REDEMPTOR HOMINIS.

I

"Detestable Luciani, con tu apostura gentil, pero a todas luces falsa. Yo te maldigo desde lo más profundo de mis sentimientos. Te maldigo porque los has embelecado a todos, con la música célica de los que ocultan lo sustancial de sus intenciones. Yo merecía mucho más que tú el ser designado. Yo siempre he luchado con las fuerzas habidas y por haber para ser quien aún no soy por culpa de un escolástico embaucador, tahúr que guarda bajo su semblante las cartas marcadas que pueden cambiar el rumbo correcto de nuestras enseñanzas y gobierno."

Las gotas del alcaloide caen en el vaso de plata y se disuelven en el agua en secreto, sin dejar huella visible. Una lagrima iracunda evoca los días en Wadowice, la iglesia de Mariaki, la fábrica de productos químicos donde aprendió lo que hay que saber sobre brebajes letales, la mina que le hizo ver perfectamente cuál debía ser su camino en el futuro. Y el teatro, cómo no. El teatro, necesario para poder mudar en quien convenga dado el caso. Los años en la facultad de letras, útiles para conseguir su propósito de difundir por escrito sus postulados. Los sueños de llegar a lo más alto, de ser el que decide, el que manda, el que cambia para que los cambios no cambien nada.

"Estaba convencido de que mi pasado sería un acicate para mis aspiraciones. Pero ellos han decidido aupar al veneciano. Ya está bebiendo el compuesto, ya se lo está bebiendo. Un mes habrá durado su reinado, un mes escaso".

II

Ya lo ha conseguido. Sentado en su lustroso sillón, intenta secar las gotas de sudor que vagabundean por su nuca. Sus manos han migrado de su cuerpo como aves ante la llegada del invierno. Está cansado, no puede más. La bala que disparó Mehmet ha sellado su futuro, ha determinado su fortaleza. Pero él, impertérrito ante la razón, seguirá disponiendo, porque nadie puede decidir en sus decisiones, nadie puede alterar sus objetivos, nadie puede entender que el deseo de trascender puede ser superior a los deseos mundanos de esa cohorte de inocentes que no saben nada.

"¿Qué saben ellos? Solo son piezas del engranaje de un proyecto al cual nunca podrán aspirar, se volverían locos si siquiera intentaran entender las dimensiones de mi empresa. ¿Entenderían la ambiciosa amplitud de mi Código de Derecho? No, los muy imbéciles dirían: muy bien, usted sabrá lo que hace, en usted hemos depositado nuestra confianza. ¡Que se vayan! ¡Que abandonen la plaza en silencio y se limiten a hacer lo que siempre han hecho, a decir amén!. Amén, Señor. ¿Qué amén? ¿Qué Señor? Yo, yo soy el Señor, y lo será mi sucesor, a quien yo bendeciré y deberá seguir mis arbitrios so pena de que mi ira acabe con sus intentos de... ¿Mi ira? ¿Qué ira si ya no estaré presente? No lo permitas, Todopoderoso, no lo permitas. No pueden destruir el paradigma que yo he elevado a cotas ineludibles. Son muchos los enemigos de nuestras ideas, de mis ideas. Dame tiempo, maldito tiempo, dame tiempo para ser vuestro faro de Alejandría. ¡Dame la eternidad! ¡Necesito la eternidad!".

III

Intenta con dificultad levantar la cabeza para pedir una copa de agua. El Alzheimer hace que esta operación dure más de treinta segundos, el que le entiendan veinte segundos más. El cardenal Sauco solo tarda dos segundos en darse cuenta de que ha llegado su momento y vierte dos gotitas de un frasco pequeño de color verde en la copa de agua que le será servida en ciento diez segundos a Su Santidad.

Vglamata. Barcelona 2004