EL BENEDICTO HUMO DE LA PERFIDIA

Y la luz se hizo entre tinieblas. Fumata blanca pro Ratzinger. Ya se sabe desde siempre que los designios de Dios son inextricables, aunque los del Diablo no lo sean menos. No en vano la Iglesia nos ha inculcado, desde la más tierna infancia, que el Maligno merodea por todas partes y toma formas insospechadas e incluso angelicales, con tal de llevarse al Bien a su huerto del Mal, sojuzgando a los hombres para arrojarlos a la condenación y al horror del Caos eterno... Y el bíblico etcétera.

El Papa Ratzinger, Benedicto XVI (Bendito 16), ha sido durante décadas la pétrea cabeza del Santo Oficio. Una moderna versión inquisitorial de aquél Savonarola pirómano, cuyas tesis eran: más vale un posible inocente torturado en el potro y asado en la hoguera, que dejar un hereje suelto y propagando el laicismo. El clero vaticano ha sabido siempre que el terror expiatorio y ejemplar genera fe en la feligresía descarriada. Cuestión de creer de buen grado o a la fuerza. Nada puede existir fuera de la iglesia.

Benedicto XVI. Hay que tener mucha fe para olvidar que, desde hace mucho tiempo, el Vaticano no es precisamente el santo Grial sino un ente teñido de diabólica sospecha. El obispo financiero MarkCincus. El Banco Ambrosiano. Las acciones vaticanas invertidas en fábricas de píldoras anticonceptivas condenadas por el Vaticano. El banquero Calvi colgado en un puente londinense. La Logia Propaganda P2 de Licio Gelli. La Mafia siciliana como telón de fondo de color púrpura... Y de esa era de oscuridad nada cristiana emergió la figura mariana de Karol Wojtyla, traído de la mano férrea del cardenal Ratzinger. El Vaticano es cualquier cosa menos santa transparencia. Sus estancias son la culminación cósmica de la perfidia. El ansia soberbia e insaciable de ser poder fáctico a los ojos del mundo y que se cuente con sus veredictos y reproches urbi et orbi.

Ahora el número dos sucede al número uno que le debía el puesto al número dos como poder fáctico que era. Benedicitus XVI sucede a Johannes Paulus II para continuar enalteciendo la Obra de Dios Opus Dei, qui tolis pecata mundi: A cambio de un precio, naturalmente. Nada es gratis bajo la bóveda de las basílicas. Muchos pagaron el precio de su vida.

Algunos siglos más tarde Wojtyla ha suplicado perdón por Galileo, arrodillado en algún aeropuerto. Sin embargo, después de haber pasado por el fuego purificador a Giordano Bruno y otros muchos sabios, acusados de desafiar los principios inamovibles del dogma, el Vaticano de Ratzinger ha seguido lanzando anatemas contra las evoluciones de la Ciencia, por si cae en la tentación de suplantar a Dios investigando con células madre. Ahora, como en el tiempo pasado con los alquimistas, la Iglesia de Roma condena lo mismo el aborto que el condón del Sida. El Santo Oficio, supremo guardián de la ortodoxia, sigue proclamando que, cuando asalta el dolor de la enfermedad incurable, basta con que tener fe en la Divina Providencia. Y aguantar con resignación. Sin embargo, después de oscuro aunque real atentado del turco Ali Agca, ellos se curaron en salud viajando en el protector "Papamóvil".

El cardenal Ratzinger fue, urdidor Prefecto del Opus Dei, ese bendito mentor cardenalicio que forzó la votación del anterior Cónclave. Hizo que saliera elegido entonces un desconocido llamado Karol Wojtyla, sanote actor teatral de un sólo papel. El papel de su vida fue encarnar el personaje de Papa Juan Pablo II, obsesivo e implacable anticomunista y martillo de heterodoxias. Para la Iglesia ese Papa era algo idóneo, en un mundo donde todo aquello que tiene necesidad de existir se divulga en los grandes medios de comunicación de masas. El mundo para Karol Wojtyla fue un inmenso plató de televisión. Esa profunda vocación escénica le llevó hasta querer filmar su agonía y muerte en directo. Desde su reinado, más que nunca la doctrina cristiana ha devenido definitivamente no tanto una idea para cambiar el hombre y hacer imperar la justicia en el mundo, sino una virtualidad. Una representación con magnífica tramoya.

Durante la guerra fría el Vaticano era paladín del Oeste contra el Este ateo. Ahora lo es del Norte rico sobre el Sur depauperado. Triunfante el paradigmático y metafísico Mercado, cayó el Muro de Berlín y se disolvió en el óxido el telón de acero. No obstante, ajeno o a sabiendas de que no es lo mismo predicar que dar trigo, el Papa Wojtyla viajaba y besaba pistas de aterrizaje. Gestos, brindis al sol de cara a las cámaras. Mientras tanto, su lugarteniente Ratzinger entorpecía sotto voce y con gran energía la redención de los pobres de la Tierra, arrasando la Teología de la Liberación y fumigando a los disidentes de la línea oficial a caballo de los Legionarios de Cristo. Ambos miraron hacia otro lado cuando caían bajo las balas de los tiranos monseñor Romero o Ignacio Ellacuría y los demás soldados de la Compañía de Jesús. Tampoco dijeron nada cuando el viento heraldo de la muerte y la indignidad fascista asolaban las almas y los cuerpos en la Argentina y en el Chile de Pinochet. Sólo levantaron la voz y el dedo admonitorio cuando Cardenal gobernaba en Nicaragua.

¿Ratz XVI guardián de la ortodoxia?¿Qué ortodoxia? Cristo en sus Evangelios establece la humildad. Pues el Vaticano es sinónimo de pompa litúrgica y ostentosas magnificencias con las que impresionar a incautos o como mero fin en sí mismas. La Curia vaticana se encuentra a gusto regodeándose en su poder temporal, mientras prefieren ignorar que el núcleo espiritual va perdiendo el aceite de la credibilidad. Si Cristo predicó que "antes pasaría un camello por el ojo de una aguja que logre entrar un rico en el reino de los cielos", con el entierro de Juan XXIII y su Concilio Vaticano II Karol Wojtyla y su sombrío Ratzinguer trastocaron sibilinamente el sentido de la Palabra. Con el subterfugio del aggiornamiento para acercarse a la sociedad actual, trocaron la humildad por la vanidad. Un vicio intransitivo y ensimismado que confiere el verse reflejados en el inmenso espejo de un púlpito audiovisual. Cayeron en la tentación macluhiana de pensar que el medio es el mensaje. Olvidan o no han querido saber que el medio televisivo es un fin en sí mismo. El Vaticano y su Curia son hoy, asimismo, otro fin en sí mismo. Y por ello necesitan que sus fastos sean televisados.

Así pues, lo previsible es que Benedicto XVI siga fiel al sendero emprendido de la Iglesia como espectáculo, el signo de los tiempos. El Verbo ya no se hace carne cristiana sino magia blanca, truco, juegos de palabras con mensaje pirotécnico, ritos ofrecidos a las masas necesitadas de creer que hay algo que sobrevuele por encima de sus miserias cotidianas. Apariencia sin Esencia. Imagen y no Palabra. Cosmética y no Concepto.

De esta manera el Vaticano ha traicionado más que nunca los postulados y profecías de su Fundador. No es jamás la iglesia de los pobres por la que murió el Salvador. Es la iglesia de los ricos para apaciguar a los pobres, prometiéndoles una parcela en la eternidad celeste si son buenos sumisos. Esta católica jerarquía predica "haz lo que yo diga pero no hagas lo que yo hago". Cristo no tuvo miedo a morir defendiendo su idea, como tampoco los mártires romanos. Sin embargo, el Papa Wojtyla viajaba en papamóvil de metacrilato blindado y Benedicto XVI también lo hará asimismo. No deberían tener miedo a salvarse y a la vida eterna, si están en gracia de Dios y son santos como Escrivá de Balaguer.

Si el Vaticano no está en la Palabra ni cumple con la esencia del sermón de la Montaña y si rehuye su compromiso profundo con los Evangelios, la lógica dictamina que estamos en la era del Anticristo. O, lo que es lo mismo: el Hijo de Dios torturado murió en la cruz por predicar como simple Hombre, pero la jerarquía católica esta sepultada por el boato y el culto al Becerro de Oro y a la vanidad. Lo hemos podido comprobar con idolatría durante el sepelio de Juan Pablo II. La lenta pero inexorable decadencia espiritual de Roma ha desechado definitivamente la piedad y el activismo por los pobres que fue su quintaesencia desde que conspiraban contra el imperio romano hasta lograr suplantarlo.

Al compás de estos aires vaticanos, mejor que los pobres sigan penando sus miserias en este Valle de Lágrimas, si es que no consiguen superarse a sí mismos abrazando los postulados del éxito. Y así de paso sirven de argumento y subterfugio. Habiendo parias no peligrará jamás la Silla de Pedro por falta de materia prima.

Una vez fallecido tan súbitamente el bondadoso e ingenuo Papa Luciani "el Breve" (Juan Pablo I), sepultado en la impunidad, al no haber lugar a autopsia que descartara sospechas de posible envenenamiento al tradicional estilo Borgia, el tándem Juan Pablo II y Ratzinger se aplicó a desmontar pieza a pieza todo el entramado de humanismo cristiano emanado del Concilio Vaticano II.

Para mayor inri a Wojtyla lo han sepultado sádica o simbólicamente en la misma tumba de Juan XXIII. Arremetieron con denuedo y supremas alianzas capitalistas (la iglesia oficial es parasitaria; necesita de incesantes y cuantiosos óbolos para mover sus hilos) contra el totalitarismo materialista soviético. Derrotada asimismo esta neoreligión, cuya Curia era la Nomenklatura y con santa sede en Moscú, se aplicaron a extender su materialismo cristiano.

Si de siempre todos los caminos llevan a Roma, con el polaco Wojtyla y el teutón Ratzinguer Roma escogió el Camino. A Dios lo que es de Dios: el incienso de la infinita retórica; al César lo que es del César: el oro y la ideología tecnológica para modelar el hombre a imagen y semejanza de la Pretensión de dominio.

Para impulsar la ideología del materialismo cristiano, con sus ribetes fascistas incluidos, dieron suelta y máxima promoción a sectas integristas como el Opus Dei. Como se sabe, la Obra de santo Escrivá promulga que está más cerca de la perfección, teniendo por lo tanto más posibilidades de sentarse a la derecha de Dios Padre, un rico que un menesteroso. Para la Obra la evidencia indiscutible dice que los parias de la tierra son vagos irredentos, vulgar hez nihilista que no cree en la redención por el trabajo.

En ese pecado está inmerso el llamado Tercer Mundo, es decir, las tres cuartas partes de la Humanidad. Contra la pereza, diligencia, porque la pereza es la madre de todos los vicios. Que Benedicto XVI nos coja confesados. Sobre todo a los que no comulguen con ruedas de molino.

© Patxi Ibarrondo - www.otrarealidad.com