San Eulogioadolfo Palometa, dos veces santo.

Tras una solemne procesión, el Santo Padre inició la ceremonia ante una multitud de fieles que llenaba la plaza de San Pedro. Aclaró que obedecía órdenes de Dios, aunque ciertamente lo hizo en el lenguaje solemne y enrevesado que suele utilizarse en estos casos:

-Carísimos hermanos: procurando, con todo ahínco, cumplir debidamente, mediante el auxilio del favor del Altísimo y la grandeza de Su inescrutable sabiduría y clemencia, con el oficio del cargo apostólico que ha sido servido fiar a nuestras humildes fuerzas, de buena gana promovemos en la tierra el culto y la veneración del bienaventurado siervo de Dios Eulogioadolfo Palometa, obispo, que goza con Él de su celestial reino, por cuanto en él se ha reconocido el poder del Brazo Soberano, conforme requieren los votos, no tan solamente de las personas conspicuas en virtud, sino también condecoradas con el resplandor de la Soberanía Real.

Antes de escuchar el cántico de gloria, el prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos, acompañado de los Postuladores de las Causas, intercambiaron un abrazo de paz con el Santo Padre. A partir de ahora, Eulogioadolfo Palometa dejaba de ser Eulogioadolfo Palometa y pasaba a ser San Eulogioadolfo Palometa.

...

-Por favor, Eminencia, desábrochese la camisa.

El doctor lo auscultó maquinalmente porque, entre latido y latido, aquel corazón pregonaba la inmediatez de su fecha de caducidad con el mismo tono machacón y monocorde que invade por Navidad a los niños del colegio de San Ildefonso. Eulogioadolfo, obispo moribundo, consciente de la proximidad de lo inevitable, repasó su vida. De repente, torció el gesto. Siempre había sido un cristiano ejemplar y ahora, precisamente ahora, le asaltaba la duda: ¿existirá el más allá?

- ¡Aparta de mí, Satanás! -exclamo blandiendo un crucifijo de oro alemán que le había regalado su ex novia cuando fue misacantano. -¡Mi alma no tiene precio! ¡Creo en Dios y en su infinita justicia!

Al terminar el último acto, antes de hacer mutis por el foro, bajó lentamente el telón palpebral mientras daba gracias al Creador por la generosidad con que lo había tratado. Ahora, llegado el momento de la verdad, esperaba que el Supremo Catón fuese tan indulgente que sancionara toda una vida de sacrificio y dedicación invitándole a estar sentado a su derecha por los siglos de los siglos. Amén.

...

Ni Su Santidad, ni el Prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos, ni los Postuladores de las Causas, eran conscientes de que tanto sus afanes como los de San Eulogioadolfo Palometa eran inútiles: en el cielo, aparte de nubes, no hay ni Dios.

En realidad, San Eulogioadolfo Palometa fue uno de esos ilusos enternecedores que viven creyendo lo que no es y lo que no son. Sus renuncias y sacrificios solo sirven para dar pábulo a cuantos manipulan interesadamente a las buenas gentes que creen en los sucesores de San Pedro, en los Congregantes de Casos Casuísticos, en los Postulantes de Ascensores Anímicos, o -incluso- en los carboneros con fe de teólogo. Vacío antes del vacío, en el vacío y después del vacío.

¿Vacío, digo? No: alguien acabó repleto. Las ladillas que anidaban en su vello púbico avisaron a los gusanos necrófagos, que acudieron en masa y dieron buena cuenta del cadáver. Quedaron tan contentos del sabor del muerto, que escribieron una carta a Su Santidad Necrófago II, vicario del Gran Gusano en La Tierra, que también lo canonizó. Las ladillas, ataviadas con mantilla española, asistieron a la solemne ceremonia en un sitial preferente y derramaron unas lágrimas al escuchar el cántico "Sancta Blatella" interpretado por el coro "Villus Pubis", acompañado por la orquesta de pulso y púa "Cor Vermis"