POR QUÉ AHORA

mártires

Estás en lo cierto querida Laila. La jerarquía católica parece pretender que los españoles nos volvamos a enzarzar por los corazones helados de las dos Españas muertas. Por eso promueve ahora la canonización de medio millar de personas que fueron asesinadas, no por odio a su fe, como sentencian sin rubor los obispos, sino por estar implicadas o aparecer como cómplices de una Iglesia golpista y beligerante, que también canonizó la Guerra Civil, declarándola cruzada. No cabe duda de que, si la jerarquía de la Iglesia hubiese permanecido neutral en el conflicto y jugado el papel pacificador que parecía corresponderle, seguramente no se hubiesen cometido la inmensa mayoría de aquellos crímenes, en todo caso, execrables. Aquellas personas han sido reconocidas y honradas como mártires por los vencedores en toda España durante más de medio siglo. Sus nombres han sido recordados y figuran en las relaciones de caídos por Dios y por España, constantemente homenajeados como héroes y como mártires. Y ahora, sesenta años después, la jerarquía católica, que administra en exclusiva la trascendencia, ha decidido elevarlos a los altares, para hacer que se les rinda culto de dulía, es decir, de servidumbre.

Tuvo la jerarquía de la Iglesia sesenta años para hacer todo esto o pudo aplazarlo para más tarde, cuando la resurrección de las dos Españas resultara imposible. Pero no, lo hacen justo en el momento en que las fuerzas democráticas buscan una ley reparadora, que restañe las heridas, definitivamente, con el reconocimiento de la dignidad de los otros asesinados, de las víctimas de los vencedores, que son los mártires de los vencidos. Estos, que fueron muchos más y cuya tortura y persecución duró décadas, han sido, sin embargo, olvidados, escarnecidos y vilipendiados. Todavía hoy miles de ellos yacen en fosas comunes ignotas, en los bosques y las cunetas, o enterrados con alevosía bajo los caminos que, fuera de sagrado, conducen a los templos, para que sus restos sean pisados inevitablemente por los confiados caminantes.

Sobre todas estas personas, muchas de ellas también creyentes y católicas, cayó el olvido, el silencio y el odio, decretados con perfidia por los vencedores, fundamentalmente porque se habían opuesto al golpe de Estado y habían defendido la legalidad constitucional y democrática de la República. No cabe duda, querida amiga, que es esencial rescatar el recuerdo, asegurar el reconocimiento público y oficial y restablecer la dignidad de estos nuestros compatriotas, mártires de la libertad y de la democracia, para poder cerrar definitivamente uno de los capítulos más negros de nuestra historia. La mayoría de los españoles así lo ve y así lo quiere, lo que nos viene a decir que en esta posición de equidad, de justicia y de reparación están también la mayoría de los creyentes y de los católicos españoles. Sólo la jerarquía católica en su mayoría y ciertos círculos reaccionarios y nostálgicos del franquismo mantienen enhiesta la bandera de los vencedores y no quieren que se reconozca el sacrificio y el martirio de los vencidos, quizá porque todavía se sienten verdugos.

Esto tiene muy poco que ver con la caridad y por eso el día de la canonización no estará Dios en la plaza de San Pedro de Roma, por mucho que se esfuercen los oficiantes porque, como dice el himno de la liturgia católica, "Dios está donde hay caridad y amor". Debe ser muy desmoralizador para un creyente, querida, que los obispos utilicen su fe y sus ritos para mantener vivo el odio y el enfrentamiento de las dos Españas, que seguramente están muertas, pero que una de ellas está mal enterrada y cualquier día puede volver a helarnos el corazón.

Un beso de concordia.

Andrés Cepadas