LA REPRESIÓN CULTURAL.

I.- Introducción

Desde el ocaso presente de la cultura humanística en el Occidente europeo, resulta difícil imaginar cómo el humanismo, en su fase renacentista (que arranca del siglo XIV y culmina en el XVI), pudo entrañar peligro para la ortodoxia cristiana heredada de la Edad Media y ser perseguido por la Inquisición española. También lo fue en otros países por las instituciones que velaban por la integridad de la fe y el prestigio de la cultura eclesiástica tradicional: en París por la Sorbona, en Alemania y en los Países Bajos por las Facultades de Teología de Colonia y Lovaina.

Comprendamos que los humanistas, entusiasmados con su aprendizaje del latín clásico como medio de expresión más rico que los idiomas vulgares, y luego con sus flamantes estudios de hebreo y griego, lenguas de la Sagrada Escritura, no tardaron en sentirse partícipes de una cultura nueva y cultivar un sentimiento de superioridad frente a la rancia rutina escolástica, encastillada en las cátedras universitarias de filosofía y teología. Mientras las disciplinas escolásticas se divorciaban cada vez más de la realidad viva al exigir complicados tecnicismos de lógica formal, los humanistas, dados al estudio de los poetas y los historiadores la antigüedad greco?latina, pretendían asomarse a problemas permanentes de moral y de política. En las cortes y repúblicas de Italia ganaba importancia la clase social de los secretarios, necesitada de un repertorio mental más universal y laico que el reservado a los problemas teológicos y eclesiásticos.

Ya con Petrarca, padre del humanismo renacentista, la nueva cultura sintió la nostalgia de una sapiencia antigua con la espera de tiempos nuevos. Se lanzaron los humanistas a la exploración del hombre interior, y la visión de la historia que intentaron formular era la toma de conciencia polémica de una antropología opuesta al seco tecnicismo y cientificismo de los lógicos de Oxford y los físicos de la escolástica parisiense. Llegó una ocasión en que los discípulos florentinos de Petrarca lanzaron una ofensiva contra los "barbari Britanni". Y no había de cesar en dos siglos la acusación de barbarie proferida por los humanistas contra la escolástica tradicional y su lenguaje. Es más: no tardarían en afirmar su capacidad de gramáticos y filólogos para enseñar una nueva teología positiva fundada en lectura personal de la Biblia, acudiendo a los originales griegos, a las fuentes hebraicas. Lo cual implicaba el incluir la creencia en el nuevo horizonte de la visión histórica, y el criticar la tradición eclesiástica.

Maestro de estas tendencias fue, en el siglo XV, el gran filósofo y filólogo Lorenzo Valla: sucesivamente profesor en Pavía, secretario del rey D. Alfonso de Aragón y del Sumo Pontífice. No contento con formular anotaciones críticas al texto del Nuevo Testamento, deshizo con las armas de la erudición la patraña de la llamada Donación de Constantino, endeble fundamento seudo?histórico del poder temporal de los papas.

Ya, después del Concilio de Constanza, venían corriendo por Europa ecos en pro de la libre predicación de la Escritura, con los riesgos que implicaba para la reforma radical de la teología y del mismo sistema de los sacramentos: a lo largo del siglo XV cunde la crítica de la confesión auricular considerada como institución puramente humana, por carecer de respaldo en el Nuevo Testamento. Típica grieta del viejo edificio eclesiástico que el humanismo se complace en ahondar.