PRIMERA ENCÍCLICA DE BENEDICTO XVI

En el caso de Ratzinger, hablar de "primera encíclica" parece un poco reduccionista. Su magisterio, de hecho, está totalmente en línea con el camino de revisión , en clave conservadora, del Concilio Vaticano II emprendido por el papa Wojtyla, del que Benedicto XVI ha sido inspirador, sostenedor y amigo. Por otro lado, los documentos publicados por Ratzinger como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe han tenido una importancia decisiva para el desarrollo de la teología contemporánea y para la misma praxis didáctica de los teólogos católicos. Si ahora este documento puede abonar el dogma de la infalibilidad, no menos infalible ha estado el santo padre al paralizar, con documentos no tan públicos como éste, la libertad de investigación y de enseñanza en las universidades pontificias y en los seminarios del mundo entero.

El objetivo de la encíclica es analizar las modalidades del amor de Dios en su relación con los humanos y, al mismo tiempo, clarificar cuál debe ser el comportamiento de los humanos para alcanzar la imagen de ese amor.

El documento está dividido en dos partes. La primera, de carácter más teórico, clarifica la concepción católica del amor, mientras que la segunda pretende desvelar las modalidades a través de las que la Iglesia experimenta y testimonia el amor divino.

En la primera parte (La unidad del amor en la creación y en la historia de la salvación) la argumentación parte de un análisis del término amor en el mundo pre-cristiano y en la Biblia.

La palabra amor viene traducida en el Nuevo Testamento con el término ágape, que explica el sentido de compartir que se presume experimentaban en las primeras comunidades cristianas.

Para los filósofos griegos en el amor se distinguía el eros (deseo del bien sensitivo, pero también de algún otro objeto digno de apego), la filia (ámbito del hombre, del amigo y de la patria) y el ágape. El ágape contemplaba tanto la dimensión del eros como la de la filia, con una extensión conceptual a la hospitalidad y la fraternidad.

En el vocabulario griego encontramos también palabras derivadas de ágape, como agapétikos (tierno, afectuoso) y agapesis (afecto, ternura).

Es decir, que ya en su significado pre-cristiano la palabra ágape tenía una acepción comunitaria y expresaba el amor en cuanto ternura y atención.

Los primeros traductores del hebreo al griego de los textos bíblicos han privilegiado el término ágape para traducir la complejidad de significados de la palabra amor, probablemente porque eros tenía una connotación demasiado carnal y filia, empleada muy raramente, indicaba un amor solamente humano.

Desde el comienzo de la historia cristiana vemos cómo se ha operado una reducción de la complejidad de significados de la palabra amor, con una simplificación incluso terminológica que no se atiene a razones en la realidad del tejido emocional y de experiencias de cada ser humano. Si de alguna manera Ratzinger intenta devolver la legitimidad al erotismo, interpretando en el amor de Dios por el hombre la unión completa de eros y ágape, de hecho esta tensión en la fragmentación de conceptos y de experiencias atraviesa la primera parte de la encíclica del Papa, como herencia clara de la negación experimentada en el ámbito lingüístico de la factura griega del Nuevo Testamento.

A pesar de los esfuerzos filosóficos del pontífice, la necesidad de institucionalizar las uniones entre hombres y mujeres dentro del matrimonio costriñe de hecho a Ratzinger a adoptar un radical dualismo justificado y confirmado a través del uso reiterado de enunciados axiomáticos.

La necesidad de representar el amor divino como unión de ágape y eros es hija de la única antropología teológica posible, la que interpreta al hombre como unidad de cuerpo y alma.

El término unidad no debe inducirnos a engaño: hablar de cuerpo y alma es un poco como hablar de mente y cerebro. La mente es posible sólo porque existe el cerebro, y se deteriora con el deterioro de éste. La mente está en el cerebro y muere con él. En cambio el alma, según las fantasías de místicos y teólogos, precede al cuerpo, le sobrevive y tiene necesidades que nada tienen que ver con el metabolismo corporal.

Por otro lado, el alma es un puro objeto de fe, puede ser incluso un "término comodín" al que se puede hacer representar el papel más adecuada en cada situación.

Afirmar la unidad de cuerpo y alma no es otra cosa que un artificio metafísico para enmascarar el dualismo que aflige inevitablemente cualquier antropología religiosa, y que empuja a los teólogos a efectuar esas operaciones de parcelación de los significados a las que sigue siempre la negación de alguno de ellos y la absolutización de otros (bien/mal, amor/sexo, luz/oscuridad, etc.).

Por este motivo, después de haber intentado disciplinar al eros confinándolo en el interior del matrimonio, el pontífice se ve obligado a cargar contra el significado del amor humano, que no siempre se expresa con esa intensidad, unidad y fidelidad que él propugna.

En el texto de Ratzinger se intenta demostrar cómo el amor entre hombre y mujer es imagen del que Dios alimenta para todos los seres humanos y que se expresa en forma de un amor de donación que acepta incluso el sacrificio extremo de la muerte en la cruz para que el hombre se salve.

La muerte de Cristo es el acto que fundamentalmente debería mostrar al hombre lo que significa amar: acto total, difinitivo, a través del cual se manifiesta la necesidad de eternidad de cada persona.

Todos nosotros, quizá por lo demasiado humanos que somos, tenemos experiencia de cómo el amor es un sentimiento no siempre destinado a resistir el tiempo. El amor existe en el momento en que se experimenta, pero no se puede querer amar.

Por ello la pretensión de que el amor se desarrolle sólo dentro del matrimonio en su totalidad de eros y ágape parece no tener en cuenta la naturaleza emotivamente compleja de este sentimiento, que nace y muere según variables nada claras y poco controlables. Se puede ser sincero en el momento en que se afirma amar a alguien, pero seguramente no cuando se promete amor eterno: en realidad no sabemos cuánto pueden durar nuestros sentimientos, ni por qué comenzaron.

Para Ratzinger, el amor no puede ser sólo sentimiento porque "los sentimientos van y vienen", pero el amor es el resultado de una unión de sentimiento, voluntad e intelecto. "El sentimiento puede ser una maravillosa chispa inicial, pero no es la totalidad del amor".

En esta argumentación el dualismo, al que se habían cerrado las puertas, se cuela por la ventana.

No me parece que sea posible un amor sin voluntad ni intelecto, pero la pasión parece frecuentemente capaz de empujar a los seres humanos hacia opciones irracionales; seguramente el amor no puede existir sin sentimiento. Por lo que no es posible imaginar al amor como resultante de tres componentes discretas. Un amor sin sentimiento, ¿a qué debe dirigirse? ¿A la voluntad de amar? ¿A imponerse a sí mismo el amor por una persona que, con el tiempo, se ha convertido en una extraña?

Se pretende entonces explicar una dimensión como el amor, que de por sí puede durar como no durar por toda la vida de una persona, exclusivamente en el seno de una institución jurídica, el matrimonio, que la Iglesia ve como eficaz vida natural, y para sanear esta contradicción se pretende que el amor no sea sólo sentimiento o, peor aún, que pueda existir incluso cuando el sentimiento se ha acabado, sustituido por una más sana y menos erótica filia entre cónyuges.

La trama social diseñada por la filosofía papal aparece claramente: el amor debe adecuarse a las instituciones, no puede existir sin ellas y, vacío de sentimiento, es una pálida sombra de lo que debería ser el amor entre hombre y mujer, se debe mantener vivo artificialmente, para que la forma católico-burguesa de la sociedad, basada sobre una idea monolítica de comunidad de amor, no se ponga en discusión.

Nos veremos obligados a estar juntos aunque no haya sentimiento, aunque no haya amor. O, peor, nos debemos conformar con no intentar más sentimientos hacia nuestra pareja, según deja entrever el Papa, con un amor mocho, privado del componente sentimental, pero sustituido por la voluntad de mantener con vida una institución social.

En esta primera parte de la encíclica, la Iglesia se muestra poco maestra en amor humano, pero seguramente experta en la práctica del control social. Las instituciones, tal como la Iglesia las describe, son más fuertes que las personas y el matrimonio es una cadena que no puede ser rota, en nombre de un amor que debe existir a toda costa, en nombre de una cohesión social que se alimenta de la libertad de los individuos.

La encíclica está ilustrada con un versículo de la primera epístola de San Juan, aparentemente iluminado y avanzado, que parece destinado a implicar a todo y a todos: "Dios es amor; quien está en el amor permanece en Dios y Dios permanece en él". En cambio, procede a una reconstrucción de la palabra amor que termina por excluir a todos aquellos que no pertenecen a la comunidad de Dios y que no viven el amor según las directrices papales. La idea que se deriva de la lectura de la encíclica es que para la curia romana, en el fondo, siempre es válido el antiguo adagio: extra Ecclesia nulla salus; fuera de la Iglesia, y de la institucionalización forzada que comporta su moral, no hay salvación para nadie, porque la plenitud del amor es posible sólo en el seguimiento de Cristo que, del bautismo al funeral, se vive en la parroquia.

Ratzinger en esto es críptico pero decidido: la fuerza del Evangelio coincide con la fuerza de la Iglesia de Roma; este es exactamente el motivo por el que la irracionalidad ligada al acto de fe nutre siempre, con el propio consenso, la racionalidad del proyecto de dominio de las instituciones de poder.

Paolo Iervese
(Umanità nova - Tierra y libertad - Mayo 2006)