Decreto de excomunión contra Juan Pablo II

Reunido del Consejo de Administración de Cagondios, S.A., procedió a redactar el Decreto de excomunión contra el Papa Juan Pablo II. Para ello se inspiró en el Decreto utilizado por el obispo Manuel Abad y Queipo, Obispo de Michoacán de 1810 a 1815, para excomulgar a Miguel Hidalgo, cura del pueblo de Dolores. Hoy, 12 de noviembre de 2004, con la publicación del presente Decreto, se hace efectiva la excomunión.

"Por autoridad del Consejo de Administración de Cagondios, S.A., el Presidente del Consejo, el Consejero Delegado, los demás accionistas, amigos, benefactores, suscriptores, admiradores, fans, patrocinadores, santos ateos, santos anticlericales, representantes, empleados, vecinos, proveedores, clientes y voluntarios:

Sea condenado Karol Wojtila, Papa de Roma.

Lo excomulgamos y anatemizamos, y de los umbrales de nuestra sociedad lo secuestramos para que pueda ser atormentado eternamente por indecibles sufrimientos, juntamente con beatos y meapilas y todos aquellos que creen en un Dios y le dicen: ¡Ven a nosotros, porque queremos seguir todos tus caminos! Y así como el fuego es extinguido por el agua, que se aparte de él la luz por siempre jamás. Que Durruti, quien sufrió por nosotros, lo maldiga. Que el Santo Alimoche, que come pipas consagradas, lo maldiga. Que San Enrique Líster que empuñó el Mauser por nuestra salvación, lo maldiga. Que nuestra benefactora, la inmaculada Fosforona, lo maldiga. Que San Fidel Castro, que saca de sus casillas a los pusilánimes, lo maldiga. Que todos los apóstatas reales o de pensamiento, los ateos y descreídos, los comecuras, los racionalistas, los hedonistas, los masones y todos los ejércitos de bautizados a traición, lo maldigan.

Y que el resto de nuestros seguidores y los cadáveres de los quemados en la hogueras inquisitoriales, quienes con su razón desenmascararon al mundo las mentiras clericales, y la santa y admirable compañía de fusilados por quebrantamiento del secreto de confesión, lo maldigan. Que la justicia humana lo condene. Que todos los hombres y mujeres, de todas las edades, que no necesitan que nadie piense por ellos, lo condenen.

Sea condenado Juan Pablo II, en dondequiera que esté, en la casa o en el campo, en el camino o en las veredas, en los bosques o en el agua y aún en la iglesia. Que sea maldito en la vida o en la muerte, en el comer o en el beber; en el ayuno o en la sed, en el dormir, en la vigilia y andando, estando de pie o sentado; estando acostado o andando, meando o cagando, y en toda sangría. Que sea maldito en su pelo, que sea maldito en su cerebro, que sea maldito en la corona de su cabeza y en sus sienes; en su frente y en sus oídos, en sus cejas y en sus mejillas, en sus quijadas y en sus narices, en sus dientes anteriores y en sus molares, en sus labios y en su garganta, en sus hombros y en sus muñecas, en sus brazos, en sus manos y en sus dedos.

Que sea condenado en su boca, en su pecho y en su corazón y en todas las vísceras de su cuerpo. Que sea condenado en sus venas y en sus muslos, en sus caderas, en sus rodillas, en sus piernas, pies y en las uñas de sus pies. Que sea maldito en todas las junturas y articulaciones de su cuerpo, desde arriba de su cabeza hasta la planta de su pie; que no haya nada bueno en él. Que el hijo del Dios viviente, con toda la gloria de su majestad, lo maldiga. Y que el cielo, con todos los poderes que en él se mueven, se levanten contra él.

Que lo maldigan y condenen".

Por este Decreto, queda excomulgado el Papa. Aquí termina nuestra acción. Nosotros no tenemos tan mala leche como la Iglesia, que una vez decretada la excomunión del pobre cura de Dolores, procedió a la degradación del excomulgado en una de las salas del Hospital Real de Chihuahua, y consistió en rasparle la piel de la cabeza, que había sido consagrada, como cristiano y sacerdote, con el santo crisma.

También le arrancaron la yema de los pulgares e índices de las manos que habían sido consagradas el día de la ordenación.

Después lo entregaron al gobierno español para que lo fusilaran, sin ninguna de las prerrogativas y beneficios eclesiásticos, en que antes se amparaba cualquier reo.