VÁMONOS DE MANI, BORJAMARI.

Ahora parece que se ha puesto de moda lo de manifestarse entre la derecha (debe ser la falta de costumbre). Ya tiene su coña el que a este sector, compuesto principalmente por curas, meapilas, empresarios y niños pijos, le de por salir a la calle a montar el pollo, cuando de siempre han defendido el orden, las buenas maneras, la educación, el no elevar el tono de voz, tú cállate, hijo, no destaques, que siempre es mejor pasar inadvertido. La derecha, entendida como el lado rancio de la sociedad, ha defendido secularmente eso de las "virtudes públicas y vicios privados". O sea, que la hija bien casada, el cura con la sotana limpia de manchas blancas y la amante a buen recaudo, en su papel de ama de llaves, o de criadita andaluza. El traje impecable y el pelo sujeto con gomina, los sábados de cacería, los domingos a misa y los jueves por la tarde polvete con la querida en el apartamento amueblado de la zona centro, que ya se sabe que la propiedad inmobiliaria es hoy por hoy la mejor inversión.

La obsesión por las formas y la hipocresía como forma de vida han caracterizado desde siempre a esta derechona rancia y carmesí, y no hace falta recordar el crimen del Padre Amaro para entender que detrás de un hábito o un crucifijo se esconde siempre una gran pasión, y no precisamente la de Nuestro Señor Jesucristo. El problema es que entre tanta penumbra de confesionario, han terminado por asumir que los vicios es mejor mantenerlos dentro de su hornacina, y que al final la mejor penitencia es la que aplican las profesionales disfrazadas de monjas, o incluso de la Virgen María, eso sí, en plan dominatrix, que lo de mater amantísima ya empezaba a ser un poco fuerte.

Así que el curita puede tener asistenta con extras incluidos, o meter mano a los novicios en las frescas esquinas de piedra de los seminarios, el curita se masturba en la soledad de su celda, pero con el crucifijo de cara a la pared, para que la visión del hijo de Dios no le quite las ganas. El curita se acaricia tras su cortina de terciopelo azul (ya saben, blue velvet) mientras, arrodillada sobre el reclinatorio, en una pose de tradicional carga erótica, la feligresa (joder, ¡qué palabra!) le desvela sus oscuros secretos de alcoba, en un tono susurrante, que, oiga, es que uno no es de piedra, al fin y al cabo.

El curita, en fin, y no sigo, que me pongo cachondo, el curita visita prostíbulos, escribe libros eróticos (como el gran Arcipreste), el curita se folla a la barragana (término de matices peyorativos. Me quedo con lo de feligresa), el curita quiere tocar el cielo, pero mientras llega, se conforma con rozar el paraíso en la otra esquina, la de Victorita, la de los pechitos, ay, tan duros, que siempre cumple escrupulosamente sus penitencias, ya ves tú.

Se obsesionan por las formas, nos bombardean a lo largo de toda una vida de manipulación educativa con el rollo de no alterarse, no destacar, aceptar lo que nos envía el señor, etcétera, etcétera, y de repente cambian el chip, y se agarran a la espada erecta de San Pablo, qué divino amor. De improviso lo que decían ya no vale, ahora hay que salir a la calle, oponerse con furia oriental a los cambios, ¿qué es eso de que se casen los homosexuales? ¿Cómo que adopción? ¡Van a destruir el sacrosanto matrimonio! Y ¡guerra!, grita ante el altar el sacerdote con ira, y ¡guerra!, repite la lira con indómito cantar. La Iglesia llama a la rebelión desde los púlpitos, como el cura Merino allá por la Guerra de la Independencia, la Iglesia se tira al monte, se vuelve agreste, cambia el crucifijo no sé si por los trabucos y las pistolas, pero sí, desde luego, por la pancarta. La iglesia trabucaire, que diría Umbral, o la iglesia, por decirlo en plan Aznar, pancartera. La iglesia, entera, se siente pancartera. Y lo de las formas ya pertenece al pasado, de momento, ahora lo que se lleva es la consigna coreada, la canción de misa se cambia por la canción protesta, una espiga dorada por el sol, la tierra para el que la trabaja, ay, no, que no era eso, perdone, padrecito, es que uno no tiene costumbre de estas cosas.

La iglesia, en fin, pierde totalmente los papeles, y ya puestos a repartir hostias, hagámoslo en sentido literal, que en el plano conceptual llevamos siglos. La Iglesia encabeza esta nueva y bizarra rebelión, la Iglesia aporta la cobertura ideológica a la protesta de la derecha, y los de las terrazas de Serrano, que ya estaban un poco aburridos de tanto ginger ale, de repente dicen:

-¡Huy, una mani de curas! ¡Qué fuerte, ¿no?!

-¿Esas sotanas negras son de Armani?

-Vámonos de mani, Borjamari, que hoy llevo las gafas de Gucci y las bermudas de Coronel Tapioca, y lo de la protesta queda como muy fashion, ¿nos vemos esta tarde en la terraza de Pedro Larumbe, y ya salimos desde allí?

Así que ya están todos: los del PP, porque la consigna interna que les mueve es la del acoso y derribo, los de la Iglesia, porque de pronto han descubierto su lado oscuro, y los del cocodrilo, porque oye, que mola, ¿no?

-¿Llamo a Cuca, que se acaba de comprar unos manolos?

Entre todos han montado la rebelión, no sé si de las masas o de los inexistentes, que decía el escritor mejicano Juan Patricio Lombera. La rebelión como actividad extraescolar, la manifestación como deporte de moda, queda claro que lo de las regatas y montar a caballo no se lleva, ahora hay que practicar el rebelioning, ¿sabes? Ya estoy viendo los escaparates del Moda Shopping que se nos avecinan. Pánico me da.

Antonio López del Moral - www.rebelion.org
Ilustración: Cagondios.com sobre un cuadro de Carlos Mensa.