¿DÓNDE ESTABA LA IGLESIA?

En España, en el año 1936 y como consecuencia de un golpe de estado, los españoles se enfrascaron en una guerra civil, contienda bélica ésta que es una de las peores que se puede dar, siempre que fuera posible establecer una graduación del sufrimiento que causan estas situaciones. Guerra civil donde la crueldad alcanzó cotas desproporcionadas pues era una contienda de hermanos contra hermanos, amigos contra amigos, vecinos contra vecinos, en definitiva, de españoles contra españoles, y en la que, por el carácter doméstico de la misma, lo personal se confundía con lo político.

Y en estas dramáticas circunstancias, ¿qué hizo la Iglesia Católica? ¿Acaso predicó la paz en el frente, en las ciudades, en los pueblos, en las fábricas, y en los campos? O ¿instó a dejar las armas y acabar con el enfrentamiento por la vía de la palabra, el diálogo o el acuerdo? Todo lo contrario. La Iglesia Católica se puso de lado de quienes se alzaron en armas contra el Estado de Derecho y santificó, bautizándola como cruzada, la causa del exterminio de los enemigos de España, que no eran más que otros españoles. Y, acabada la guerra con la victoria de los facinerosos, frente a la terrible represión y genocidio que éstos desataron, ¿qué hizo la Iglesia Católica? ¿Acaso predicó el perdón y la misericordia con los vencidos? Todo lo contrario. Se alineó con los vencedores, bendijo la muerte, la represión, la exclusión, la deportación, la degradación, la tortura, el exilio, los juicios sumarísimos sin garantías, la pena de muerte, o ejecución, como se dice en las sentencias, de políticos, médicos, catedráticos, profesores, maestros, escritores, músicos, labradores, obreros, albañiles, actores o peones de campo, no sólo por exaltar la causa roja o ser republicanos, masones, socialistas, comunistas, anarquistas o liberales conservadores sino, también, por no haberse sumado a "su" causa política de la cruzada por la salvación de España. En definitiva, en esos momentos dramáticos, trágicos, duros, penosos, lamentables y que dejaron heridas que perdurarán eternamente ¿qué hizo la Iglesia Católica? ¿Acaso utilizó los púlpitos en defensa del derecho a la vida de quienes eran condenados a muerte? O ¿acaso salió en defensa de las familias rotas por las encarcelaciones, las deportaciones o las ejecuciones?

Acabada la guerra civil, y sobre todo, acabada la segunda guerra mundial, sin que las potencias vencedoras decidiesen intervenir en España -podrían haberlo hecho por las mismas razones por las cuales el muy católico José María Aznar, envió soldados españoles a la Guerra de Irak-, la dictadura se consolidó políticamente y los españoles sufrimos, hasta la muerte del dictador, un régimen político en el que estaban prohibidos y, por lo tanto, perseguidos y penalizados, derechos humanos básicos como la libertad de expresión, de reunión, de asociación o de sindicación. Durante cuarenta años se persiguió, condenó, encerró y mató a ciudadanos por luchar contra una dictadura, que, como toda dictadura, era irracional, injusta y degradante porque negaba los derechos humanos de las personas y durante ese largo, larguísimo, periodo de tiempo ¿qué hizo la Iglesia Católica? ¿Cuántas veces instó a los jueces del Tribunal de Orden Público, que juzgaba las causas políticas, a alegar la cláusula de conciencia para no tener que aplicar unas leyes que atentaban a la dignidad de las personas? O ¿cuántas manifestaciones convocó y encabezó para exigir la libertad de los presos políticos? O ¿acaso defendió la dignidad como personas de los homosexuales que, por el hecho de serlo, se les perseguía y condenaba por vagos y maleantes?

Y ahora, desde sus púlpitos y desde sus medios de comunicación (radios, televisiones, revistas, periódicos, etc.) atacan, fustigan e intentan deslegitimar socialmente las decisiones tomadas por los representantes de la soberanía popular, cuando, para más escarnio, la Iglesia Católica todavía no ha pedido perdón por el sufrimiento causado a todos los españoles y a todas las familias destrozadas por una guerra, en la que participó santificándola, y por una dictadura que alentó, bendijo, y sostuvo. Pero, además, ¿cómo se atreven a levantar bandera de derecho alguno cuando la Iglesia Católica es una sociedad cerrada en donde sus seguidores carecen del mínimo derecho democrático de elegir a sus dirigentes -por no saber no saben ni las reglas por las que se eligen-, o cuando en la Iglesia Católica las mujeres son discriminadas y tratadas como católicas de segunda clase, o cuando la Iglesia Católica ha convertido la educación en objeto de negocio y de perpetuación de su poder político terrenal, o cuando la Iglesia Católica oculta, tras espesas cortinas de silencio y caras indemnizaciones, la pederastia de algunos de sus miembros?

Hace unos días el jesuita José María Díez Alegría decía: Por su complejidad y tamaño, la Iglesia Católica necesita una base económica que, de manera inexcusable, le hace solidaria con los intereses del gran capitalismo. Más alto no sé si se puede decir, pero más claro lo dudo.

Vicent Gisbert - Levante, 09-08-2005, sección "El trinquet"