AYATOLA, NO ME TOQUES LA PIROLA (por Antonio López del Moral Domínguez)

Estoy alucinando bastante con lo del cómic danés y las protestas musulmanas. Con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho, y me da exactamente igual que los clérigos de los cullons lleven sotana o chilaba y turbante, el caso es que en el momento en el que se permite que la idea de Dios se filtre por las rendijas del pensamiento racional, ese concepto abstracto se va inmiscuyendo cada vez más en los asuntos de la vida cotidiana, hasta que llega a desplazar por completo al pensamiento racional, y hasta al pensamiento mismo. El hecho religioso, sea del signo que sea, y entendido en su vertiente social (no estoy hablando de la fe como asunto íntimo), es el cáncer más peligroso de la civilización, porque ante la perspectiva de un Dios
plenipotenciario, omnipresente y absoluto, ¿cómo se le van a oponer ideas tan simples y humanas como la de la libertad de expresión? Creo sinceramente que no estamos apreciando el peligro en su justa medida. Cuando un indeseable con el cerebro entumecido por la fe y borracho de perspectivas ultraterrenales es capaz de lanzar una condena a muerte desde el púlpito, y su locura es aceptada por miles de fanáticos dispuestos a ejecutarla a la menor oportunidad, ya no estamos hablando de cuestiones íntimas, de ideas y creencias, o de la salvación del alma: estamos hablando ni más ni menos que de crimen organizado.

Crímenes organizados los hay de muchos tipos, como los que montaron los asesinos de Bush, Aznar, Blair y Berlusconi en Irak, o como los que organiza a diario el estado terrorista de Israel en Palestina, pero el hecho de que de aquellos polvos vengan estos lodos, es decir, que el resurgimiento del fanatismo religioso islámico sea una consecuencia del fanatismo capitalista (y también religioso cristiano, no nos engañemos), no significa que una sociedad laica deba aceptar imposiciones dictadas desde el territorio ambiguo y peligrosísimo de la religión.

Y me refiero a cualquier tipo de religión, no sólo de la musulmana. En Occidente ya tenemos bastantes problemas causados por las injerencias en la vida cotidiana de obispos, cardenales, paparatzingers, curillas y meapilas que reprimen patéticamente su homosexualidad, como para encima tener que aguantar las estupideces absolutistas de cuatro ayatolahs. El pensamiento occidental superó por suerte la etapa filosófica de Guillermo de Ockham, que proclamaba la "potentia absoluta Dei" como sistema de comprensión de la realidad, y cuando ya parecía que avanzábamos, resulta que va a ser que no, oiga, que ahora va usted a legislar lo que yo le diga, así que olvídese del matrimonio homosexual, aunque sea matrimonio civil, olvídese de la educación laica, que los colegios son cosa de curas, no me toque el chador, que las mujeres no deben enseñar el rostro, y no me hable de eliminar la ablación del clítoris, que el placer femenino está prohibido por Dios. Olvídese, en suma, de la moral agnóstica, que el conocimiento, y por ende, las leyes, las dictamos nosotros por la gracia del Único.

Cuando digo que esto es peligrosísimo, a las pruebas me remito: se empieza montando manifestaciones y se termina lanzando cócteles molotov contra una embajada porque en el país que representa se ha publicado un cómic en el que aparece el Profeta. La religión no es ya que sea el sustituto natural de la cultura y de la razón, es que es ni más ni menos que un trasplante cerebral consentido, voluntario, y con efectos psicoactivos. Ya que se están poniendo en Europa tan coñazos con lo del tabaco, deberían poner a la entrada de las iglesias, las mezquitas y las sinagogas un cartel que rezase (nunca mejor dicho): "las Autoridades Sanitarias advierten que el uso de la religión es peligroso para la salud mental".

Y que conste que cuando leí que Hamás había ganado las elecciones en Palestina, no pude reprimir un sordo sentimiento de alegría. Yo sigo siendo de esos que piensan que "con las armas en la mano, Palestina vencerá", creo que con Israel no hay que negociar, porque para negociar debe darse una igualdad de posiciones y un equilibrio de fuerzas, y no lo hay, creo que a Israel sencillamente habría que obligarle por las buenas o por las malas a acatar la legalidad internacional. O sea, que Israel me parece un estado terrorista, igual que los USA, así que cuando leí lo de Hamás me dije: "hombre, por fin,". Pero luego me puse a pensar, y llegué a la conclusión de que lo que aquí se está dirimiendo, además de asuntos de dinero y poder, como siempre, es la guerra entre las tres grandes religiones: el cristianismo, el judaísmo y el islam. O sea, como siempre.

Si examinamos las guerras que se han dado en el mundo durante los últimos siglos, veremos que en casi todas ellas aparece de forma más o menos destacada la cuestión religiosa. La religión, que proclama farisaicamente la paz, es paradójicamente la principal causa de guerras en el mundo. Porque la religión, que proclama hipócritamente el amor, en realidad siempre termina sirviendo al odio. Porque la religión, que proclama farisaicamente el desapego hacia lo material, en realidad sirve a los intereses terrenales de los más fuertes, y no es otra cosa que un instrumento de control social y manipulación y una muy rentable fuente de ingresos económicos. Porque la religión, o sea, lo único que pretende es que sean los otros quienes se desprendan de sus bienes, pero sólo para que los obispos y los ayatolahs puedan seguir viviendo como curas a costa de la estulticia de los feligreses.

El asunto del cómic me parece mucho más importante de lo que pueda parecer a primera vista. ¿Por qué los agnósticos, ateos y laicos debemos permitir que los religiosos nos digan lo que tenemos que hacer, y en cambio ellos no nos permiten salirnos ni un milímetro del guión? ¿Por qué, si la religión proclama la Potencia Absoluta de Dios sobre las leyes humanas, no podemos los no religiosos proclamar la superioridad de esas leyes sobre los asuntos de la religión? En definitiva, ¿por qué los curas pueden decir lo que les de la gana desde los púlpitos y los minaretes, pero desde los periódicos y medios de comunicación nadie puede decir nada sobre ellos, porque, oye, es que te lanzan una fatwa y te joden la vida? A mí me ofende muchísimo que Ratzinger diga que los homosexuales son desviados (y que Rajoy le apoye oponiéndose al matrimonio gay, tiene cojones. No te acerques, que me tiznas, dijo la sartén al cazo), que el imán de Fuengirola explique cómo pegar a la esposa, o que en ciertos países musulmanes se practique la censura más inquisitorial. Me ofende mucho, pero, oiga, como creo eso que decía Clint Eastwood de que las opiniones son como el culo, todo el mundo tiene una, pues me aguanto. El problema aparece cuando surgen miles de iluminados que no se aguantan, y que pretenden imponer por la fuerza o por la fatwa su visión de la realidad. Y eso sí que no, oiga.

Así que reivindico mi derecho a cagarme en Dios, en todos los dioses, y si alguien se ofende, que le vayan dando. Reivindico la ofensa de pensamiento y palabra (no de obra) como parte fundamental de la libertad de expresión, y como sano ejercicio democrático. Reivindico mi derecho a que nadie me diga o me imponga lo que hacer o pensar. Y reivindico también esa vieja frase de Durruti, lamentablemente olvidada: la única iglesia que ilumina, es la que arde.

Antonio López del Moral
(Las ilustraciones corresponden a dos de las que levantaron la polémica al publicarlas un diario danés).