LA REPRESIÓN CULTURAL

VII.- La revancha de los bárbaros.

Ha llegado, pues, la hora en que los "bárbaros", satirizados por los humanistas desde hace poco menos de dos siglos, disponen en España de una máquina judicial eficaz para hacer siempre desaparecer, o por lo menos reducir al silencio a los hombres de valor cuya independencia y superioridad intelectual los molesta. Es evidente, además, que la coyuntura europea de movilización antiluterana permite que el celo farisaico de la medianía semiculta halle aliados en algunos ortodoxos nada bárbaros que sinceramente lamentan las imprudencias del gran Erasmo y sus secuaces.

En la apreciación de los calificadores del tribunal toledano de la Inquisición hubo de pesar menos en daño de Vergara la manía delatora del adocenado clérigo Diego Hernández que la dolida denuncia del Dr. Pedro Ortiz, teólogo de formación sorbónica, escandalizado por la terquedad con que Vergara sostenía que no se habían hallado errores en Erasmo, ni siquiera en el De esu carnium (crítica de las observancias alimenticias del catolicismo), ni siquiera en la Exomologesis (crítica del valor trascendente de la confesión auricular).

Llegó a intervenir entre los delatores del acérrimo erasmista otro teólogo de la misma tendencia: el propio benedictino Fray Alonso de Virués, traductor de los Coloquios de Erasmo al español, que también llegó a ser denunciado y procesado. Además había cometido Vergara el imperdonable delito de burlarse de las normas procesales del Santo Oficio, del secreto de sus cárceles, atreviéndose a corresponder clandestinamente con su hermano Tovar cuando le servía de abogado. ¿Cómo podía no ser condenado hombre bastante independiente para atreverse a ser "impedidor" del Santo Oficio o "fautor" de herejes? Lo fue, en efecto, con moderada severidad, a abjurar de Vehementi (de una "vehemente sospecha" de herejía) y a unos años de reclusión que cumplió primero en un monasterio y luego en el recinto de la catedral a cuyo cabildo pertenecía. Sufrió casi cuatro años de privación de libertad entre prisión preventiva y cumplimiento de la pena.

Otras muestras de la represión moderada que ejerció la Inquisición española, siendo D. Alonso Manrique inquisidor general, contra los erasmistas más destacados, fueron los procesos de Fr. Alonso de Virués (ya mencionado como testigo de cargo en el de Vergara) y del anciano Pedro de Lerme, ex canciller de la Universidad Complutense. Hasta es de notar que los canónigos de Sevilla que desviaron su fundamental erasmismo hasta simpatizar con la doctrina protestante de la justificación por la fe sola, siendo tan influyentes predicadores como Juan Gil y Constantino Ponce de la Fuente, también fueron tratados con relativa longanimidad y clemencia, que contrasta con la saña de la represión llevada a cabo contra los supuestos judaizantes. El mismo Índice de libros prohibidos, promulgado en 1559 por el Inquisidor general Valdés se contentaba con vedar los libros de Erasmo más discutidos sin prohibir la totalidad de su obra como el Índice romano de Paulo IV.

Sin embargo sería error grave pensar que el humanismo crítico y el erasmismo, después del primer tercio del siglo XVI, gozaron, al amparo de la Inquisición, de un clima favorable en España. Baste recordar los engorrosos procesos que tuvieron que aguantar después de 1572 los ilustres hebraístas de la Universidad de Salamanca, Fray Luis de León, Martín Martínez de Cantalapiedra, Grajal, denunciados por colegas suyos teólogos como detractores de la Vulgata eclesiástica de la Biblia y aficionados a las interpretaciones literales rabínicas del Antiguo Testamento con una preferencia que olía a judaísmo. Le costaron al gran Fray Luis de León cuatro años de proceso y reiteradas probanzas para que reconocieran los jueces su inocencia y buena fe de filólogo y le dejaran por fin salir absuelto de la cárcel. No se olviden tampoco las persecuciones que padeció en su vejez, a últimos del siglo XVI, el mayor gramático-lingüista que enseñó en la España renacentista, Francisco Sánchez de la Brozas. Así le hicieron pagar al Brocense la independencia de su doctrina fliológica frente a la escolástica trasnochada y las irreverencias de tono erasmiano con que se burlaba de frailes incultos.