en lo corriente y ordinario es constante de juyzio, pero dispuesto a tener horas en que se enajene y prive dél, y es lo que llamamos dezmentado o menguado, punto de que ay mucha prueva, pero es bastante lo que cuenta Galo de un carpintero que en su officio y lo tocante a él asistía, respondía y procedía cuerda y mansamente, y al punto que le divertían dél, le experimentaban furioso y desatinado, haciendo y diciendo cosas ajenas del todo de la razón. Y el fundamento desto consiste en que para el buen discurso se pide disposición de todas las partes de la cabeza (llamámoslos órganos) y éstas pueden gozar de recta disposición en tantos objetos y venir a estar faltas en las cosas que inmediatamente se siguieron a las que gastaron lo requerido, naturalmente, para el bien obrar, a que ayuda la flaqueza habitual de la cabeza, pues desde la niñez está paralítico del lado derecho, de cuya enfermedad es asiento el zelebro o nervios que dél salen. Y así juzgo fundado en razón abrá tenido y tendrá muchas partes de tieripo en que no sea dueño de su discurso, antes hable y proceda erradamente en los objetos conocidos, al rebes y trastocados en las conveniencias. Esto me parece salvo meliori judicio. En Toledo a 5 de octubre de 1635. Puelles Escobar."

Semanas después, el 3 de noviembre, fue interrogado el Doctor don Gabriel Núñez de Cabrera, médico toledano que dijo conocer al reo desde hacía 16 años y haberle asistido en su más reciente enfermedad (aquella durante la cual arrojó un crucifijo contra quienes le asistían o visitaban). De la declaración del Doctor se infiere:

a) Que un día lo llamaron para que viese en su casa y cama a Alonso de Alarcón "que estaba enfermo de apoplejía, al qual le iço dos visitas.... el qual no hablaba ni sentía, como lo manifestaron unos garrotes que le dieron por su orden en su presencia".

b) Que Alonso de Alarcón no "tenía apoplejía fuerte, sino de las débiles, y que cuando este testigo le bisitó y iço dar los tormentos no dio demostraciones de sentimiento". (Nótese que estos tormentos o garrotes de que aquí se habla eran simples exploraciones médicas tendentes a determinar el grado de insensibilidad de alguna o algunas partes del cuerpo). "Preguntado (el doctor Núñez) cómo pudo aquella misma noche hablar y moverse (el reo), responde que por la vehemencia de los dolores causados de los tormentos podía la naturaleza el umor que causava este afecto averle arrojado a las partes inferiores como atormentadas, y así, quedando libre el celebro, como no estaba confirmada la apoplejía, por algún interbalo ablase y diese demostraciones de sentimiento... ".

c) Que el médico mandó le diesen la Extremaunción, "pero no el Santísimo porque creyó que no tenía entendimiento suficiente para recibirlo".

d) "Preguntado si todo el tiempo que a que le conoce al dicho Alonso de Alarcón le a conocido loco con algún género de delirio, manía u otro, y si en esta enfermedad reconoció en él locura alguna dicha o echa, diga lo que save, dijo que nunca le a conocido loco en todo el tiempo que le a tratado, ni de la enfermedad que aquí se trata conoció tal en las tres bisitas que le iço.

Otros informes médicos incorporados a los autos tampoco concluyen afirmando la locura de Alonso de Alarcón, si bien todos ellos dejan entrever la existencia, junto a una previa y lejana enfermedad (¿hemiplejia?), de otra, sin duda, real y aguda que provocó el alto estado febril (¿delirio, frenesí?) dentro del cual Alonso arrojó el crucifijo. Al parecer, según un testigo, después de aquel día de crisis. Alonso dijo: "piensan que soi loco y me tienen por tal y no lo soi, que por loco me tengo de salir aunque me lleben al Nuncio, y si ago locuras es porque me den de comer".

Conocemos ya el resultado de la investigación sumaria y secreta, el contenido de la acusación Fiscal, el de la calificación, y las probanzas aportadas por el reo en su defensa (testigos de descargo e informe médico). Ya casi todo estaba hecho. Después de las ratificaciones de los testigos respecto a las declaraciones por cada uno de ellos prestadas, el Tribunal toledano, en su audiencia del día 16 de febrero de 1636, declaró conclusa la causa. Parecía, en efecto, que ya todo o casi todo estaba hecho.

Pero faltaba todavía algo. El tormento.

El tormento.- Aunque excepcionalmente el tormento se aplicaba a veces en la fase sumaria, lo normal es que se practicase -dado su carácter de instrumento para probar la verdad por medio de la confesión- en la fase probatoria del proceso y, muy en concreto, al final de la misma. Así sucede en esta ocasión. Agotadas ya las indagaciones y las pruebas aportadas por una y otra parte (el Fiscal y el reo), el Tribunal "ad eruendam veritatem" puede decidir la práctica del tormento. En el proceso de Alonso de Alarcón, antes de tomar tal decisión, el Tribunal de la Inquisición de Toledo adoptó algunas medidas previas. Veámoslas.

En la audiencia o sesión de la tarde del día 8 de febrero de 1636, los señores inquisidores del Tribunal del Santo Oficio de Toledo ordenaron "que este reo le vean los médicos y declaren si está capaz de tormento, por averse dicho que este reo está manco y con lo que declaren se vuelva a ver y botar. Y lo señalaron".

Tres días después, el Doctor Puelles Escobar, autor del dictamen por él firmado el 5 de octubre del año anterior, tan favorable para Alonso de Alarcón, declara por escrito y con su firma que "e visto por mandado de Vuestra Señoría a Alonso de Alarcón en las cárceles secretas de este Santo Oficio cerca de declarar si puede padecer tortura, y juzgo que en el lado izquierdo puede dársela, y no en el derecho, por quanto a tenido en él perlesía, y oy el brazo y mano derecha los tiene mancos...".

El mismo día presenta otro escrito semejante el también médico del Tribunal toledano Doctor Bermúdez, quien afirma que ha examinado al reo y opina "que el dicho podrá sufrir el tormento en el lado izquierdo y no en el derecho por quanto a mucho tiempo le tienen manco y a padecido en él perlesía, y podrá seguirse riesgo... ".

Habida cuenta de ambos informes médicos, los inquisidores a 10 de marzo de 1636 "dijeron que este reo sea puesto a cuestión de tormento ad arbitrium y se le dé en las partes que no estén baldadas". Pero esta decisión, tardó un mes exacto en hacerse efectiva. El 10 de abril el Tribunal llamó a Alonso de Alarcón y volvieron a preguntarle si tenía algo que declarar (esto es, que confesar en contra de sí mismo) para descargo de su conciencia. Ante la negativa del reo le advirtieron que habían decidido atormentarle, y le amonestaron a que dijera ser cierto haber proferido las blasfemias y faltas de respeto contenidas en la acusación fiscal. A esta primera amenaza el reo contestó:

"Pongan mucho de norabuena. Moriré en él. Yo no tengo de decir lo que no e dicho."

Y ya entonces el Tribunal emitió el auto o sentencia de tormento en los términos siguientes:

"Sentencia. Christi nomine invocato. Fallamos atentos los autos y méritos del dicho processo y indicios y sospechas que dél resultan contra el dicho Alonso de Alarcón que le devemos condenar y condenamos a que sea puesto a quistion de tormento, en el qual mandamos esté y persebere por tanto tiempo quanto a nos bien visto fuere, para que en él diga la berdad de lo que está testificado y acusado, con protestación que le hacemos que si en el dicho tormento muriere o fuere lisiado o se siguiera effusión de sangre o mutilación de miembros, sea a su culpa y cargo y no a la nuestra. Por no aber querido decir la berdad y por esta nuestra sentencia assí lo pronunciamos y mandamos en estos escriptos y por ellos. El Licenciado Pedro Díaz de Cienfuegos. Don Pedro Rosales".

Inmediatamente se le notificó al reo la sentencia de tormento, y sin pausa alguna se procedió a la práctica del mismo. A continuación transcribo, sin quitar ni añadir una sola palabra, las actas levantadas por el escribano en presencia del cual se sometió a tormento a Alonso de Alarcón. Después haremos algunos comentarios; pero de momento prefiero dejar al lector a solas con las actas procesales; ningún tipo de realismo literario es superior a este lenguaje frío, minucioso, preciso y descriptivo de los escribanos.

"Y con tanto, fue mandado llebar a la cámara de tormento, donde fueron los dichos señores inquisidores y el Ordinario, y estando en ella, fue amosnestado el dicho Alonso de Alarcón por amor de Dios diga la berdad y no se quiera ber en tanto trabajo.

Dijo.- No tengo qué decir. ¡Ay, moriré en el tormento! Mis hijas y mujer encomiendo a Vuestras señorías: que no tengo culpa en ello.

Fuele dicho que diga la berdad y no se quiera ber en tanto trabajo.

Dijo.- Que no tiene qué decir.

Fuele mandado desnudar, y estando aciendo, le fue dicho que diga la berdad.

Dijo.- No tengo qué decir.

Fuele dicho que diga la berdad antes de berse en el trabajo que le espera.

Dijo.- ¡Dios me faborecerá y la Virgen! Pero yo no tengo qué decir.

Y estando desnudo le fue mandado sentar en el banquillo y le fue dicho que diga la berdad.

Dijo.- ¡Ay, Señor! ¡Dios y la Virgen me balgan!

Y estándole atando le fue dicho que mire que le ynporta decir la berdad y descargar su conciencia.

Ligaduras en los braços. Adbertido el berdugo que el tormento a de ser solo en el izquierdo.

Dijo.- ¡Ay, Señor! Que no tengo que decir cosa ninguna. ¡Virgen Santísima! Mis hijas os encomiendo y mi mujer os encomiendo; que me lebantan testimonio. Pero soy tan pecador que no queréis hacer milagro.

Fuele dicho que diga la verdad.

Dijo.- ¡Ay, Dios mío! ¡Madre de Dios! ¡Ay, Señor! ¡Qué es berdad todo si me ponen asina! ¡Dios mío!

Fuele dicho que aora solo le están atando. Que diga la berdad sin decir otra cosa por miedo del tormento.

Dijo.- ¡Ay, Señor! Estése quieto. Todo digo que es verdad. ¡Déjelo, que todo es verdad!

Fuele dicho que diga qué es lo que es berdad.

Dijo.- ¡Señor, todo es berdad! Todo lo que me an leydo ayer, que no sé lo que es ni lo quiero.

Fuele dicho que diga la berdad. Y fue mandado salir el berdugo. Salió el berdugo.

Y dijo.- ¡Señor, todo será berdad, todo es berdad! ¡Por amor de Dios, que me quiten de aquí, que se me quiebra esta pierna! ¡Ay, Señor! ¡Doctor Rosales; que estoy sin culpa! ¡Ay, Senor míol ¡Todo es berdad y no tengo culpa! iVáyaseme leyendo, que todo es berdad!

Fuele dicho que diga específicamente qué es lo que es berdad.

Dijo.- IVáyaseme leyendo, que yo diré la verdad!

Fuele mandada tornar a leer la monición; y leyda, le fue dicho si es verdad...

La tortura sigue y el pobre tejedor termina condenado. Los que hayáis tenido la paciencia de llegar hasta aquí, os habréis dado cuenta de una de las características del proceso que lo hacían particularmente abyecto: el acusado desconocía tanto el delito del que era acusado como a los denunciantes, que gozaban, por tanto, de total impunidad. El reo no sabía de qué tenía que defenderse. La tortura les hacía confesar delitos que no habían cometido y que contribuían a incrementaban la gravedad de las penas. Si a ello sumamos la prácticamente absoluta arbitrariedad de los jueces y que los bienes de los condenados eran confiscados por la Iglesia, es fácil deducir la cantidad de abusos que se cometieron por parte de todos. Eran los tiempos gloriosos de la Iglesia.

Fuente: "El proceso penal". F. Tomás y Valiente.