...Y VIO LA LUZ

Teófilo fué un muchacho de clase media, educado en escuelas cristianas, pronto llamado en su corazón a captar las enseñanzas de la Santa Madre Iglesia, devoto de la Inmaculada Concepción. Su corazón albergaba la esperanza de ser pronto merecedor de alegrar las tardes de té y pastas de Doña Reinalda Aronsadilla, marquesa de Robadors y sus beatísimas amigas. Y rezar con ellas no un rosario, cienes si falta hiciere. Y, pronto, cantar misa en la iglesia de San Cucufate donde cada semana asistían el coronel Aguado, Don Roberto Espinosa, el excelentísimo señor Robirosa y lo más granado de la prohombría e la ciudad.

Ensimismado en sus pensamientos no oyó los gritos de la turba, ni vió la pelota de goma que iba a dar entre sus dos ojos que acababa de alzar atemorizado. Los cerró esperando lo peor, pero de pronto ocurrió el milagro; la pancarta que sostenía el lema: basta de capitalismo salvaje, desvió la trayectoria. El muchacho que la sostenía fué hacia él.

—¿Te han dado esos cabrones?

—No, hijo, no hables así. Ellos hacen su trabajo, nos protegen del bandidaje y de la anarquía; son las fuerzas que representan el orden, el... ¡Hijo de puta!—le escupió al policía que acababa de aporrear en la cabeza al muchacho.

Le arreó una patada en sus partes no protegidas, agarró al muchacho y lo protegió en el interior de un bar, donde se pidieron dos vasitos de Ribera del Duero. No cabía duda, Teófilo había empezado a ver la luz.

—Gracias a Dios, no ha sido peor.

—Gracias a Marx, Teófilo, no estamos peor.

—Sí, también, gracias a Carlos Marx.

Teófilo miró al cielo pensativo y añadió:

—Y a Bakunin, ¿no?

—Y a Bakunin, sí.

© Vglamata - 2005