EL CEREBRO ES LA NUEVA ALMA

¿Qué es el cerebro? Esta es la pregunta que hizo la revista EL CIERVO al neuropsicólogo Pablo Duque confiando que con su respuesta nos ilustrara acerca de los últimos descubrimientos alrededor de este órgano. Creíamos -dice la revista- que Duque San Juan nos explicaría cómo el cerebro dirige ordenadamente el resto de nuestro cuerpo. Sin embargo, para nuestra sorpresa, en este certero artículo nos detalla cómo los neurocientíficos están ya mucho más allá, buscando en el cerebro respuestas a preguntas que hasta ahora imaginábamos sin solución. De ahí que se atrevan a decir que el cerebro es la nueva alma. ¿Lo será?

E1 13 de septiembre de 1848, Phineas Gage, un obrero de la construcción ferroviaria, sufrió un terrible percance. Cuando se disponía a dinamitar una gran roca utilizando una barra de acero de un metro de longitud y dos centímetros y medio de diámetro, explotó antes de lo esperado y le atravesó la porción anterior del cráneo y, consecuentemente, del cerebro. Contrariamente a lo que se pueda pensar, no murió. Los investigadores que más han estudiado el caso de forma retrospectiva (Antonio Damasio y Hanna Damasio) y el médico que le atendió entonces, John Harlow, supusieron y suponen que el calor de la barra hizo que la herida cicatrizara.

Tras este suceso, Phineas Gage, hasta entonces un responsable padre de familia, trabajador y ciudadano ejemplar, se convirtió en otra persona. Su personalidad cambió y su función intelectual se trocó en disfunción. En palabras de Harlow, "Gage ya no era Gage". Se volvió una persona dudosa, insegura, caprichosa, con poca planificación de sus acciones y de las consecuencias futuras, blasfemo (siendo una persona de gran religiosidad previa), inoportuno, desinhibido sexualmente, incapaz de mantener una tarea durante el tiempo necesario. Siguiendo con palabras de Harlow, "un niño en su capacidad intelectual y manifestaciones, tiene las pasiones animales de un hombre fuerte".

Fue una desgracia como cientos de desgracias que ocurren diariamente. Una desgracia y una gran suerte para la psicología y para la neurociencia en general.

Por fin existía una evidencia más allá de supuestos mecanismos psicológicos profundos y no sustentados por ninguna teoría seria ni demostrable, que nos hacía saber que en el cerebro residían los sustentos de la personalidad y lo que actualmente se conoce como funciones ejecutivas, lo que nos hace humanos y nos diferencia de otros animales: planificación, organización, razonamiento, abstracción, previsión, toma de decisiones.

¿Qué es el cerebro? Buena pregunta. Podría comenzar por describir su anatomía, fisiología y mecanismos químicos, pero eso es tarea fácil y se puede encontrar en cientos de libros, además de comprender que no creo que interese por lo genetal a los no científicos.

Esto no es fácil de entender

Comencemos por los cimientos. Vayamos de lo fácil a lo difícil, de lo evidente a lo que no lo es tanto.

Como todo órgano del cuerpo (hablamos tan sólo del cuerpo humano), el cerebro tiene sus funciones. No es difícil comprender que la respiración es una función de los pulmones y que la digestión lo es del aparato digestivo. Incluso somos capaces de pensar, quizá porque lo hemos visto en algunas ocasiones, que el movimiento y el tacto se pueden ver mermados por una lesión en el cerebro. Sin embargo, entender que lo llamado "mental" (el pensamiento, la memoria, el razonamiento) es una función del cerebro no es tan fácil. ¿Cómo puede la materia realizar operaciones no materiales? ¿Cómo puede el cerebro guardar información como el armario guarda la ropa? Seamos sinceros. Esto no es tan fácil de entender.

Hipócrates señaló en el siglo IV a. C. -con gran acierto, diría yo, y con casi ningún medio para decir lo que dijo más allá de su razonamiento- que "los hombres deben saber que es del cerebro, y sólo del cerebro, de donde surgen nuestros placeres, alegrías, risas y bromas, así como nuestras penas, dolores, tristezas y lágrimas. Concretamente, a través de él, pensamos, vemos, oímos y distinguimos lo feo de lo hermoso, lo malo de lo bueno, lo agradable de lo desagradable. Es lo mismo que nos vuelve locos o delirantes, nos inspira miedo o pavor, ya sea de día o de noche, nos produce insomnio, errores inoportunos, preocupaciones sin sentido, falta de motivación y actos contrarios a nuestros hábitos. Estas cosas que sufrimos proceden todas del cerebro". Dos mil años después, psicólogos, médicos, filósofos y cualquiera que quiera pensar sobre el cerebro y sus funciones -la realidad, al fin y al cabo- no nos aclaramos y seguimos cayendo una y otra vez en discusiones sin sentido y en hipótesis sin ciencia.

Repasemos la historia reciente y saquemos algunas conclusiones.

Una historia de lesiones

Franz Gall, un fisiólogo del siglo XVIII creyó que las funciones mentales estaban localizadas en determinadas zonas cerebrales y no en otras. Algunos hallazgos posteriores, como el del médico Paul Broca en 1861, insinuaron que esa apreciación de Gall podría ser correcta. Broca encontró la misma lesión cerebral (en cuanto a localización) en varios pacientes y todos perdieron la capacidad del habla conservando la facultad para entender.

Wernicke, un colega de Broca, diez años más tarde, documentó varios casos de pérdida de la capacidad para entender el lenguaje, conservando la capacidad para el habla (aunque ésta fuera ininteligible). Todos, al igual que en los casos de Broca, tenían la lesión situada en un mismo lugar.

Tanto Broca como Wernicke encontraron las lesiones en la parte izquierda del cerebro, en lo que se conoce científicamente como hemisferio izquierdo.

Así pues, se iniciaba el camino para lograr sustentar las funciones intelectuales en zonas concretas del cerebro.

La comunidad científica del siglo XIX se ilusionó con la idea de encontrar "centros específicos" en el cerebro que realizaran funciones específicas a nivel intelectual (las funciones motoras y sensitivas ya no les apasionaban; todos tenían claro que el cerebro tenía centros que hacían posible el movimiento y el tacto). El lenguaje y las zonas del cerebro del hemisferio donde se producía tomaron relevancia durante un tiempo, hasta que el gran neurólogo John H. Jackson, a mediados del siglo XIX, supuso que "si está probado por la experiencia que la facultad de expresión reside en un hemisferio, no es absurdo plantear la cuestión de si la percepción -su correspondiente opuesto- puede estar situada en el otro". Y no se equivocó.

En 1935, Weisenberg, un psicólogo experimental, examinó con 40 pruebas psicológicas diferentes a más de 200 pacientes con distintas lesiones cerebrales. Sus resultados fueron convincentes. Los pacientes que tenían lesiones localizadas en el hemisferio derecho realizaban mucho peor los test llamados "no verbales", es decir, localización en el espacio, detección de formas y tamaños, geometría, orientación. Muchos casos más de pacientes con lesiones en el hemisferio derecho sustentaron la idea de Jackson y los hallazgos de Weisenberg.

Ahora bien, estaba claro que las dos partes del cerebro -el hemisferio derecho y el izquierdo- realizaban diversas funciones. La pregunta obligada fue lanzada por filósofos, psicólogos y médicos, entre los que cabe destacar a Fechner y McDougall, del siglo XIX: ¿Por qué están unidos ambos hemisferios por un haz enorme de fibras? ¿Es necesario? El cuerpo calloso es ese haz enorme de fibras que une cada hemisferio, como una autopista de fibras.

Pues bien, el psicólogo Roger Sperry y su alumno Ronald Myers; contestaron a esa pregunta a mediados del siglo XX, lo que le valió a Sperry obtener el premio Nobel de Medicina en 1981. Enseguida volveremos sobre al genial Sperry.

Los neurocirujanos Vogel y Bogen, en 1960, cortaron el cuerpo calloso a pacientes que tenían cuadros epilépticos que no cedían con fármacos y que les hacían la vida un verdadero calvario. Con ello, lograban que el "cortocircuito" que producía el cuadro epiléptico se quedara sólo en un hemisferio y no pasase al otro, con lo cual ya era más controlable la epilepsia. A simple vista, los pacientes no tuvieron secuelas posteriores y las crisis epilépticas habían desaparecido. Era un éxito. Y todo éxito tiene su contrario.

Sperry, con inteligentes experimentos, demostró que -dejemos que él hable- "cada hemisferio tiene sus propias sensaciones, percepciones, ideas y pensamientos particulares, todos ellos aislados de las correspondientes experiencias en el hemisferio opuesto. Cada hemisferio, derecho e izquierdo, dispone de su propia cadena privada de recuerdos y experiencias aprendidas cuya evocación está vedada al otro hemisferio. En muchos aspectos, cada hemisferio desconectado parece tener una mente independiente propia".

Quién dirige la orquesta

¿Qué hemos dicho hasta ahora? Sólo dos cosas. En primer lugar, que los dos hemisferios del cerebro realizan diversas funciones mentales y, en segundo lugar, que necesitan estar unidas para el correcto funcionamiento cerebral.

Una vez más, la pregunta obligada por el razonamiento es la siguiente: ¿quién controla todo esto? ¿Quién hace que la percepción, el lenguaje, la memoria, la atención y otras funciones mentales se coordinen y puedan hacer que el ser humano siga un patrón coherente con lo que se supone que es la realidad? ¿Quién dirige, en palabras de Elkhonon Goldberg, la orquesta?

Pues bien, el lóbulo frontal, la parte más anterior del cerebro, la que se le lesionó a Phineas Gage, se dedica a dirigir todo lo que ocurre en el cerebro y también es el sustento de lo más "elevado" que existe en el ser humano y que -según algunos teóricos- es lo que realmente diferencia al hombre del resto de los animales.

Aunque las funciones intelectuales están más o menos "repartidas" por el cerebro, se sabe que se producen con normalidad gracias a distintos centros del cerebro, distintos lugares que realizan diferentes aspectos de una misma función, como si fuera una cadena de montaje. Aún así no pierde vigencia ni es descabellado pensar que el cerebro está organizado de una manera más o menos "fija": zonas para unas funciones o subfunciones concretas y no para otras.

Pero la pregunta más importante que tiene que contestar el ser humano no es "¿qué es el cerebro?", sino "¿cómo es posible que el cerebro haga lo que hace y sigamos viviendo sin preocuparnos por ello?". Me explicaré.

Hemos hablado de las funciones intelectuales. Las hemos situado en el cerebro. En ciertos lugares más o menos específicos. Aunque comprender que, por ejemplo, la capacidad para buscar soluciones a un problema depende de un conjunto de neuronas que tiene contacto con otros conjuntos de neuronas es algo difícil -por no decir imposible-, entender que la autoestima o poder discernir el bien del mal depende también de un conjunto de neuronas es algo casi impensable.

Entonces, ¿podemos situar también en el cerebro algo tan psicológico como la melancolía, los celos o la seguridad en uno mismo? La respuesta, desgraciadamente (algunos podrán pensar que agraciadamente), sigue siendo sí.

Volvamos a nuestra pregunta. Haciendo el cerebro todo lo que hace, ¿cómo no nos preocupa? Es decir, si sabemos que, por ejemplo, discernir el bien del mal es un problema, en primer y último término, cerebral, ¿cómo nos siguen preocupando, por ejemplo, conceptos como pecado, culpa o remordimiento? Si sentir cualquiera de estas emociones depende del funcionamiento del cerebro, lo que hacemos para no tenerlas también depende de él: ¿existe la culpa más allá de un tipo de funcionamiento cerebral concreto? Entre otros, Phineas Gage nos demostró que anulando ciertos centros cerebrales el ser humano no vuelve a sentirla.

Entonces, ¿dónde queda nuestra libertad? ¿Cómo tenemos esta sensación de libertad si es imposible que superemos los límites biológicos que nos impone nuestro cerebro? Sin duda, es un misterio.

Todo tiene un correlato cerebral. Es decir, cualquier función humana tiene un sustento -en primer o último término- en el cerebro. ¿Significa eso que el cerebro lo es todo y que nada existe más allá de esta materia y de su funcionamiento? En absoluto. Que el cerebro realice ciertas funciones y que sea sustento de lo más elevado que existe en el ser humano nos habla principalmente de lo limitados que somos y, al mismo tiempo, de la potencialidad que podríamos tener (resuena en mis oídos la frase tan manida por científicos y no científicos de que "no hemos desarrollado ni un 15 por ciento de nuestro potencial cerebral"; ¿acaso alguien sabe al cien por cien para poder afirmarlo? Necedad de necedades). Que todo tenga un sustento en el cerebro no significa que todo sea cerebro.

La ciencia tiene por objeto el conocimiento, por encima de cualquier condicionante. Uno de los retos de la neurociencia consiste en encontrar las zonas y las sustancias cerebrales implicadas en distintos procesos psicológicos para así poder encontrar remedio a ciertas disfunciones. Así, la agresividad o la falta de control de los impulsos tienen una causa que, en último término, es cerebral. Encontrar su "lugar", un déficit en alguna sustancia que los hace posible o variables psicológicas que hacen que el cerebro se descontrole, es avanzar hacia lograr una sociedad mejor. Igualmente, encontrar los sustentos cerebrales de la religiosidad, la moral o la espiritualidad, es poder ayudar a muchos a ser mejores en sus creencias o liberar a muchos de su yugo.

Es la era del cerebro. Cada vez son más sutiles los métodos para estudiarlo. Científicos de diferentes disciplinas (biólogos, informáticos, psicólogos, médicos, filósofos, químicos, físicos) intentan comprenderlo para imitarlo. Nadie quiere perder su parte del pastel. Las revistas sobre el cerebro se cuentan por cientos y las publicaciones por miles. Hay cientos de másters, cursos y congresos sobre el cerebro. Nietzsche dijo alguna vez que todos los seres humanos hablamos de tres cosas sin tener conocimiento de ninguna de las tres: la salud, el tiempo, y el bien y el mal. Quizá debió añadir el cerebro a su lista.

El ser humano necesita respuestas. Día a día la realidad nos obliga a preguntarnos quiénes somos, qué queremos, cómo nos sentimos y cualquier otra pregunta, unas más existenciales y otras menos. Y para ello, pensamos. Pensamos una y otra vez, sin descanso, buscando la respuesta. Y pensamos poniendo en marcha la memoria, el razonamiento, la percepción, las emociones: el cerebro, al fin y al cabo. El cerebro, que es el órgano que sustenta todo lo que la filosofía antigua creía una potencia del alma. El cerebro, del que mucho se dice y casi nada se sabe. El cerebro, que nos sorprende a los neurocientíficos y a los no neurocientíficos día tras día y sobre el que nos da miedo aprender porque caerían muchas invenciones del ser humano, porque descubriríamos quién mueve los hilos de la realidad, porque sabríamos quiénes somos (¿y quién quiere saber realmente quién es?).

Conocer el cerebro es conocer, en parte, la esencia del ser humano. Queramos o no, es en el cerebro donde residen las facultades más "elevadas" del ser humano, el lugar elegido por Dios o la evolución para entender el mundo, a otros seres humanos y a nosotros mismos.

Pablo Duque San Juan (Neuropsicólogo). Revista EL CIERVO. Nº 648. Marzo 2005