DE LOS VALORES A LAS GUERRAS DE RELIGIÓN.

Parece que ante la nueva reforma educativa uno de los aspectos centrales del debate será la cuestión de los valores en la enseñanza y especialmente como ha de quedar la enseñanza doctrinal de las diferentes confesiones religiosas dentro del sistema educativo. Una primera cuestión sería ponernos de acuerdo en el papel de los centros educativos como instituciones. Cada vez que la sociedad sufre un problema dramático (accidentes de tráfico, violencia de género), se establece
un diagnóstico inequívoco: es un problema de educación, lo cual conduce a una prescripción, el sistema educativo se ha de ocupar de él.

En nuestra opinión hay un error de planteamiento, la institución educativa es una parte del sistema educativo constituido por, las familias, el entorno social y especialmente los medios de comunicación. Veamos algunos ejemplos, no es posible convencer a un alumno de que el automóvil sólo es un medio de transporte, si cada día observa que los adultos que le rodean lo usan como una prolongación de su ego, tampoco es fácil educar en la igualdad entre mujeres y hombres, si cada día observa prácticas discriminatorias, escucha observaciones sexistas o asiste a discursos políticos y eclesiales que anatematizan la libertad y pretenden enclaustrar de nuevo a la mujer en su "dulce hogar".

Nadie duda que los centros educativos cumplen dos funciones básicas: transmitir el conocimiento, promover el saber, despertar la curiosidad... y socializar al alumnado introduciéndolo en los valores propios de la comunidad en la que habrá de desarrollarse, proporcionándole las herramientas necesarias para ello.

Queda pues claro que la inmersión en los valores comúnmente aceptados por la sociedad es una función ineludible de la institución educativa.

Esta transmisión no se realiza en determinadas disciplinas, sino transversalmente en todas ellas. El conocimiento en profundidad del método científico comporta un enfoque sobre el conocimiento y la forma de contemplar el universo, el estudio de la filosofía contribuye a la creación de un criterio propio, la reflexión histórica contribuirá a un compromiso social con la sociedad en la que vive, el conocimiento del entorno natural desarrollará una conciencia ecológica y así podríamos seguir refiriéndonos a cada una de las materias que desarrolla el currículo educativo.

No es la introducción de nuevas materias lo que permitirá una formación más rica en valores, sino el propio estudio de las diferentes asignaturas que ya se estudian y especialmente la dedicación a ellas en profundidad, ya que si no podemos afirmar que el conocimiento en sí mismo garantiza un cambio de actitud, sí se puede afirmar que la ignorancia ha supuesto siempre un atraso para el desarrollo de las sociedades.

Corresponde al conjunto de la sociedad ayudar a la institución educativa, remando en la misma dirección, valorándola, fomentando el valor del saber en sí mismo y no poniéndole dificultades endosándole los problemas que es incapaz de resolver.

El tema de la enseñanza doctrinal de las distintas confesiones en los centros educativos no se puede abordar, como se pretende desde algunos púlpitos, como una guerra de religión. El poder de la Iglesia Católica como institución constituye una seña de identidad en la creación y desarrollo del Estado Español, eso es indiscutible, baste repasar los diferentes textos constitucionales, o recordar el papel de la Inquisición, o las idas y venidas de los jesuitas.

No se trata aquí de referenciar las actividades eclesiales en el terreno político a través de los tiempos, ni tampoco de escenificar un enfrentamiento entre católicos y no católicos con los centros educativos de telón de fondo.

Es otra la situación y sobre todo es otra la sociedad. Las creencias religiosas en los países europeos se sitúan en la órbita de lo privado, con más o menos diferencias ningún gobierno europeo legisla en función de las creencias religiosas de su ciudadanía. La uniformidad religiosa que informaba la sociedad española, ya no es tal, vivimos en una sociedad multicultural y diversa y ésta exige un tratamiento bien diferente.

No se trata de homologar el tratamiento que recibe la Iglesia Católica para todas las confesiones, convirtiendo los centros en una especie de congreso ecuménico, se trata de reconducir el tema al ámbito de lo privado conservando el espacio público para lo que es común. No se trata de crear una sociedad multicultural donde coexistan grupos sociales separados por barreras invisibles pero reales, se trata de crear un espacio intercultural común, donde la pluralidad y la tolerancia presidan una sociedad en la que prime lo común. Las creencias deben ser respetadas, pero precisamente ese respeto exige que se mantengan en el ámbito de lo privado, dejando el espacio público para los valores universalmente aceptados.

Por ello los centros educativos han de transmitir conocimientos científicos y saberes contrastados, han de trasmitir los valores universalmente aceptados por la comunidad, la declaración de Derechos Humanos, la Constitución, el Estatuto... pero la doctrina debe ser impartida por cada una de las confesiones y cada una de las familias en el ámbito de lo privado. Lo contrario parece un intento de conservar privilegios que ya no corresponden.

ANTONIO ÑACLE GARCÍA. DIARIO "INFORMACIÓN"· DE ALICANTE. 19-11-04