V.- LOS CRIMINALES SE ESFUMAN. LA IGLESIA, CON LOS TERRORISTAS.

Conforme los aliados iban haciendo recular a los nazis en todos los frentes de batalla, el arzobispo Stepinac iba tomando cuantas medidas creía oportunas para ayudar a los ustacha ante un futuro que no se presentaba muy halagüeño. Siguiendo las peticiones de las autoridades ustacha, Stepinac convocó a la Conferencia Episcopal el 24 de marzo de 1945. Los obispos suscribieron una carta pastoral dirigida al pueblo croata en la que defendían la política que Ante Pavelic había llevado a cabo durante todos aquellos años. Naturalmente no se olvidaban de "los malos", y en la misma pastoral lanzaban una crítica implacable contra los partisanos de Tito, a quienes calificaban de bolcheviques y antirreligiosos.

Lo que Stepinac y los obispos de la Conferencia Episcopal pretendían con aquella carta pastoral era levantar la moral de la Croacia católica, que estaba en horas bajas ante las sucesivas victorias del ejército aliado en todos los frentes. Nikola Mandic, a la sazón presidente del gobierno ustacha, declaró que tanto Pavelic, como él y su gobierno esperaban que las acciones del episcopado produjeran los buenos resultados que todos deseaban, confiando en que la situación bélica cambiase y les fuese menos desfavorable. Esta confianza tenía su fundamento en los rumores que por entonces circulaban sobre las nuevas armas secretas inventadas por los nazis que estaban a punto de poder ser utilizadas. En la misma pastoral incluían los obispos
mensajes destinados indirectamente a los aliados, pues no cabe interpretar de otro modo el énfasis que ponían en que la lucha de los croatas era un enfrentamiento ideológico contra el bolchevismo, por lo que convenía seguir manteniendo el Estado Independiente de Croacia.

A medida que la situación se complicaba, todos aquellos que deseaban salvar el Estado Independiente de Croacia llegaron a considerar al arzobispo Stepinac como la última esperanza. Diez días antes de la caída del régimen ustacha, Pavelic propuso a Stepinac que tomara el control. Éste le pidió tiempo para pensarlo y comenzó las consultas al respecto. Entre tanto, la derrota llegó rápidamente. Cuando los ustacha se dispusieron a huir precipitadamente de Zagreb antes del ataque del ejército yugoslavo, acudieron de nuevo a Stepinac pidiéndole que intercediera por su causa ante la Santa Sede. Muchos ministros ustacha como Canki, Balen y Petric dejaron sus pertenencias bajo el cuidado del arzobispo Stepinac y en el palacio de éste enterró el ministro Alajbegovic los archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores. Tras esfumarse las últimas esperanzas de que el Estado Independiente de Croacia perdurase, el arzobispo Stepinac ayudó a que funcionarios ustacha de alto rango como Mints, Smelled, Skull, Maric y otros pasasen a la clandestinidad.

Tito y sus partisanos habían sido los únicos que combatieron desde el interior al invasor nazi y a los ustacha, facilitando el camino al avance del ejército yugoslavo, que terminó por liberar al país. Los seguidores de Hitler, derrotados, huyeron. Los ustacha, entre ellos Ante Pavelic, también huyeron o se refugiaron en los bosques. En mayo de 1945, aprovechando la oscuridad, muchos ustacha pasaron a la zona controlada por los ingleses en Mariborg. El ejército británico que allí había, con el comandante Alexander al frente, miró hacia otro lado. Ante Pavelic, el hombre más buscado de Yugoslavia, también se había esfumado.

Los ustacha que se quedaron en el país no tardaron en contactar con las dependencias del arzobispo a través de sacristanes locales. El secretario de Stepinac, el sacerdote Viktor Salic, mantenía a estos grupos en contacto. En el otoño de 1945 Pavelic, cuyo paradero era oficialmente desconocido, envió a Yugoslavia a uno de sus lugartenientes de máxima confianza, el antiguo jefe de policía ustacha, el coronel Erik Lisak. Este entró en Yugoslavia de forma ilegal a través de Trieste, allí contactó inmediatamente con Salic y así pudo reunirse con Stepinac. En las dependencias del arzobispo recibió información sobre el paradero de los miembros de los grupos ustacha que quedaban en Yugoslavia, a quienes envió órdenes de incrementar las
actividades terroristas. A raíz de esto los terroristas ustacha lanzaron un programa de sabotaje y asesinato de oficiales de la nueva república yugoslava con la intención de impedir su consolidación.

Para camuflar sus actividades estos grupos adoptaron un "nuevo" nombre: los Cruzados; aunque en realidad éste era el nombre que habían utilizado para realizar sus actividades legalmente en Yugoslavia antes de la guerra. De nuevo fue la Iglesia Católica quien posibilitó que llevaran a cabo sus planes. Tras la caída del estado títere Pavelic y un gran número de acusados de crímenes de guerra se refugiaron en Italia, algunos de ellos en iglesias y monasterios, y desde allí enviaban órdenes a los grupos ustacha cruzados que aún quedaban en Yugoslavia.

Las dependencias del arzobispo Stepinac se convirtieron en el centro de control que mantenía en contacto a los grupos ustacha cruzados. En su oficina se hizo una colecta para ayudar a los cruzados escondidos en los bosques. Les enviaron todo tipo de ayuda, incluido material médico y sanitario. El secretario del arzobispo, Dr. Salic, les ayudaba a huir a los bosques. Así lo hizo con el alférez ustacha Safet Pajic después de que éste entrara en Yugoslavia ilegalmente desde Italia. En la capilla de las dependencias del arzobispo consagraron una bandera para las fuerzas ustacha cruzadas.

Resulta significativo que el arzobispo Stepinac y el jefe de policía ustacha que había entrado ilegalmente en Yugoslavia, el coronel Lisak, se reunieran durante la conferencia episcopal en Zagreb. Desde aquí se emitió una carta pastoral de septiembre de 1945 que hablaba en contra de las autoridades federales de Yugoslavia e intentaba llamar a la acción a todos los enemigos de la nueva república yugoslava. Su efecto puede medirse por el aliento que dio a los grupos ustacha. Algunos de ellos tras ser capturados admitieron que fue la propaganda más trascendente en la lucha contra las autoridades nacionales. En una vista judicial el 15 de enero de 1946 el franciscano Kruno Miklic declaró: "Comencé a trabajar para organizar a los cruzados tras emitirse la carta pastoral, una vez que vi lo que nuestros líderes religiosos opinaban del gobierno actual".

En Yalta, los aliados habían acordado repatriar a los criminales de guerra, pero en 1945 eso resultaba más fácil de decir que de hacer. Ante Pavelic desapareció en la Europa del caos absoluto. Desde el Báltico hasta el Adriático, Europa estaba llena de refugiados. Millones de aquellos refugiados fueron conducidos a los campos donde se
intentaba controlar la identidad de cada uno. Los había que eran víctimas del fascismo; otros, eran criminales de guerra y colaboradores, pero era difícil distinguirlos.

El Padre Graham, historiador del Vaticano, justifica que no se encotrase a muchos de ellos. Dice textualmente: "la gente había sido deportada y desplazada de su lugar de origen. Querían volver a casa, aunque había quien no quería volver a su país porque estaba en manos del ejército rojo, de los comunistas. Entre los centenares de miles de refugiados, no cabe duda de que había nazis, alemanes, y criminales de guerra de Yugoslavia o de Hungría y, naturalmente, no utilizaban su nombre. Si tenían algún documento, lo destruían y se hacían pasar por refugiados". Esto puede ser cierto en algunos casos, pero no en otros, como en el caso de Pavelic, pues era una persona demasiado conocida.

La guerra había terminado, pero con los criminales sueltos no podía haber una verdadera paz. Los había que, sin duda, eran culpables de crímenes en sus países. Otros, vivían en países que habían cambiado de bando durante la guerra. Y los había, incluso, que habían sufrido tanto en sus países, que no querían volver. Los vencedores trataban de encontrar a los nazis que huían, pero ¿estaba todo el mundo igualmente interesado en que apareciesen?