SOBRE DIOS Y LA SEMANA SANTA

Años y años temiendo como a la peste a las dichosas procesiones. Recién que han pasado las fatídicas fechas y ya pueden verse en descampados a las turbas de fanáticos ensayando con las cornetas y tambores, cargando esas estructuras que parecen enormes camas matrimoniales lastradas con arena y evaluando ante el espejo cómo les sienta el traje de cucurucho para lucirlo al año que viene. Un servicio meteorológico que ya lo quisieran para sí los del tsunami, avisando con dos horas de antelación si lloverá o no; hermanos cofrades con cordones de oro al cuello del estilo más hortera que imaginarse pueda, de los que espantarían al negro más negro del Bronx; niños adoctrinados desde la cuna en el amor a una talla llena de sangre, espinas y lágrimas y un montaje del copón que impide la circulación por las ciudades mientras aborregadas masas paralizan cualquier atisbo de vida inteligente. Esta semana he tenido la oportunidad de ver a hombres y mujeres hechos y derechos, con lágrimas en los ojos, porque la lluvia les impedía sacar a hombros el dichoso palio de diecisiete toneladas de oro macizo.

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Por no hablar de las aberraciones sexuales. Hace poco me enteré que la imagen de la Macarena lleva puesto debajo del traje de brillantes el fajín del general Queipo de Llano, el tío que mató a más sevillanos de Sevilla, cuyos restos reposan bajo el altar mayor, y facha causante en gran medida de la ola de piedad que nos invade tras la derrota de la laica república en la Guerra Civil. Sí amigos y amigas, cuando salen esos tótems y fetiches de paseo, estamos contemplando las reminiscencias del fascismo español, porque para salvar el pellejo, prosperar, ser adicto al régimen o distraerse un poco, había que meterse en una cofradía durante la dictadura. Así el distrito Macarena de Sevilla, que antaño era feudo de la luminosa CNT y de dignísimos obreros, ha sido reconvertido en una caverna siniestra donde los meapilas efectúan sus ritos necrofílicos. Cuánto han cambiado las cosas para peor. Por ejemplo, antes de la dictadura, y durante bastante tiempo tras ella, los costaleros eran cargadores del muelle, profesionales pagados. Cuántas veces no se ha visto detenerse un paso, y al levantarse y echar a andar, dejar tras sí un mojón en el suelo. Piensen: ¿puede cagar un paso? No. Luego quien se va del vientre es algún costalero apurado al que le importaba un carajo el sufrimiento de Cristo, ya que cagar o mear en medio de una procesión no está bien visto. Pero bueno, las cosas empiezan de un modo simple, se van complicando y cada vez la locura es mayor: voluntarios, cilicios, pies descalzos, flagelaciones, cientos de miles de espectadores, música de procesión en los supermercados y concursos radiofónicos en la SER en los que las preguntas son del tipo: "¿Cuaaántas estrellas tiene en la Corona la Virgen del Prepucio del Cristo de la Luz?; treinta y siete, porque los anarquistas le arrancaron una de un tiro durante la revoluci ón; ¡correcto! Ha sumado doce puntos en el marcador..."

Vamos a ver, ¿qué diablos se celebra en estos días? Rebobinemos.

Hace unos cinco mil años Dios creó el mundo, y al séptimo día, el cacho perro descansó. Creó este planeta con sus leyes físicas, íntegro e idéntico a como es hoy, salvo por el asunto del Paraíso. En alguna parte, colocó un Edén, y por allí triscaban nuestros primeros padres y madres, Adán y Eva, que se comen la manzana del Conocimiento incitados por una culebra, manzana que había sido expresamente prohibida de degustar por el Padre Celestial. ¿En qué consiste la maldición del conocimiento? En que nuestros primeros padres se aperciben de que van en pelotas. Sólo eso. No aprenden ni a construir cohetes ni la receta de la tarta de fresas. Eso lo tendrán que descubrir poco a poco. Tan sólo corren como gilipollas a tapar sus partes pudendas con la ridícula hoja de parra, porque a ambos idiotas les da vergüenza. Terrible ofensa sin atenuantes, se nota que el Señor no había lidiado con adolescentes españoles, Dios expulsa a nuestros ancestros del jardín y coloca a un ángel en la puerta con una espada de fuego. Única ventaja de esa terrible desobediencia: que desde entonces ya no está prohibido comer manzanas. Veamos ahora las consecuencias prácticas.

La maldición que Dios nos echa a todos por algo que no hemos hecho (Adán y Eva murieron hace miles de años), nos obliga a vagar por un mundo inhóspito, a trabajar y a parir con dolor por todo el tiempo que dure nuestra especie. A joderse tocan. Estamos sometidos al imperio de la Marivén, que nos llega a todos en nuestro particular último día. Lo que viene tras la muerte luego del pecado original, no está nada claro, la Biblia no lo explica bien. Sólo sabemos nebulosamente que esperaremos la resurrección para sufrir juicio cuando llegue el Fin del Mundo. Entretanto vivimos, sufrimos multitud de enfermedades y menudencias. Unas por cuenta de la naturaleza, como lupus, sida y hemorroides, y otras por cuenta de nuestros actos, como guerras, concursos televisivos y pago de hipotecas.

Ah, pero Dios no nos olvida. Quiere perdonarnos, que borremos el estigma de aquel primer pecado, porque es un buen Padre. ¿Cómo? Pasa dos o tres mil años pensándolo, tiene que tomar una decisión apropiada. Al final de su meditación decide mandarnos a su único Hijo, un hombre que es Él mismo sin perder su divinidad, es decir, dos personas diferentes, distintas naturalezas -divina y humana- pero siendo ambos un único Dios indivisible. Dejemos de momento a un lado al Espíritu Santo, que nunca me he enterado de dónde cuernos salió. ¿Que no lo entienden bien? Vamos a ver, somos católicos, miembros de la religión auténtica y genuina, por lo tanto sabemos que Dios es el Padre y a la vez su propio Hijo. ¿Cómo que cómo? No no no no no... No es que esté casado con su misma madre, ya que Dios no tiene madre, salvo la Virgen María, que no es madre de Dios, sino de su Hijo que es Dios. ¿Que no se enteran aún? ¡Es Dios!, ¡joder!, ¡hostias!, ¡sólo a Él se le puede ocurrir semejante galimatías! ¿Se le hubiera ocurrido a usted ese tejemaneje? ¿A que no? Esa historia de dos personas distintas, una humana y otra espiritual, y un solo Dios Verdadero, es la prueba fidedigna de que la Católica es la religión verdadera. Y si a eso se le une la Paloma, bueno, eso disipa cualquier tenebrosidad, cualquier dubitación. Es una piradura tan enorme que solo puede haberla urdido alguien falto de un puñado de tornillos al margen del género humano. Algo como Dios. Tengan fe. Sigamos.

Así que Dios baja a la Tierra en forma de hombre como su propio Hijo, el niño Jesús. Es Hombre, Dios y su Hijo, Dos en Uno. Viene a salvarnos ¿Cómo salvarnos? Muriendo por nosotros en un sacrificio humano, como en las películas de Tarzán hacen los caníbales con los exploradores. ¿Qué método emplea Jesús? ¿Cuál es su táctica? El suicidio. Va Cristo y blasfema ante las autoridades religiosas de la época, afirmando que Él es el Hijo de Dios (elude decir que Él mismo es Dios, pero en fin, no quería crear más perplejidad, sólo pretendía que lo mataran). ¿Cuál es el resultado? Pues lo normal, la crucifixión, castigo habitual para los delincuentes de la época que blasfemaban contra Jehová. Por eso eligió Cristo el Imperio Romano para su blasfemia. Si hubiera elegido la España actual, a lo mejor sólo lo hubieran llevado al programa del Wyoming... Así que muere, su Padre (Él mismo) lo resucita, y nos salva. Hala, ya estamos salvados. Y ahí viene la pregunta que me atormenta desde bien chiquitito y que nadie me ha sabido responder.

¿De qué nos salva? ¿Cuál es la puñetera plaga que nos quita de encima?

Por lo visto, a efectos prácticos y comprobables, no nos salva de nada. Seguimos siendo unos ignorantes que tenemos que trabajar, parir, padecer enfermedades y abusos y humillaciones y jodiendas que cuando estás más tranquilo te llega una visita inoportuna, y a cascarla. Pero nos ha perdonado, ¡qué gran peso se me quita de encima!, gracias Dios. ¿Y de qué me sirve? ¿Dónde está el Paraíso perdido? Que ponga el Hacedor un bosque de manzanos si le da la gana en Nuevo Edén, no me acercaré a sus frutos ni ni ni..., ni aunque un ejército de serpientes, áspides y culebras me baile la danza del vientre, ooooh no, puedes estar seguro Dios de que aprendí la lección. No problemo Viejo Cabrón, estoy a tus órdenes a cambio de comida, buen tiempo y poder andar en bolas por el huerto. Que Satán, astuto él, adopta la forma de un ballet de lagartos sobre el estanque para tentarme... Nada, que ya se puede disfrazar de oso panda, que no cederé. Pero vaya, parece que eso de la vuelta al paraíso no está en el contrato de salvación. ¿Qué hemos adelantado pues?

Hemos adelantado que se haya celebrado el Juicio para los que murieron desde la fecha de la expulsión del Paraíso hasta la muerte de Cristo. Los que hayan sido condenados a las penas eternas del Infierno, lo llevan claro tostándose a fuego lento en la Gehenna. Y los bienaventurados, pues vagan por el Cielo tocando instrumentos de cuerda y cantando en coros. Magnífica perspectiva para quienes sean sordos. En fin, que se tarde tanto en celebrar un juicio no tiene nada de particular para quienes conocemos la justicia peninsular. Pero, ¿pueden considerarse salvados quienes son condenados? El que se asa en la parrilla ha de tener sus dudas.

La única conclusión posible es la siguiente: Dios, cuando habla de salvación, ignora el significado que posee esa palabra para los mortales comunes. La idea de salvación que tiene Dios es la siguiente: Él va en un crucero de vacaciones por el Mediterráneo, gorra marinera, pañuelo al cuello, chaqueta sport, tomando una copa mientras charla ligeramente con una alegre concurrencia y..., de repente ve que un pasajero cae por la borda al agua cuando retrocedía para hacerle una foto con el móvil a su suegra. El hombre empieza a ahogarse y pide auxilio, que alguien lo salve, ¡help!. Así que Dios no duda, allá va: medita un par de horas, arroja al agua a su Hijo, deja que se ahogue, lo resucita al tercer día, forma una tempestad y un maremoto, abre las tumbas de los muertos que suben a flote tras siglos y siglos de hundimientos y reúne a todos los cachalotes del planeta para que den vueltas en círculo en torno al náufrago..., y eso es todo. El tipo que se ahogaba, si no ha espabilado por sí mismo, si algún alma caritativa no le ha mandado un flotador, a esta hora habrá tragado más agua que el acuario del Principado de Mónaco. Así que elevo esta oración al Cielo: Señor, que andas por ahí, si algún día caigo por un barranco y me ves colgando por los huevos de una rama, no te preocupes por mí, ¿eh?, no te apures, no intentes salvarme, no mandes a tu Hijo a morir por mí, ¿vale? que ya procuraré yo salir como buenamente pueda del trance. Y de paso, si quieres clases de castellano, hay una chica en mi barrio que está en segundo de bachillerato y a seis euros la hora puede serte de gran ayuda. Si quieres salvar a alguien, Dios, abre un banderín de enganche so cacho troncho, haz una lista de salvables... Porque eso me lleva a la otra duda que me ha atormentado desde pequeñín:

¿A quiénes ha salvado?

Porque no sólo ha salvado a quienes le quieren y conocen (incluyéndome a mí, que no quiero ser salvado), sino que cuando murió en la cruz alivió incluso a quienes no lo conocían, a quienes ignoraban lo del huerto y lo que era el pecado. Salvó a los hotentotes, a los esquimales, a los tuaregs, a los chinos, a los mongoles y probablemente a los habitantes de Sirio, Casiopea y Aldebarán. ¿No se les había ocurrido? Si existen extraterrestres por ahí fuera, seguro que también les afecta lo del pecado original. ¿Que por qué? Pensemos un poco. La Biblia es la palabra de Dios revelada a los hombres, y en el Génesis se explica bien clarito la Creación, y cómo creó Dios al hombre a su imagen y semejanza. Esto es muy importante. Dice el Libro Sagrado, que el Hombre es el rey de la Creación, por lo tanto, si hay alguien ahí afuera, tiene que ser el Hombre, igual a Dios y a nosotros, ya que la Biblia no dice nada de marcianos. Y como nuestros primeros padres mancharon a toda la humanidad, también afectaron a los alienígenas. Es más, teniendo en cuenta que nunca hemos podido encontrar ni el lugar del Edén ni al ángel con lanzallamas haciendo la guardia, lo más probable es que ese paraíso se encuentre en otro planeta, al resguardo de tanto Indiana Jones que anda por ahí metiendo los hocicos donde no le importa. Síguese de este razonamiento que si hay vida inteligente fuera de la Tierra (hay gente que piensa que eso es posible a pesar de lo que ocurre en este), tiene que ser inteligencia humana. Si no es humana, aunque los extraterrestres lean a Quevedo y a Cervantes, no están dotados de la Gracia, no van al cielo ni al infierno, no conocen el pecado, no pueden ser salvados y nos los podemos comer igual que si fueran salmonetes. Ñam ñam.

Con los de aquí es otro problema. El tema de los salvados ignorantes, los salvajes, los infieles siempre ha dado muchos quebraderos de cabeza a la Iglesia Católica Verdadera. Los paganos no saben que han sido redimidos, y alguien tiene que ir a explicárselo con ejemplos e ilustraciones. El manchado que muere fuera del bautismo, no puede ir al cielo, ya que no ha sido lavado por las aguas del perdón, a no ser que en el Cielo se ubique un ghetto para pigmeos..., cosa que resultaría muy chocante, la verdad, ¿qué tipo de arpa les harían tocar a esos tipos? Algunos curas piensan que si el infiel cumple las prescripciones de su pueblo (sociales y religiosas), irá al cielo, y si las incumple, irá al infierno. Pero ¿y si esas costumbres chocan totalmente con las católicas? ¿Y si esa sociedad es poliándrica y una chica tiene que casarse para ser una buena esposa con tres hermanos y con el padre de ese trío? Por eso, lo que se suele pensar es que los infieles (que han sido salvados pero no bautizados,) han de esperar en algún recóndito lugar a que llegue el Fin del Mundo. Un lío, porque poseen un alma inmortal, pero no reserva de mesa ni en el cielo, ni en el infierno, ni en el purgatorio, ni en el limbo...

La cuestión es que la Biblia no contempla esa posibilidad. Sólo dice que somos hijos de Dios y que hemos sido redimidos por su Hijo (Dios), y como Dios (Hijo y Paloma) está ocupado contemplando el universo, los misioneros tienen que difundir la enseñanza católica para que los moritos puedan purificar su alma y eludir el oscuro destino que les aguarda tras la muerte. Dios lo tendría muy fácil, podría manifestarse ante ellos con estruendo de truenos y centellas para pedir atención y explicar el asunto de la fruta prohibida a la atónita marabunta de descreídos. Pero como todo el mundo sabe, el Señor es muy parco en palabras, no se prodiga con frecuencia y detesta los fotógrafos. Podría entonces mandar a la paloma, pero probablemente se la comerían. Así que los misioneros se tienen que ocupar de esos pequeños detalles, y una vez el ejército colonial ha pacificado la zona masacrando a los resistentes, llegan ellos con sus cruces a explicar lo del Padre y el Hijo y el espíritu Santo Palomero en la misma persona, que imaginen el trauma sicológico que puede ocasionar esa fábula a un poblado de adoradores de la Gran Marmota.

En fin, que todo es un disparate que me llena de perplejidad, y me hace plantearme la tercera gran pregunta que me he hecho toda la vida.

¿Qué cuernos están celebrando esos?

Yo, en estas fechas, cuando veo los capiruchos, los medallones, los escapularios, las vírgenes, y el pueblo que llora, todo el mundo emocionado cantando que se le va el alma, lo observo como el que estudia a un insecto lleno de patas. Es un fenómeno notable parasicológico moderno tomar nota de las declaraciones populares. En la tele local salió una señora de unos cincuenta años, el marido en paro, tres hijos en la droga y ella con cáncer, declarando con entusiasmo que si no fuera por su Cristo de la Nalgada ella ya se hubiera muerto, y daba besitos a un escapulario. Y un mocetón de los que se entrena todo el año para el solemne momento de arrastrar una cruz descalzo y recibiendo latigazos, también lloraba diciendo algo parecido a que esta tragedia de la lluvia era mucho peor que el que no se le volviese a levantar el pito en la vida. Se me ocurre que si tan mala es la lluvia y tan importante la procesión, podrían subir a la Virgen en un tractor y cubrirla con un plástico de los de invernadero. O podrían cambiar la Semana Santa al mes de agosto, eso es, ¡qué gran idea he tenido! ¿no se han dado cuenta de que en las películas de Jesucristo siempre hace un calor acojonante en la subida al Gólgota? Y además, está el paisaje muy polvoriento, no falla. Así que eso hay que hacer: trasladar la Semana Santa al verano y hacer un circuito de senderismo por una montaña pelada y camino de cabras y guijarros pinchantes y desprendimientos espontáneos y costaleros cayendo por el abismo y... Voy a escribir ahora mismo al Papa que todavía no ha muerto, porque parece que nadie da curso a estas posibilidades, anclados en una tradición absurda que ubica el martirio de Cristo en un tiempo tan húmedo.

Volvamos al tema de intentar explicar el irracional comportamiento de los fieles cuando rememoran la crucifixión. ¿Por qué les emociona tanto? ¿Es tal vez por el jolgorio que permite apartarse de la rutina de la vil explotación laboral y familiar? Claro, a la vez que contemplan los pasos le dan su buen tiento al tintorro y se ponen sus mejores trajes, por llamar de algún modo a las esperpénticas vestimentas y joyas de domingo. Pero el vino y la fiesta no explica la fe por sí solos. Es inexplicable que millones de católicos sean capaces de pasarse las horas a pie firme, aplastados, sin poder mear o meando la ropa interior, para ver pasar a una talla de mal agüero cargada de esmeraldas y oropeles si es de María, o torturada por la gristapo si es de Jesús. Porque la copa te la puedes tomar tranquilamente cualquier día de la semana, así que ¿qué es lo que están haciendo ahí parados viendo cómo se bambolea el paso de Cristo montado en una burra? ¡Y encima comentan con entusiasmo si el movimiento del tinglado es "gracioso", "adecuado", "elegante"! Es como comentar los andares de un pato. Joder, si la plebe emplease la cabeza, si fuésemos objetivos, seres pensantes con inteligencia superior, lo que tendríamos que hacer desde la expulsión del Paraíso es poner efigies de Dios en el fondo de retretes y letrinas, estampar su nombre en el papel higiénico, y dedicar una semana al año a tirar su efigie a alguna explotación porcina para deleite de los cerdos.

Así que llega en nuestro auxilio la Ciencia. Profesores y profesoras ateos, barbudos doctores y doctoras del ramo de la sicología social, la sociología o la antropología, han dedicado largas horas a estudiar las causas de estas manifestaciones religiosas, llegando a la siguiente conclusión que nos comunican mientras fuman su pipa: dejando a un lado el despegue fascista de las procesiones tras la Segunda República, lo que los fieles representan en esos actos es la imagen simbólica del nosotros, una obra de teatro en la que el individuo hunde sus raíces en el sentimiento de lo colectivo, de lo que nos identifica como miembros de un todo más amplio sin el que no podríamos existir. Según esta idea, Dios vendría a ser algo así como la imagen popular y concreta de esa abstracción sagrada que es la sociedad, cuya existencia se revalida mediante ritos periódicos preceptivos. Bueno, pues yo no estoy de acuerdo. Se me ocurren miles de maneras de embrutecerme de manera colectiva ritual, obligatoria y periódica: en un carnaval de vampiros, en una carrera de coches de ruedas gigantes, en una masturbación masiva, en un concurso de polkas, en un desfile de moda siberiana de vanguardia, en un congreso de comedores de tortilla, en un festival de cine experimental búlgaro o en un certamen de cría de canguros. Cualquier cosa mejor que una Semana Santa con nazarenos, medallones de plata y miradas bizcas de éxtasis. No, no puede ser veraz esa interpretación de la religión como culto a la sociedad. No puede identificarse algo tan lleno de gente como es la Humanidad, con una fiesta hortera, de pésimo gusto, irritantemente aburrida, que adula con nuestras chirriantes lamentaciones a un Viejo de pobladas barbas blancas y criptorquidia genital. Un anciano perpetuamente cabreado que necesita pensárselo cinco minutos para lanzar una maldición colectiva, y tres mil años para aceptar el pliego de descargo y otorgar una redención de mierda que no valdría ni para rescatar a una vaca de un charco de barro.

No. La única explicación posible es que Dios existe, sí, que está en los cielos, sí, que nos expulsó del paraíso, sí, y que nos promete la salvación tras la muerte -detalle mosqueante-, sí. Por eso le adoran los crédulos fieles, debido a la tradición, la costumbre, el miedo, la esperanza y el aburrimiento mezclados a partes iguales. Pero -esta es la revelación que nos hace nuestro caletre-, Dios no puede salvarnos, porque ya la humanidad se redimió solita hace una porrada de años, y ha resistido cuantas zancadillas, cabronadas, putadas y maldades de calibre ruín nos pone a lo largo de la vida ese zorrón marullero que ronronea cada vez que le llega el "santo santo santo, eres santo señor, oh sí, que santo y cojonudo eres". Y si estamos salvados por nosotros mismos, no hay nada que agradecer, y por lo tanto, solo cabe gritar bien fuerte ¡Basta de dar jabón! ¡Basta de gomina! ¡Yo lo proclamo! Nuestra especie está salvada, ¡me oyes mamarracho!, no nos haces falta, ¡crea otro universo y piérdete en él si puedes!

Todo es cuestión de proponérselo.

Jorge.
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