UNA IGLESIA CADA DÍA MÁS ARROGANTE Y REACCIONARIA

Muy a pesar de todo lo que se ha escrito sobre esta colectividad rapaz y mistificadora, no es todavía suficiente. Y sería necesario que todos los días de nuestra existencia le prestásemos la atención que sus malvadas intenciones merecen. Históricamente es conocida por su mal hacer. No es cosa de hoy: ya tiene diecisiete siglos de ignominias y sangre. Y cada día que pasa se dan pruebas de que siguen insatisfechos. Nunca han dicho tener bastante; siempre tienden la mano para obtener o robar, pero jamás para dar.

Después de la muerte del enano de la venta, y debido a la inmensa responsabilidad que tuvo en el inmenso crimen cometido, pareció haber perdido un poco de su prestancia, de esa arrogancia avasalladora que tuviera siempre. Parece ser que llegó a pedir "perdón" por lo que ellos consideraron que fue en aquel momento su responsabilidad. Pero esta gente lleva siempre, como buenos jesuitas, dos velas encendidas para no quedarse a oscuras y alumbrar así a dios y al diablo, que de los dos comen. Es así como hemos podido constatar el modo en que han ido recuperando su natural arrogancia, sus deseos de poder.

No sería porque Alfonso Guerra dijese que las ramificaciones de la Iglesia iban adquiriendo mucho poder, pues él y sus compañeros no hicieron nada que lo impidiera. Esas palabras no hicieron a la Iglesia perder su serenidad ni renegar de sus intenciones. Conocía bien el valor de aquellas palabras dichas en un momento determinado por un político, pues muchas veces ha sido su maestra. Sabe a qué atenerse y de qué manera franquear los escollos diarios.

Pero ninguna de estas pequeñas incidencias le hace perder el norte de sus decisiones, de sus intereses y de la forma de conseguirlos. A través de su larga y negra historia no han sido pocas las formas y maneras que ha sabido emplear para obtener siempre lo deseado. Unas veces porque sus lacayos han estado en el poder; otras, porque hombres sin principios, pensamientos ni personalidad han ocupado el puesto ambicionado y desde él han servido, consciente o inconscientemente, a los enemigos más encarnizados que la libertad y la dignidad del país haya podido tener.

Ahí los tenemos en la actualidad: obedeciendo al Papa más reaccionario y demagógico que la Iglesia ha tenido desde la muerte de Pío XII, van siguiendo al pie de la letra las disposiciones por él dictadas. No han sido pocas las protestas que ha motivado desde todas partes la conducta de ese hombre. Sus concepciones de otra época han producido las reacciones merecidas. Persiste impertérrito y la Iglesia española, que de siempre fuera la más retrógrada de Europa, le acompaña en ese mal hacer del que ella fuera buena discípula.

Observémoslos encerrados en ese armazón de su arcaísmo natural. Nada han querido saber del aborto, de las relaciones sexuales libres, del divorcio o de la eutanasia, habiendo llegado a amenazar con la excomunión a quienes tales cosas hicieran o a ellas se prestaran. Aún estamos a la espera de que su "santidad", que siempre va haciendo esa miserable propaganda llena de jesuitismo y falsedad, se decida a excomulgar a alguno de los grandes criminales que se denominan católicos. No le merece a su "santidad" ninguna consideración lo hecho por Videla, Trujillo, Salazar, Somoza, Franco o Pinochet. Nadie ignora que todas esas hienas eran excelentes hijos de la Iglesia. No solamente no han ido excomulgados, sino que no se ha renegado nunca de ellos. El apego de la Iglesia al poder y sus ramificaciones, unido a la falta de verdaderos valores éticos y humanos, le ha permitido aceptar en su seno a seres tan depravados como los mencionados ¿Qué dice la Iglesia de ellos?

La Iglesia se ha opuesto al divorcio porque ello significa la desobediencia al compromiso contraído con Dios. Lo que une Dios no lo pueden romper los hombres, nos dicen nuestros santurrones. La felicidad o desgracia de los humanos es cosa que los deja indiferentes. Lo esencial es lo que a ellos les interesa: que la obediencia sea total y para siempre, no momentánea y circunstancial. El amor o indiferencia de un ser hacia otro no puede entrar en los cálculos maquiavélicos de la Iglesia si no aporta beneficios. No le interesa a la Iglesia la libre decisión del ser humano; al contrario, de sobra sabemos que siempre le impuso su obediencia, su supeditación. Eso de "cree y no pienses" ha permanecido vigente a través de los siglos.

La Iglesia se ha opuesto al uso de los preservativos en una época en que es tan considerable el peligro del sida. Ante ese inmenso drama, en el que la humanidad puede caer en el abismo, en el que podemos ver a África devorada por esa terrible enfermedad que va destruyendo a millones de seres, esa mafia repugnante no se muestra partidaria de ceder en su propio arcaísmo. Afortunadamente, en ese aspecto como en otros muchos, los propios católicos se muestran contrarios a esa cerrazón mental, y obran según sus conciencias o intereses, sin tener en cuenta las indignas amenazas que pueda lanzarles la Iglesia.

Como consecuencia de su conducta, y ella misma lo admite, las iglesias son menos frecuentadas y los deseos de llevar sotana han disminuido enormemente. Es natural y lógico que una buena parte de la juventud rechace esas aberraciones de otra época y busque otra solución a sus necesidades.

Junto a estos hechos, podemos comprobar que la Iglesia no ha perdido su vocación de eterna pedigüeña. Pero es una pordiosera que no implora, sino que exige e impone mediante diversos procederes sus bajos intereses al propio Estado. La muy santa madre Iglesia tiene que vivir, y para ello los españoles deben trabajar, sudar y hacer riquezas, de las que ella disfrutará sin escrúpulos, con esa arrogancia moral que la caracteriza desde tiempos inmemoriales. España ha sido siempre colonia suya y nadie tiene derecho a negarle los beneficios de su feudo.

Frente a una conducta como esa, observada por todos pero aceptada con silencio cómplice, nosotros debemos ocupar el puesto que siempre fue el nuestro. No podemos quedarnos silenciosos ante tal actitud. La Iglesia ha sido siempre nuestro peor enemigo, y no sólo por su mistificadora existencia, sino por ser siempre beligerante en todos los dramas sangrientos de nuestra historia, en los que ha sido uno de los puntales más firmes.

Ante esa arrogancia avasalladora, ante esa pretensión inmoral, se nos impone, por nuestra ética, hacer todo lo que esté a nuestro alcance para combatir a una institución que históricamente ha demostrado ser la más grande enemiga de nuestras libertades y de los derechos fundamentales del individuo en toda la extensión de la palabra. Es mucho lo que se puede decir sobre esta negra colectividad, pero consideramos que lo ya manifestado basta para dar a conocer nuestras inquietudes y también nuestros derechos y deberes.

Cayetano Zaplana - Tierra y Libertad, nº 197