VIDA Y OBRA DE SAN MACARIO, EL OBISPO SADOMASOCA.

Hace cosa de un año compré en una librería de viejo la obra "Año Cristiano", cuya primera página está reproducida en la fotografía de la izquierda. Sus 16 tomos no tienen desperdicio. Relatan, entre otras cosas, las vidas de los santos que se celebran cada día del año. Para diversión y esparcimiento de los lectores de Cagondios.com, he escaneado la vida de San Macario y la incluyo seguidamente respetando la ortografía. Conviene destacar lo que una mentalidad cristiana considera virtudes y merecimientos: una retahila de prácticas sadomasoquistas que encaja perfectamente con la creencia en un Dios tan cabrón que entrega a su hijo para que, tras ser torturado salvajemente, lo claven en una cruz. La religión cristiana ha hecho que la práctica del dolor y del sufrimiento sean virtudes necesarias para alcanzar la perfección y la gloria. Atentos, amigos: alucinad, que empieza la vida de San Macario.

Nació en Alejandría al principio del siglo IV, y fueron tan humildes y pobres sus padres, que se vió obligado a pasar los primeros años en servicio de un panadero.

Á los treinta años de su edad, movido de un fervoroso deseo de ser santo, se fue a sepultar en medio de un espantoso desierto. Los primeros ejercicios de su soledad pasaron por prodigios de abstinencia. Por espacio de siete años no comió más que yerbas crudas. Los cuatro ó cinco años siguientes se contentó con cuatro ó cinco onzas de pan al día, y nunca durmió mas que dos horas.

En tiempo de Cuaresma doblaba sus austeridades. Una de ellas la pasó enteramente sin echarse, ni sentarse, haciendo siempre oracion de pié ó de rodillas; y por un milagro bien singular no comía, ni bebía sino el domingo. No hubo hombre más ingenioso en mortificar sus sentidos y en hacerlos padecer.

Habiendo pisado un día cierto insecto que le mordió dio un ¡ay! en el primer movimiento del dolor, y aunque ejecutó esta accion sin libertad, tuvo tan grande pena de ello, que por esta demasiada delicadeza se condenó á pasar seis meses en un desierto de Escitia inhabitable por la multitud de insectos y sabandijas, que ahuyentaban de él aun a las mismas fieras.

Con estas mismas armas venció tambien al demonio de la impureza; porque atormentado de los estímulos de la carne, se metio por otros seis meses en un barranco infestado de avispas, cuyos aguijones eran tan penetrantes, que pasaban la piel de un jabalí. Salió de allí tan desfigurado, que no se le podia conocer sino por voz, y el enemigo quedó tan corrido, que nunca volvió a tentar en la misma especie.

En medio de tan excesivas penitencias le parecia no hacer nada para salvarse. Lleno de bajísimos sentimientos de sí mismo, resolvió ir a buscar a otros solitarios para aprender de ellos las virtudes que a su parecer le faltaban. Tanta verdad es que la humildad fué siempre la virtud universal de todos los Santos.

Fué, pues, Macario al célebre desierto de Tabenas para aprovecharse de los ejemplos de tantos religiosos que florecian en él, en cuya reputación se habia extendido por todo el inundo. Pero aunque se disfrazó en traje de un pobre oficial, san Pacomio le conoció; no pudiendo sufrir nuestro Santo las honras que le hacian en aquella soledad, fué a buscar un asilo a su humildad en los desiertos de Nitria. Pero no estuvo allí mucho tiempo, porque informado el patriarca de Alejandría de su eminente virtud, le ordenó de presbitero, por más que se resistiese a ser elevado a esta dignidad.

Luego que se vio revestido de tan superior carácter, sólo pensó en hacer una vida más penitente y más perfecta. Dejó los desiertos conocidos, y fuese a sepultar en una de las más horribles soledade de la Libia, que se llamó despues el yermo de las Celdas, por la muchas que fabricaron en él los innumerables que concurrieron de todas partes.

Aunque deseaba vivir solitario y desconocido, fue preciso rendirse a los ruegos de sus nuevos discípulos que, queriendo imitar su ejemplos tenian tambien necesidad de sus exhortaciones. Ni el órden de presbítero le permitía tener ocioso el sagrado ministerio qué con él habia recibido, y así trabajando en su propia perfección se dejó persuadir a trabajar tambien en la de los prójimos. Pero, las atenciones del celo en nada disminuyeron las de sus penitencias. Eran siempre eficaces sus sermones, porque iban acompañados con sus ejemplos. Ocupaba todo el tiempo en oracion, en ejercicios de caridad, y en obras manuales.

Nunca dejó de hacer oracion cien veces entre día, y cási toda la noche; de manera que se podia decir que su vida era una oracion continuada. En cierta ocasion pasó dos dias enteros con sus noches sin perder de vista á Dios en un solo momento, y sin padecer la más mínima distraccion.

En medio de tener nuestro Santo tan mortificados los sentidos, y de luchar perpetuamente contra los movimientos del corazon, permitió Dios, para purificarle más, que fuese molestado la mayor parte de su vida con diferentes géneros de tentaciones. Eran las más frecuentes unos violentos deseos de penitencias excesivas, grandes ansias de ejercitarse en buenas obras que no le convenian, y continuos impulsos de emprender viajes de devocion, que no le eran necesarios; pero en todas estas tentaciones quedó siempre avergonzado el tentador.

Fatigado un día de estos deseos importunos, se echó a cuestas un costal lleno de arena, y anduvo cargado con él por todo el desierto. Preguntado por uno de sus discípulos por qué se cansaba inútilmente de aquella manera, respondió: Por atormentar á quien me atormenta, y por contentar el hipo que tengo de hacer viajes. Esta accion tan generosa desarmó al enemigo; y dándose Dios por satisfecho de la humildad y de la paciencia de su siervo, le restituyó luego la paz del corazon, y le concedió tan grande imperio sobre los demonios, que bastaba acudir á Macario para librarse de todas las tentaciones.

Sobre todo tuvo don particular para descubrir y para vencer la malicia y los artificios del tentador. Refiere Paladio, que habiéndole consultado un día sobre los pensamientos que se le habian ofrecido de dejar la oracion, a causa de las continuas distracciones que padecia en ella: Guárdate bien, le respondió el Santo, de dejarte vencer de una tentancion tan peligrosa; antes bien, cuando sean más importunas las distracciones, entonces has de alargar la oracion un poco más Y has de responder al enemigo, que si no sabes orar, por lo menos sabrás estarte en tu oratorio". Este consejo tan saludable produjo luego su efecto.

Lo mismo le sucedia con cási todas las palabras que articulaba. Pasando un día el río Nilo en compañía de dos coroneles del ejército del Emperador, le dijo uno de ellos: ¡Dichosos vosotros los monjes! que así os burlais del mundo". Respondióle el Santo: ¡Y desdichados vosotros los cortesanos porque no veis que el mundo se burla de vosotros". Fueron tan eficaces estas palabras, que aquel oficial renuncio luego á su empleo, retiróse del mundo, y se hizo religioso.

A la eminente virtud de nuestro Santo parece que sólo la faltaba tener alguna parte en la cruel persecucion que por aquel tiempo hacian los Árrianos á la Iglesia; pero presto le hizo Dios esta merced. San Macario, invencible defensor de la divinidad de Jesucristo, fué desterrado por el emperador Valente a una isla cuyos habitadores todos eran paganos; pero apenas llegó a ella el glorioso confesor de Cristo, cuando se hizo cristiana toda la isla, lo que obligó a los Arrianos á volverle a enviar á su primera soledad. Állí, consumido al rigor de sus penitencias, admirado por sus eminentes virtudes, y dotado del don de profecía y de milagros, murió colmado de merecimientos el año de 405, á los noventa y nueve de su edad.