VIII.- LA IGLESIA GESTIONA LA MARCHA DE PAVELIC A LA ARGENTINA.

El colegio de San Jerónimo era algo más que un santuario: protegía a un gobierno en el exilio. En enero de 1947 los norteamericanos descubrieron que el propio Pavelic había estado en San Jerónimo. En febrero ya le habían seguido la pista hasta el monasterio de Santa Sabina, en la orilla izquierda del Tíber. Los norteamericanos celebraron una reunión de alto secreto el día 11 de abril de 1947 con el fin de planificar la detención de Pavelic. Querían evitar cualquier incidente diplomático y, por tanto, no podían detenerlo en territorio vaticano. A este respecto, Sir Fitzroy McLean, miembro en aquella época de la comisión militar británica,
afirma que si la policía de seguridad de la zona hubiese entrado, sencillamente, en el colegio croata, se habría abierto una brecha definitiva en las leyes internacionales y, en consecuencia, una brecha considerable en las relaciones con El Vaticano.

La dirección de Pavelic en Roma coincidía con la de una biblioteca del Vaticano. El informe destaca que Pavelic siempre iba un paso por delante de sus posibles captores, pasando de un lugar seguro del Vaticano a otro. Cuando viajaba, iba en coche y siempre con matrícula vaticana. Con la ayuda de Draganovic, que tenía un espía personal, consiguió que no lo cogiesen. Según Ivo Omrganin, Draganovic tenía contacto directo con un individuo del servicio secreto norteamericano que le informaba de todo lo que quería saber sobre los secretos de muchos otros servicios secretos.

Todas estas circunstancias escondían el auténtico obstáculo para su detención. En el mes de julio, el Jefe de Operaciones del contraespionaje dio la orden de que Pavelic fuese detenido allí mismo. Una semana después, a esta orden se le añadió una cláusula añadida a mano que decía: "Nuevas instrucciones. No intervengáis". Esta misteriosa novedad permitió que Pavelic se fuese de Roma a través del último tramo del "Ratline".

Ivo Omrganin afirma en una reciente entrevista: Pavelic sabía que yo podía proporcionar visados de entrada a Argentina y que no preguntaba nada. Cuando Draganovic envió un pasaporte de la Cruz Roja, fui a las autoridades argentinas, obtuve el visado, y lo devolví. Así Pavelic pudo salir de Italia.

En otoño de 1947 llegó a Génova con un pasaporte falso que le proporcionó Draganovic a nombre de Pablo Aranias, un refugiado húngaro. En Génova, otro sacerdote croata fue el último contacto del "Ratline". El sacerdote Paternovic, también buscado por los yugoslavos como sospechoso de crímenes de guerra, consiguió pasajes en los barcos que iban a América del Sur y comunicó a Draganovic el número de literas disponibles. Así, Draganovic podía enviar este número de pasajeros desde Roma.

Los detalles finales de la marcha de Pavelic están llenos de misterios, pero se sabe que abandonó Italia por mar y que salió de peligro en Buenos Aires.

Según palabras de Sir Fitzroy McLean, En aquellos momentos habían pasado dos años desde el final de la guerra. Yo diría que entre la gente de los campos de concentración había muy pocos criminales de guerra. Quizá algunos se arriesgasen a entrar, pero a la mayoría ya los habían sacado a escondidas de Italia y los habían llevado a lugares más seguros, porque, evidentemente, todos reaparecieron en Argentina, donde volvieron a crear un nuevo "Estado Croata" independiente.

El presidente Perón, que en aquellos momentos tenía el rango de general de brigada, nombró a Pavelic consejero de seguridad. Perón concedió 35.000 visados de entrada a los croatas para formar un bloque de poder contra los comunistas.